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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

De las cosas que me repatean

Marino Iglesias Pidal
Redacción
miércoles, 5 de septiembre de 2007, 21:41 h (CET)
Leo en el diario que ni veinte días han tardado en tener que volver a detener a los nenes que han convertido en cenizas el teatro Langreo - desde luego ya esto me da patadas en el ombligo -, y sigue la noticia: <> Lo cual vuelve a patearme, o sea, ya es repatear, en la misma vertical del ombligo, más abajo. ¡Y sigue! Los nenes <> ¡Y sigue con más consuelos! <>

Desde luego yo, tiempo atrás ha, me he provisto de un protector de uso diario para mi fábrica de testosterona, porque, cuestiones de esta índole, ya vienen de lustros pasados y siguen y seguirán mañana y muchos de los días que discurran después de mañana. Son, digamos, las pequeñas banalidades politicodomésticas que mantienen en constante crecimiento el despropósito de esta nefasta sociedad en que vivimos, que escucha las voces promisorias de quines viviendo de las sardinas buscan atraerlas a su brasa. Y ahí va el cardumen, derechiiiiiito a la hoguera.

No podría ser de otra forma, pues al cardumen le va esta marcha. Porque el cardumen sabe. No es necesario una suprainteligencia o tener cuatro títulos universitarios para saber que al cáncer hay que combatirlo, a ser posible, desde la primera célula. En qué cabeza pueden caber pensamientos tales como: “El tumor es pequeño, no son más que unas pocas células, no entraña peligro” “El tumor que extrajimos es maligno, pero, como es chiquito, vamos a reimplantarlo, no lo saquemos de su hábitat, para qué interrumpir su “normal” desarrollo” “El tumor del paciente de al lado es cuatro veces mayor, y ahí sigue el hombre, aún no se ha muerto, así que, con el propio, podemos seguir tranquilos”.

Estos y otros muchos pensamientos de la misma índole son los que hacen que, no cada cual, pero sí cada pueblo, tenga lo que se merece. Y engorda mi síndrome de la patada reiterada el pensar que el mayor castigo no va a sufrirlo el pueblo que dejó medrar al cáncer, sino el conformado por generaciones venideras, que, dicho sea de paso, no serán menos insensatas que las actuales, pero esto no quita para que cada quien, sería lo justo, pagara la cuota que le corresponde.

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