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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La mejor arma electoral del Ejecutivo

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 6 de septiembre de 2007, 21:48 h (CET)
En el año dos mil, Aznar se mostraba razonablemente satisfecho por sus primeros cuatro años de gestión al frente del Ejecutivo. Sin embargo, no dudaba en reconocer, entre otras muchas cosas, el fracaso de su Gobierno en la mejora de las Humanidades en la enseñanza, así como su insuficiente política de ayudas a las familias provenientes del matrimonio entre un hombre y una mujer. En la entrevista realizada a Zapatero el pasado domingo en El País, el presidente del Gobierno, cautivo de su propia ceguera intelectual y política, banal hasta la extenuación, contemplándose en el lago narcisista de su propia alma, sin fisuras ni la menor autocrítica, manifiesta un anhelo inusitado por la nación española - un concepto que ya no está bajo sospecha -, así como su compromiso de aumentar las pensiones mínimas.

Zapatero ha comenzado ya la campaña electoral, con sus inevitables promesas políticas. Pero todos sabemos que la promisión no significa quedar empeñado en la palabra dada, supuesto que la promesa exige la claúsula rebus sic stantibus, es decir, si todo sigue adelante tal y como ahora lo veo y propongo. La falacia de la promesa consiste en que no se está obligado a mantener lo formulado si las circunstancias aconsejan lo contrario. Lo peor de todo es que el presidente ha utilizado la zafiedad de recurrir a un “lugar común”, a lo políticamente correcto como es una subida de pensiones, el mínimo reconocimiento debido que el poder político puede tener con quienes han trabajado por los demás durante muchos años. Mala estrategia para comenzar la del miedo y la amenaza. Peor estrategia cuando se presume de una voluntad de “gobernar desde la verdad”.

¿Cuál es la verdad de Zapatero? Los hechos primero; después, las palabras. En el Alexis, Yourcenar dirá que “no se debe tener miedo a las palabras, cuando se ha consentido en los hechos”. Zapatero no tiene miedo a las palabras. Por si acaso, siempre escucha, según la entrevista citada, la Cadena Ser, adoptando así (aunque yo no me lo crea) una actitud infantil, como la de todo el que pretende contar con el favor ajeno. Sólo el amor sincero a la verdad nos preserva del arte de crear confusión. No es fácil confiar en un político que ha hecho de la mentira y de la ocultación en materia antiterrorista sus mejores credenciales; que se ha nutrido de un vetusto rencor y de un resentimiento sordo hacia la nación española - auspiciado por el pancatalanismo –, utilizando la memoria histórica de un modo sesgado y selectivo, amenazando así una sociedad reconciliada con el pasado; un gobernante que asume una antropología atea, beligerante con la Iglesia y la Religión, una cultura que pretende arrinconar al ámbito privado la fe de los ciudadanos, católicos en su inmensa mayoría, difundiendo una malévola mentalidad laicista donde sólo es posible un nihilismo lúdico; un presidente del Gobierno que impone de un modo totalitario una educación relativista, donde la dignidad de la persona sólo es posible fundarla en los derechos humanos.

Todo apunta a que el Ejecutivo posee un arma electoral tanto más eficaz cuanto más inopinada: la escisión en el seno del PP, provocada por desaforadas ambiciones personales. La derecha española debería sepultar de inmediato una de las causas más lesivas para su triunfo electoral, la concupiscencia de un hombre tan capaz como incontinente, que seguirá con la pretensión de alzarse sobre todos, porque no le ha sido concedido el magnífico don personal, tan necesario en la vida política, de la prudencia.

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