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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Es cuestionable hoy la Monarquía?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 8 de septiembre de 2007, 05:20 h (CET)
Nos ocurre muy a menudo. Muchas veces nos proveemos de un objeto, un utensilio o un instrumento para utilizarlo durante un tiempo, más o menos largo, mientras nos produce servicio, pero llega un momento en que por no tener utilidad, por haberse quedado obsoleto o por haberse inutilizado, deja de servirnos y tenemos que tomar una decisión que puede consistir en lanzarlo a la basura o buscar una solución alternativa, más moderna y útil para el menester para el que lo utilizábamos. Esta secuencia se puede aplicar tanto al caso de un particular como al de una colectividad e incluso para todos los miembros de una nación que se han dado un determinado sistema de gobierno que, al transcurrir del tiempo, puede resultar inapropiado, onerosos o simplemente fuera de lugar.

Si repasamos nuestra reciente historia – la verdadera, no la apócrifa que quieren que nos traguemos determinados sectores de nuestra sociedad – veremos que, en muchas ocasiones, sistemas políticos que han sido de mucha utilidad durante una determinada época han dejado de cumplir con la función que los hacía necesarios para unas circunstancias especiales ( Dictadura de Primo de Rivera), pero que, cuando se han dejado de dar las causas que los justificaban, han debido ser sustituidos por otras formas de gobierno, más apropiadas para el nuevo escenario político del país o nación.

Es evidente que la restauración de la monarquía, después de la breve y fracasada República de 1973, fue necesaria para salir de un régimen inestable y lleno de defectos y recobrar la unidad y el orden necesarios para recuperar el pulso de la nación; pero también es cierto que el absolutismo de los Borbones, su despotismo y clientelismo dieron lugar a la elección de gobiernos que, si bien eran fieles a la casa real, no reunían las dotes precisas para conducir a la nación por la senda adecuada a sus necesidades; lo que acabó por minar el prestigio de la Monarquía y terminó, como no podía ser de otro modo, con la proclamación de la segunda República de 1931, apoyada por las derechas e izquierdas. Después vino la Guerra Civil y la nueva restauración de la Monarquía en la figura de nuestro actual monarca, precisamente de la mano de Francisco Franco. No olvidemos que don Juan Carlos juró los principios de Movimiento Nacional y las leyes fundamentales del Régimen.

Pero ahora, después de de treinta y dos años de monarquía, durante los cuales el Rey ha tenido momentos difíciles de los que ha sabido salir ileso (con la inestimable ayuda de don Adolfo Suarez y otros ilustres españoles) y también, hay que reconocerlo, ha sabido granjearse la simpatía de gran parte de los españoles; nos encontramos ante otra encrucijada en la que se empiezan a notar ciertos signos de debilidad del sistema. Son muchos y no precisamente los separatistas o la izquierda socialista o comunista, los que empiezan a cuestionarse si la suma Institución de la Nación, la que juró el régimen franquista y después se desdijo de su juramento para aceptar la nueva Constitución de 1978, (donde se abolieron la mayoría de las leyes que él había jurado defender); continúa siendo el sistema más adecuado para una nación en la que vemos que, poco a poco, se van machacando todos los valores que atesorábamos y destrabándose aquellos símbolos de unidad que la misma Constitución estableció para todos los españoles. La degradación de todas las instituciones, desde el mismo Ejecutivo, pasando por los tribunales de justicia, los fiscales, parte de los mandos de la policía; el sistema autonómico, que parece haberse convertido en una fuente de problemas de secesión; el relativismo moral, al que nos vemos sometidos los ciudadanos impotentes para oponernos a ello; la relajación de las costumbres con la imposición, por ley, de sistemas que atentan a lo que siempre se consideró la familia tradicional; la banalización de la ética y la estatalización de la enseñanza, con el hurto del legítimo derecho de los padres de escoger el tipo de moral y principios que desea transmitir a sus hijos; nos lleva a preguntarnos si las altas instituciones están a la altura de las circunstancias; si la figura Monárquica encarna la institución que todos pensábamos que constituía la garantía de que se respetaran los principios constitucionales, aquella que mantenía la unidad de la Nación y,al propio tiempo, era la garante de que, los legítimos derechos de los ciudadanos y el funcionamiente del Estado de Derecho, siguieran siendo los baluartes de la recta aplicación de la distribución de poderes propugnada por Montesquieu.

La Monarquia entraña una responsabilidad demasiado alta para que factores falsamente populistas la puedan descabalgar de su puesto de privilegio en la estima de los ciudadanos. La monarquía no puede volver a servir, como ocurre en tantas otras monarquías europeas, de comidilla de intrigantes y de provocadora de conjeturas para la prensa rosa; la Monarquía no puede dedicarse a la caza de úrsidos, si en la nación se está cociendo acontecimientos que amenzan su propia existencia como tal y la Monarquía, en fin, debe asumir su más alta responsabilidad, como último garante del funcionamiento de las instituciones, aunque, para ello deba de ejercer, sin que le tiemble el pulso las funciones de las que la ley le ha dotado. No valen golpes en la espalda al señor Pujol, no vale dejar como rehenes a una pareja de la realeza en Catalunya; no valen sonrisas de complicidad y determinadas declaraciones inoportunas sobre el terrorismo y no valen, en circunstancias económicas adversas para muchos ciudadanos españoles, mostrarse como personas que están ajenas a los problemas del pueblo con ostentaciones que más les convienen a los millonarios de las inmobiliarias o a los emires de los sultanatos de Kuwait o Qatar, que a un monarca que vive para su pueblo. No es de recibo que desde The Times se califique de play boy a nuestro Rey y que, de paso, se le critique ·su lujoso estilo de vida”. Así se empieza el declive y se pierde el prestigio de una monarquía. Debieran algunos meditar sobre este tema.

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