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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La muerte firme, definitiva, concluyente (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 6 de septiembre de 2007, 21:48 h (CET)
(Sigue el de ayer.)

Unamuno le espetó al mir que todo aquello no era más que un craso error, un horror morrocotudo; que Dios Todopoderoso no podía ser tan despiadado y estúpido como para dar una orden tan absurda y cruel. Que si Dios seguía echando en saco roto y haciendo oídos sordos a cuantos padrenuestros y plegarias habían salido, sentida y sinceramente, de su corazón enamorado, él mismo, en persona, de buena gana, se encargaría, de volver a escupirle, como antaño, en la cara y, de buen grado, retornaría a lacerarle la piel de la espalda, como otrora, a latigazos, hasta que aprendiera. Que como osara mandar que alguien de su séquito celestial se llevara de noche a Marisol, con el miedo cerval que tenía a las oscuridades o tinieblas su musa eviterna, sumándole a él un nuevo fracaso, otro más, a la larga y extensa colección que había acopiado de ellos, que se atuviera a las consecuencias, porque Félix apostataría de su fe en Él y apostaría por el eterno retorno nietzscheano, quiero decir, por un nuevo óbito suyo en la cruz. Es más, Unamuno se presentaría (como) voluntario para encasquetarle la corona de espinas en la cocorota y clavarle las palmas de las manos al madero horizontal.

Félix Unamuno me pareció que actuaba como un perfecto chantajista y mafioso, pero también con la determinación de un señor de una pieza, de un hombre (ser incoherente donde los haya) en toda la regla. Hay que reconocer que le echó valor o dídimos al caso y narices a la cosa. Llegado el crucial momento de los estertores, de las boqueadas, resumiendo, de la agonía de su ser querido, puso todo lo que hay que poner encima de la mesa: el carácter y la casta, el talante y el talento, abreviando, el temperamento (que no miento). Y es que la firmeza de ánimo sólo asiste a quienes, aunque hayan malgastado el grueso de sus vivencias en asuntos de escasa enjundia, habiendo hallado el sello de su vida, la razón de ser o el sentido de su existencia, lo persiguen con pasión y aun con rabia hasta que le dan alcance, detienen y obligan a tomar conciencia de la coyuntura, a arrostrar el estado de las cosas y a buscar la mejor solución a cada uno de los problemas planteados.

–De acuerdo –arguyó Unamuno-, pero con una condición de necesario cumplimiento, que acepte que me cambie yo por ella. Porque estoy plenamente convencido de que, mientras Marisol Ríos viva, yo no conoceré la segunda y segura muerte, la firme, definitiva, concluyente.

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