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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

En defensa del libro

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 3 de septiembre de 2007, 16:56 h (CET)
“Todos nos quejamos de que no se lee,
pero ninguno leemos.”


Mariano José de Larra

Sobre el libro se viene escribiendo desde hace más de dos milenios, y aunque Plinio y Cervantes coincidieron en que “no hay libro malo que no tenga algo bueno”, por una ancestral ignorancia, aumentada hoy por una pasividad creciente, lo cierto es que se frecuentan los libros mucho menos de lo deseable.

Todavía quedan en España, sin que nadie se haya rasgado las vestiduras, casi un millón de españoles que no saben leer ni escribir. Otro dato también enormemente preocupante es que cada año nos repitan que en la cuarta parte de los hogares no se compra ningún libro y que en la mayoría de los hogares se adquieren únicamente los libros de textos para los escolares.

Pero todo ello no impide que se publiquen al año en España más de 50.000 títulos -de ellos, unos siete mil de autores extranjeros traducidos-, por cuanto nuestro sorprendente país ofrece en apariencia un hecho paradójico: las bajas cifras de lectores y de compradores españoles de libros frente a las muy elevadas de libros publicados, lo que se explica por la exportación de libros a los países de habla española en América.

La degradación creciente de los valores humanos y el progresivo desinterés por el arte y la cultura en medio de una sociedad vertiginosa -ruidos, prisas, inseguridades- y de unos hogares que han dejado de ser silenciosos no son nada propicios para el reposo y la reflexión que exige la lectura.

Los niños de ahora, saturados de “telebasura”, sin otra curiosidad que no sea la del ordenador o cualquier otro artilugio electrónico, corren el gravísimo riesgo de no ser nunca lectores, porque cuando uno se hace de verdad lector es en esa maravillosa edad que suele oscilar entre los cinco o seis a los quince o diecisiete años.

Por estas y otras razones, se hace hoy más preciso que nunca el elogio y no pocas veces también la defensa del libro, al que algunos agoreros supusieron pereclitado medio siglo atrás, y al que todavía hoy creen algunos sustituido por las imágenes, en la idea tan errónea como difundida de que una sóla de aquella vale por mil palabras.

Lo cierto es que la vida del libro -ese objeto, de apariencia inofensiva, que tanto aterroriza a inquisidores y tiranos- no ha estado a salvo de peligros. Contra el libro han conspirado los hombres de poder, analfabetos o ilustrados, que han sentido la amenaza de las ideas que transitan por las páginas enemigas. El libro ha sido sentenciado a la hoguera y a más varias formas de destrucción como si la censura o la cuchilla pudieran silenciar las voces de sus letras.

Ya el mero hecho de no leer es harto lamentable, pues, pues como dijo Marcel Prevost: “El libro que no se lee es una lámpara apagada”. Y nuestro Unamuno llegó a formular esta tremenda paradoja: “Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”.

Y es que el libro -cual sucede a menudo- no es sólo para conservarse en los anaqueles de una biblioteca pública o privada. El libro ha de leerse. Además, se hace preciso “rentabilizar” el propio valor del libro, leyéndolo tan pronto se conozca o se adquiera y, si vale la pena consultarlo o releerlo a lo largo del tiempo. No nos hemos dado cuenta todavía que poseemos en el libro unos grandes valores culturales, educativos y diversivos y que, por negligencia nuestra, no pocas veces los perdemos o los aprovechamos en mínima medida.

“La lectura de todo buen libro -decía Descartes- es como una conversación con los hombres más esclarecidos de siglos pasados; una conversación selecta en la cual nos descubren sus mejores pensamientos”. Y Quevedo nos dijo: “Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los muertos”.

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