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Terrorismo y nacionalismo

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 5 de septiembre de 2007, 21:41 h (CET)
Cuando nos sube la fiebre podemos tratar simplemente de reducirla con algún antipirético o buscar su causa. La fiebre puede ser síntoma de una infección o de alguna disfunción más o menos grave.

Los distintos gobiernos que han ido sucediéndose han tratado de eliminar el terrorismo que venimos padeciendo desde hace décadas, con escasa fortuna, han tratado de bajar la fiebre sin combatir la infección. Siempre hemos oído decir a los gobernantes que los comandos de ETA son desarticulados, que la organización está en su fase final, que está siendo combatida eficazmente por as fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado y otras cosas por el estilo. Pero la verdad es que esta fiebre del terrorismo no desaparece, en mi opinión, por la sencilla razón de que no se ataca la raíz del mal, que no es otra que el nacionalismo. El terrorismo se nutre y crece en el nacionalismo.

Cuando en la transición se alumbró una nueva Constitución, se pensó que la organización de un Estado autonómico iba a resolver el problema de los nacionalismos periféricos y se iba a entrar en una era de paz y armonía. No ha sido así. Las concesiones de autogobierno han estimulado el voraz apetito de los partidos nacionalistas que se perpetúan en el poder y han encontrado la fórmula para su hegemonía, identificar el territorio con ellos mismos. El territorio vasco o el territorio catalán son de la exclusiva propiedad de los nacionalistas. Los que no sean nacionalistas son malos ciudadanos, a los que hay que expulsar haciéndoles la vida imposible, en el caso vasco o hay que convertirlos al catalanismo sin contemplaciones.

Tanto unos como otros, se han hecho con las riendas de la educación para modelar a su gusto a las nuevas generaciones, se han inventado una historia propia y atizan constantemente el odio al resto de España a la que culpan de todos los males. Algo así como hizo Hitler con los judíos. Los españoles que no sean vascos son gentuza, los españoles no catalanes que vivan en Cataluña tienen que civilizarse adquiriendo los elevados valores de la catalanidad, empezando por renunciar a la lengua común y si la usan se les persigue y se les multa.

Nuestro nefasto sistema electoral, que entrega la llave de la gobernabilidad de España precisamente a los que no quieren ser españoles, ha tenido, además, el perverso resultado, de que los partidos nacionales anden cortejando a los nacionalistas para obtener los votos que puedan faltarles para obtener el poder. Así, al partido nacionalista vasco se le considera democrático y respetable, aunque el Sr. Arzallus ya dijera claramente que los chicos de la gasolina, los chicos de ETA, los de la capucha y el tiro en la nuca, son los que mueven el árbol y ellos, el PNV, recogen las nueces. Los nacionalistas vascos amparan a ETA y sus organizaciones políticas, aunque sean unos criminales, porque comparten su credo nacionalista.

En Cataluña el terrorismo también estuvo presente con la gente de Terra Lliure, pero el nacionalismo pujolista entendió que no necesitaba de ellos para su política progresivamente separatista. Por desgracia, los partidos nacionales han llegado a creer que pueden alcanzar el poder haciéndose nacionalistas, pero las dos cosas a un tiempo no son posibles por mucho que se empeñen Montilla, Piqué o Patxi López.

Es curioso además que estos nacionalismos, al igual que el nazismo, tengan unas irreprimibles ansias anexionistas. Las Islas Baleares o el País Valenciano, ya que hablan catalán, son algo así como los sudetes o los austriacos a los que hay que unir al gran proyecto catalán, aunque, eso sí, a costa del resto de España que tiene que correr con los gastos. El País vasco y su fantasmagórica Euskalerría también quieren anexionarse Navarra y el Iparralde francés. Lo de Francia es imposible, pero lo de Navarra ocurrirá fatalmente si Rodríguez Zapatero se mantiene en el poder después de las próximas elecciones y sigue su proceso de sometimiento a los nacionalismos a cambio de sus votos.

Otras autonomías están en peligro de que se le desarrollen metástasis nacionalistas, algunas ya avanzadas como en Galicia y otras, como Andalucía, buscando desesperadamente unas señas históricas diferenciales en un falso pasado andalusí, renunciando a una gloriosa historia real, romana, visigoda y cristiana.

En un mundo cada vez más globalizado seguir defendiendo nacionalismos rancios de la época romántica es demencial. Además los partidos nacionalistas han comprobado que son extremadamente rentables para los que disfrutan el poder. La política, reducida al disfrute del poder, es capaz de las mayores vilezas, como por ejemplo, negociar con el terrorismo, someterse a los nacionalistas, aceptar el desguazamiento del Estado, hacer imposible la solidaridad.

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