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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La muerte firme, definitiva, concluyente (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 5 de septiembre de 2007, 21:41 h (CET)
A Justy, Miguel y Prepedigna, quienes, cuando voy a Pamplona a que me hagan alguna prueba médica, suelen acompañarme, haciéndome más grata la espera.

“–Acuérdate del trato que hicimos. Cuando yo muera, todo lo que es mío será tuyo…

–… menos los sueños”.

Carlos Ruiz Zafón

Hace unos días, durante una excursión onírica que me llevó por las diversas capillas de urgencias y demás habitáculos de esa seo de dimensiones ciclópeas, colosales, que es el Hospital Clínico Universitario de… (donde sea; sirve cualquiera; no importa cuál), tuve la oportunidad de ver cómo cierto mir (acrónimo de médico interno residente), aprendiz de ruiseñor durante bastantes horas de su tiempo de ocio, se dio de bruces en uno de los muchos pasillos del vaporoso recinto hospitalario con Ezequiel, proverbial ángel de la profecía, ergo, del devenir. A servidor, como usted, desocupado lector, ya sabe, a ratos E. S. O., un andoba de Cornago, a ratos Otramotro, le pareció (al menos, así lo coligió) que al mir le había molestado sobremanera que fuera Ezequiel, director de aquella trascendental tragedia en ciernes, y no Melpómene, la idónea (anagrama de) aónide, quien intentara persuadirle de que le sobraban tablas para poder interpretar a la perfección el vacante papel y puesto de agorero, transmitiendo a los pacientes y/o a los acompañantes que Dios ya había dado las órdenes pertinentes a la parca o moira Átropos para que cortara los hilos de la vida a cuantos enfermos hubieran sido ungidos por el capellán del centro con el signo de la Santa Cruz.

El primero de la lista era Félix Unamuno, acompañante de la febril Marisol Ríos. Pésimo arranque, pensó el mir, porque, cuando éste le puso en antecedentes (y lo que aún era peor, en consecuentes), Félix se negó en redondo a aceptar el remoquete o bofetón de la realidad, que la situación hemodinámica de Marisol fuera tan grave que no le dieran ni siquiera la expectativa efímera de un mínimo porcentaje para la vuelta de hoja. Nadie le iba a arrebatar (a) su media naranja, amada dama y alma gemela, cuando tanto había luchado (incluso a brazo partido –y tanto le había costado conquistar aquella ciudadela o fortaleza-) para que su relación de pareja con Marisol fuera, por fin, un hecho, que éste siguiera adelante, viento en popa, y que tuviera una pinta estupenda, de propincuo matrimonio.

(Continuará mañana.)

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