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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El aire que respiramos

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 5 de septiembre de 2007, 21:41 h (CET)
“Las cosas que se van no vuelven nunca
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!”


Federico García Lorca

Respiramos al día 22.000 veces. Inspiramos y respiramos para renovar el oxígeno de nuestro organismo. Cada día van a los pulmones cerca de 12.000 litros de aire que es del que obtenemos la vida. Toda nuestra vida es eso: una aventura que gira en torno al oxígeno, y es una aventura a la que puede poner fin la contaminación...

Podemos recordar unos datos: hoy mismo, nacen en el mundo unos 150.000 niños. En la grasa de los osos polares hay DDT. En el tejido adiposo de los europeos hay 20 miligramos de insecticida. Unas 235 especies de insectos ya no reaccionan ante los insecticidas conocidos. Las golondrinas han abandonado las ciudades porque les hemos hecho el aire imposible. Unas 338 especies de pájaros están a punto de extinguirse. Uno de los 700 millones de coches que circulan por el mundo consume en 1.000 kilómetros el oxígeno que una persona necesita para respirar durante un año. De manera continua hay en vuelo alrededor de 15.000 aviones comerciales. Sólo en el despegue de uno de tipo medio se consume el oxígeno equivalente a la aceleración de 7.000 turismos. El anhídrido sulfuroso de la atmósfera ha aumentado en más del 10% en los últimos años. Aparecen nuevos agujeros de ozono. En los animales del polo se han encontrado señales radioactivas. La tercera parte de la basura que cada uno produce o tira es nociva para la salud. Las especies marinas desaparecidas superan el 20% del total. Cada año desaparecen 40.000 especies en el planeta. En los últimos treinta años, se ha destruido la mitad de toda la superficie selvática de la Tierra y, si prosigue el mismo ritmo de talas, dentro de menos de 50 años habrá desaparecido por completo. Su desaparición contribuye al aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera y a la expansión del llamado “efecto invernadero”, que también se ve favorecido por los incendios forestales que producen gran cantidad de dióxido de carbono y por la denominada “lluvia ácida”. La desertización, que hace estéril cada año una extensión de seis millones de hectáreas en todo el mundo, avanza en España más que en ningún otro país europeo. Azufre, plomo, hidrocarburos cancerígenos... todo va a ese aire, a esos 12.000 litros que todos los días pasan por nuestros pulmones y que permiten que siga esa aventura en torno al oxígeno.

Ya es de sobra conocida la irritación ocular causada por la contaminación. Pero es el aparato broncopulmonar el que más directamente se ve afectado al reducirse sensiblemente su capacidad ventiladora. En el corazón también influye aunque el humo del tabaco es la agresión más directa. Igualmente, la contaminación es la causante de las tasas de plomo en sangre... El problema más serio es que se conocen los efectos de algunos agentes nocivos; pero no de todos, ni siquiera de la mayoría, y menos, de esa masa y esas reacciones que forman nieblas, gases, sustancias tóxicas...

Y si todo eso es lo malo de la contaminación, tal vez lo peor sea, que deslumbrado por un supuesto progreso prosigamos destruyendo el mundo natural, el aire que respiramos, el agua que bebemos, los animales y plantas que nos acompañan... Nadie tan pobre como los hijos de una generación que no fue capaz de salvar ni el suelo que pisaba ni el aire que respiraba. Y como dijo el poeta: “Se quedaron solos y solas, / soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes.”

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