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Saakashvili: el interés predomina en el divorcio con Moscú

Borís Makarenko
Redacción
lunes, 3 de septiembre de 2007, 10:42 h (CET)
Ya es hora de ver las cosas tal y como son y dejar de tomar en serio las promesas de amistad. Gracias a Dios, a nivel humano las relaciones entre los habitantes de las ex repúblicas soviéticas siguen siendo muy buenas, pero la política pública acusa una lógica distinta. Incluso durante la guerra fría se organizaban tele-puentes con EEUU: Pozner-Donahue, cuyos participantes demostraban amistad y competían en franqueza sobre dónde existía más sexo... Aunque esto no resolvía los problemas interestatales, sino que, en el mejor de los casos, ayudaba a suavizar de algún modo el clima común.

Y ahora, pese a las aseveraciones sobre las recíprocas simpatías entre rusos y georgianos, el negativismo sigue en alza. Se impone la pregunta lógica: ¿quién y por qué necesita la escalada de la tensión? Naturalmente la necesitan el señor Saakashvili y su equipo por la mera razón: Saakashvili fue elegido como presidente de la esperanza. Su llegada infundió esperanza de que fuera capaz de solucionar los anquilosados problemas georgianos, incluso los relativos a la integridad territorial. Como hábil político, Saakashvili se arriesgó y salió airoso en la lucha por el dominio de Adzharia consiguiendo supeditarla a Tbilisi. Así logró captarse la confianza a corto y tal vez a largo plazo. Pues, luego la situación en la economía y también en la sociedad dejó de ser favorable. Es posible que en la cresta de la euforia haya logrado hacer algo en el país, pero no consiguió progreso en el restablecimiento de la integridad territorial en Osetia ni en Abjasia, y por las causas absolutamente objetivas. Adzharia, aunque trataba de mantenerse independiente, nunca aspiró a separarse de Georgia. Entre los habitantes de Adzharia y del resto de Georgia no existen problemas tan graves como la sangre vertida, ni la revisión de las propiedades. Fue muy fácil devolver a Adzharia con el régimen de Abashidze podrido hasta la médula. Pero es imposible acabar de un golpe con el enfrentamiento con Abjasia y Osetia del Sur, a pesar de los presuntuosos planes de la administración georgiana. Baste recordar la declaración hecha por el señor Akruashvili de triste recuerdo de que celebraría el Año Nuevo en Osetia. Fueron vanas las esperanzas. Entonces, hay que buscar un pérfido enemigo. Por supuesto, lo es Rusia y por esto Georgia está provocándola. Yo daría prioridad a esta causa, siendo consecuencia el flirteo de Saakashvili con Norteamérica y Occidente. Está claro que para aplicar esta política hay que buscar patrocinadores en Occidente y no en Moscú. Y, además, Saakashvili optó por agravar relaciones en la presente etapa habiéndolo calculado todo con bastante sutileza. No considera ventajoso ir normalizando las relaciones entre nuestros países y pueblos a raíz de los estallidos de crisis en el otoño pasado. El líder georgiano busca nuevos argumentos para presionar sobre Occidente y obtener de éste nuevas promesas de acelerar el examen de la solicitud georgiana de asociarse a la OTAN.
Otro elemento a favor de Georgia es el desprestigio de Moscú ante los ojos de Occidente, debido al agravamiento de discrepancias en torno a la DAM en Europa, el caso Litvinenko, el dominio en materia de la energía y la firmeza de Rusia con respecto al problema de Kosovo. Occidente ya sometió a críticas la reacción de Rusia a la escalada anterior en las relaciones con Georgia, cuando los funcionarios rusos y representantes de los órganos del orden público actuaban con suma torpeza, expulsaban a ciudadanos georgianos, daban instrucciones a las escuelas de Moscú de hacer listas de alumnos de nacionalidad georgiana, lo que fue asqueroso. Occidente lo evaluó adecuadamente. Saakashvili lo calculó todo correctamente: ahora en cualquier litigio entre Tbilisi y Moscú, la presunción de culpa corresponderá a Moscú.
En muchos aspectos las actuales acusaciones recíprocas relativas a las bombas y violaciones del espacio aéreo parecen teatro de absurdo. En cuanto al cohete en el territorio de Georgia, como hombre civil no puedo decir nada respecto a su procedencia, ni de las piezas que lo componen. Pero, a mi modo de ver, este incidente le jugó una mala pasada a la parte georgiana. Seguramente, Saakashvili y sus acólitos ignoraron que no se podía acercarse al proyectil estallado ni al embudo donde estaba. Pero suscita sospechas la presura conque ese cohete fue liquidado sin haber sido registrado su número de serie. Al mismo tiempo, la parte rusa hizo muchas declaraciones categóricas que para Occidente resultaron menos convincentes que ciertas pruebas fácticas capaces de refutarlo, por ejemplo: sería suficiente presentar los datos de nuestros radares, etc.
Lamentablemente, en muchos aspectos, la actitud de Occidente hacia las relaciones ruso-georgianas se asienta en los acontecimientos del año pasado, muy desfavorables para Rusia. Al parecer, ahora las relaciones han comenzado a normalizarse, pero las reminiscencias persisten. A mi modo de ver, lo que influyó en los políticos occidentales no fue la anulación de vuelos que tiene su razón: las compañías de aviación georgianas tienen deudas pendientes con los aeropuertos y servicios de controladores aéreos rusos. Pero es imposible echar al olvido el incidente con los alumnos georgianos. En principio, cada Estado comete errores, pero no importan tanto los errores como la manera de corregirlos. El castigo oportuno de los autores de las “medidas asimétricas” podría servir de bien ejemplo. Ahora ya no tiene razón hacer ciertos correctivos: el daño es un hecho.

Ahora, para normalizar las relaciones, es necesario presentar las pruebas convincentes al máximo de que Rusia nada tiene que ver con aquello de lo que la acusan. Y es necesario sacar enseñanzas no sólo del pasado soviético, sino también de la época presente, no esgrimir las ambiciones prepotentes y comprender que el espacio postsoviético dejó de ser esfera exclusiva de nuestros intereses.

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Borís Makarenko, subdirector del Centro de Tecnologías Políticas, para RIA Novosti.

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