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Crónica de un tiempo desquiciado

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
jueves, 6 de septiembre de 2007, 21:48 h (CET)
De la burbuja del pujolismo al caos maragalliano y el choque Maragall-Zapatero han pasado, y siguen pasando, muchas cosas. En poco tiempo se ha batido el récord en la carrera del “seny a la rauxa”, de la cordura al arrebato. Y esto continúa a la sombra grisácea del montillismo, una especie de cordura de papel de estraza que nos ha llegado del sur. El último episodio Xirinaresco, antes de comezar el nuevo curso político que se presenta movido, ha culminado, por ahora, el “rauxisme” más estrambótico.

La burbuja del peculiar nacionalismo, entre mesiánico y realista, en que Pujol, desde el nacimiento del personaje, intentó meter a todo el país, la hizo estallar Pasqual Maragall –más eficaz en eso que Aleix Vidal Cuadras– con su tripartito y de la mano de un inexperto i desorientado Zapatero a causa del inesperado resultado electoral y al olvidarse de aquello de “zapatero, a tus zapatos”. Así empezó la historia de un período de arrebatos en la política catalana, en un contexto de turbulencias estatales que no sabemos cuanto durará.

El pujolismo, que con el tiempo se convirtió en una burbuja, que tenía que estallar como todas las burbujas, levantó el ánimo del país, lo estructuró y lo puso en marcha entre gemidos victimistas y desafíos petulantes. Enraizó, dio fruto y se proyectó ampliamente en la conciencia ciudadana como la solución –natural y mágica al mismo tiempo– de lo que ha venido en llamarse el problema catalán.

Tenía la virtud de recoger una larga tradición del catalanismo popular y el nacionalismo romántico de los grandes teóricos de tiempos pasados. Pero la sociedad catalana, cada vez más compleja y plural, no cabía globalmente en la olla pujolista, a pesar de que se había hinchado como un globo. Este puchero no hervía para todos: el socialismo, el comunismo y la derecha declarada se sentían excluidos. Comulgaban con el catalanismo, pero el nacionalismo pujolista más idealista y redentor les quedaba estrecho para su cosmopolitismo o para sus intereses. En Pedralbes i en Cadaqués, como en Cornellà y en Santa Coloma de Gramenet, la gente hablaba mucho en castellano, ya fuese porque hacía finolis, por sentido práctico o creer que era el futuro, o simplemente porque era la lengua del “pueblo”.de “los montillas”.

Pasqual Maragall, que siempre se ha declarado catalanista pero jamás nacionalista, en su legítimo afán de ser presidente de Catalunya aprovechó como pudo esta importante rendija. Creyó llegada su hora e hizo estallar lo que tenía de burbuja el pujolismo. Y Jordi Pujol, que después de más de veinte años de buena tarea al frente de la Generalitat, que le acredita como un gran político y presidente, fue perdiendo votos... con la ayuda de ciertas complicidades poco claras de su entorno y del cansancio popular. Y su formación política –nacida al amparo del entrañable monasterio de Montserrat -el Montserrat de Franco bajo palio y la comprensión por Batasuna–, aunque obtuvo el mejor soporte electoral ciudadano pasó a la oposición, donde la gente se acatarra, como ya estamos viendo.

Maragall no jugó limpio. Sumó partidos perdedores y opuestos –hambrientos de poder- para desbancar al partido vencedor. Y el brillante alcalde de los Juegos Olímpicos de Barcelona, que el hábil franquista Samaranch le ofreció en bandeja desde el Comité Olímpico Internacional y fueron magníficamente gestionados por el comunista Josep Miquel Abad, no pasará a la historia como un gran presidente de Catalunya a pesar de haber conseguido un nuevo Estatut –que no es precisamente excelente–, a costa de dividir el país y crispar España. Las buenas intenciones no siempre dan buenos resultados, y el mismo Maragall a veces parece renegar del Estatut que impulsó: «No valía la pena», dice.

Y es que a fuerza de genialidades irreflexivas no se construye un país. Se pueden cambiar tendencias, rutinas y situaciones estancadas –cosa saludable–, pero es mejor hacerlo con buenas artes. Las alianzas con gente de poco fiar, como con Zapatero y Carod al mismo tiempo, es muy difícil que salgan bien. Y es lo que ha ocurrido. Carod traiciona a Maragall y a Zapatero en la reunión con ETA en Perpinyà; Zapatero traiciona a Maragall y a Carod no cumpliendo su palabra sobre el Estatuto; Maragall y Zapatero expulsan a Carod y a Esquerra Republicana del Govern; Zapatero traiciona a Maragall pactando el Estatuto con Artur Mas (delfín pretencioso y brillante de Pujol, con la ayuda de un Duran tan calvo como bien preparado) y después, pactando con Montilla, lo echa de la presidencia de la Generalitat. Y todos los partidos catalanes, menos el PP del dialogante Piqué (más tarde defenestrado), que nunca le dio soporte, se cargan el proyecto de Estatut del 31 de septiembre –¡gloriosa utopía!–, aprobado con cantos victoriosos en el Parlament de Catalunya, para defender (Esquerra Republicana se echó para atrás en el último momento) en raquítico referéndum el Estatut cocinado por Zapatero en La Moncloa. El ciclo de traiciones visibles se había cerrado.

Y Zapatero, a quien el socialismo y el republicanismo catalanes, principalmente –para expulsar a Aznar, que había sacado al país de un desempleo asfixiante pero que, en contra de la opinión pública, lo metió en una guerra absurda–, habían ayudado a llegar al gobierno del Estado, y a quien Maragall ofreció el balcón principal de la Generalitat el día de su victoria contra el nacionalismo pujolista, terminó metiéndose en la cama maragalliana de la plaza de Sant Jaume, y una vez la tuvo caliente cambió de pareja y escogió a Pepe Montilla. ¡La apoteosis!

Entretanto, en espera de las elecciones generales, tenemos más calma chicha; con algún grito suelto que se escapa de la disciplina del cordobés. El Estatut no se cumple y el Tribunal Constitucional le está pasando la lima, el cepillo o la herramienta que convenga, para que no reviente la Constitución, como se pretendia. Y Carod que ve otra vez peligrar su silla, y no sin razón, vuelve a clamar –casi en solitario, como los profetas– por la independencia. Ahora para el 2014, que es pasado mañana.

Por su parte, Maragall –desde su oficina-carpa de trapecista político, o cocina de genialidades, de la Diagonal– propone sustituir la vieja utopía de los Países Catalanes por la Euroregión de sus sueños; y Pujol –desde su púlpito-oficina del Passeig de Gràcia– sermonea urbi et orbe para que se imponga la cordura práctica del “saca lo que puedas”.

Así empieza el nuevo curso político que promete ser más que movido. Que no nos hagamos daño!

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Wifredo Espina es periodista y exdirector del Centre d’Investigació de la Comunicació.

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