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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Una perfecta caricatura de donjuán

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 4 de septiembre de 2007, 21:55 h (CET)
“¿Qué alta inteligencia, si de verdad lo es, será incapaz de esbozar, de buena gana, una ingenua sonrisa y hasta de soltar, de buen grado, una sonora carcajada al contemplar su propia caricatura?”. Emilio González, “Metomentodo”

Abrí la puerta y ella cruzó el quicio como una exhalación. Se detuvo junto a la ventana, entreabierta por la parte superior. Murmuró que un imprevisto, el haberse encontrado inesperadamente en la parada del autobús con sus padres, la había retrasado algunos minutos. Me acerqué a su cuerpo, templo y altar, y comprobé, al estrecharla entre mis brazos y besarla, que traía la espalda empapada y, como contraste, la boca seca. A pesar de la palmaria paradoja, el contacto de mi blanca piel con la morena epidermis que cubría la anatomía toda de aquella heroína o diosa me supo a gloria bendita.

Tras el primer asalto de ósculos, magreos y frotamientos innumerables, sin cuento, llevando servidor, el pulpo, y mi amada, la multi, omni o “pluripalpada”, todavía la ropa puesta, consensuamos un tiempo de descanso o tregua. Hablamos de lo divino y de lo humano y concluimos o coronamos la primera parte de nuestra única y más íntima conversación presencial por el momento con el asunto de la casualidad y/o de la causalidad:

–Yo no tengo ninguna hesitación, mi vida, de que existe la “serendipia”, “serendipidad” o chiripa. Ya sabes, ese don, facultad, maña o virtud de encontrar cosas valiosas en lugares inopinados por pura casualidad.

–Pues yo, cariño, sostengo que nada en este mundo inmundo sucede por casualidad, a la buena de Dios o al buen tuntún, sino por una serie de motivos o causas. Todo acontecimiento, sea grande o pequeño, obedece a un plan preconcebido, acaso ignoto para nosotros, pero diseñado y prefijado hasta en sus mínimos detalles por…

–¿… Dios?
–Llámalo X, Y, Z, como más te apetezca o venga en gana, pero las circunstancias de que ahora tú y yo estemos juntos aquí, en la habitación 504 de este hotel de tres estrellas, son piezas que forman parte del engranaje de una máquina que alguien construyó con un fin, el que fuera.

–¿Estallar? ¿Explotar? ¿Poner patas arriba el orbe entero? Discúlpame la ironía. ¿Que prendiera el Amor entre nosotros dos?

–Quizás.
La miré fijamente a sus ojos de miel y ella hizo lo propio conmigo. En el raudo combate de miradas que libramos la vencí, pues ella, tímida, aún más que yo (sazón inaudita e insólita), la apartó antes. Nos sentamos al borde de la cama del armario y volví a abrazarla y a besarla con fruición, pasión y desatada pulsión.

–No me dejes nunca –musitó.
En un cuento, todavía inédito (y es que tal vez sea ése, el limbo, el mejor lugar que pueda haber para él), que urdí hace la friolera de una década larga, venía a decir, poco más o menos, con escaso conocimiento (que no miento) de causa, por supuesto, que no había hallado en la vida un juego amatorio de pareja que aventajara, esto es, tuviera parangón, con el que consistía en, conforme la persona amada o media naranja fuera dando respuestas erróneas a las preguntas del Trivial, irle aligerando, paulatinamente, el peso de sus prendas, el sombrero que cubriera su testa, las ropas que vistiera y los zapatos que calzara. ¡Paparruchas! Aquella tarde, que fue la primera vez en la que yo intentaba quitarle el sostén a la última de mis ¿conquistas? o ¿novias?, me entró, sin previo aviso, el baile de San Vito, quiero decir que contraje tal tembleque, tiritera o tiritona que, tras mucho insistir y mucho fracasar, tuvo que ser la propia ¿interesada? la que, a la postre, se desprendiera de él. Tengo para mí que, llegado este momento, todas las dudas que acarreaba ella hasta entonces se difuminaron o esfumaron en un santiamén y me creyó del todo, pues pudo comprobar, in situ, de manera fehaciente, que servidor era un inconcuso inexperto en las artes de la burla y el ensamblaje, o sea, una perfecta caricatura de donjuán.

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