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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Malbaratamiento

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 5 de septiembre de 2007, 21:41 h (CET)
Nos encontramos en un «buffet libre» con una exposición variada de viandas. Los comensales se abalanzan a los mostradores llenando a rebosar lo más rápidamente posible los platos. De las mesas se retiran platos llenos de comida que no se ha ingerido. Lo que ven quienes han viajado con el IMSERSO debería hacernos pensar. Olga Herrero, dice. “Quienes hemos sido educados por padres de posguerra, personas con muchas limitaciones pero que solían besar el pan que les caía en el suelo, heredamos cierto remordimiento al lanzar comida a la basura. Una cosa es rechazar un tomate machucado o una naranja mohosa, también duele tirarlos, y otra cosa el malbaratamiento arbitrario, y todavía más cuando el comensal se puede levantar a llenar el plato las veces que quiera”. Tenemos que recordar que muchas personas, al atardecer, rebuscan en los contenedores cercanos a los supermercados algo que les pueda llenar la barriga. Si nos vamos más lejos, en otros lugares del planeta mueren diariamente de hambre miles de niños y adultos. Incontables litros de agua de excelente calidad se escurren por los desagües del fregadero y del lavabo que harían enloquecer a millones de personas que carecen del líquido vital y, el poco que tienen no reúne la calidad que nosotros exigimos.

Jesús se encontraba en un lugar desértico rodeado de cinco mil hombre además de las mujeres y niños. Llegado el anochecer, aquella muchedumbre no había ingerido nada en todo el día. Sus discípulos le proponen despedirlos. Cristo no acepta esta solución. Su amor y misericordia le impedía hacerlo. Les dice: “Dadles de comer vosotros”. Le responde: “Aquí sólo tenemos cinco panes y dos peces”. Les dice Jesús: “Traédmelos”. El Señor tomó los cinco panes y los dos peces, los bendijo y los dio a sus discípulos y estos los repartieron entre la gente. “Todos comieron lo que quisieron”. Lo admirable del caso: “Después recogieron los pedazos de pan que sobraron y llenaron doce cestos”. El texto no nos dice nada de lo que hicieron con las sobras de pan que se recogieron. Lo que sí se sobreentiende es que no quedaron desparramadas por el suelo. Si se recogieron fue para aprovecharlas más tarde.

En la sociedad occidental nadamos en la abundancia. Aunque haya bolsas de pobreza, se huele la prosperidad. Abrimos la nevera y la encontramos llena de productos asequibles a nuestra economía. Asistimos a una comida de empresa, de celebración de una boda, de un aniversario…Se sirve de todo abundantemente. Los camareros retiran muchos restos de comida que van a parar a la basura que harían ensalivar a los hambrientos. Se hace con toda normalidad, como si fuese así como debe hacerse. “La sobreabundancia en que nadamos quita valor a lo que se tiene”, dice Olga Merino que citando al sociólogo Vicente Verdú, afirma: “La multiplicación abarata el producto y desacredita la solemnidad”.

Debe ponerse fin a esta carrera que tiende hacia la multiplicación que abarata el producto y desacredita la solemnidad, es decir, que no apreciamos lo que Dios nos da. La Biblia es bien clara al afirmar que los alimentos son un don de Dios, un regalo que nos hace el Señor. Es Él quien da la fertilidad al campo que hace que las cosechas sean abundantes. También es Él quien ordena a las nubes que descarguen el agua que transportan y que tan necesaria es para el crecimiento y productividad de las plantas y para que los animales sobrevivan y provean a los hombres de los nutrientes necesarios para su salud. Toda buena dádiva procede de Dios. Los alimentos que nos nutren son una de las buenas dádivas con que nos obsequia el Señor. Cuando una persona se sienta en la mesa , inclina la cabeza, cierra los ojos y musita una oración parecida a esta: “Bendito seas tú, Dios mío, que haces brotar el pan de la tierra”, reconoce la procedencia de los alimentos que esperan en la fuente para ser distribuidos en los platos. El reconocimiento del origen celestial de lo que se pone en la boca, no desmerece el esfuerzo, el sudor y el sufrimiento del payés que los ha cultivado, del ganadero que ha criado los animales y del pescador que con su red saca del mar el pescado. Todo ello es más que suficiente para hacernos pensar que no podemos malgastar el regalo que Dios nos hace cada día y que tantos sudores ocasiona producirlo.

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