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El hombre de Candelario
Luis del Palacio
Hace muchos años había un hombre que hablaba un castellano viejo, algo cervantino aunque nada arcaico, en el que abundaban las frases subordinadas, los subjuntivos y los pluscuamperfectos; toda esa especie considerada morralla por los “juntapalabras” (antes “plumillas”) que, como la “Castilla, miserable, ayer dominadora” de Machado, desprecian cuanto ignoran. Yo no sé si como Fernando Sánchez Dragó parece afirmar de sí mismo, este era “una entidad ontológica sin fisuras; inasequible a la corrupción, independiente de cuerpo y alma”, parecido al que preconizó Rudyard Kipling en su poema “Serás hombre”. Pero como Sánchez Dragó nunca respondió a mi pregunta de si estaba hablando de sí propio (y entonces, ¡qué presunción!), y en cuanto al hombre de Kipling hoy resultaría harto difícil encontrarlo ( y si existiera tendría que resignarse a que Maruja Torres, Elvira Lindo o Rosa Montero lo acusaran de machismo), la verdad es que no sé si seguir con esta pequeña historia…
Pero sí, voy seguir porque me prometí no olvidarlo y escribir sobre él hace que lo reviva sobre el papel o, como en este caso, en “soporte digital”. El Hombre de Candelario es alguien a quien en más o menos treinta años –aproximadamente los que lleva fuera de esta dimensión- no he hecho justicia. Me dijo poco; pero sin duda dijo más que el Hombre de Atapuerca, que a Arsuaga, que yo sepa, nunca le ha dicho nada directamente. El Hombre de Candelario trasegaba cuartillos de un vino ácido, estepario, en una de las tabernas que había en la empinada y tortuosa calle mayor del pueblo salmantino.
Era muy viejo, menudo y sonriente; sus ojos resaltaban en su piel apergaminada como dos aguamarinas muy vivas. Me cogió por banda una tarde de Semana Santa; había nevado y varios excursionistas nos guarecíamos de la ventisca. Mis amigos no le prestaron atención; cosa comprensible por la edad que teníamos y por el hecho de que las hormonas nos llevaban más a tratar de entablar conversación con un grupito de chicas que también se había refugiado en la taberna, que a escuchar las “batallitas” del viejo. A mí, sin embargo, me apeteció escuchar su historia. Me dijo que había sido profesor de instituto pero que fue purgado tras la Guerra Civil. Decidió irse de España antes de que algún chivato lo acusara de rojo o anticlerical, así que logró embarcarse con rumbo a América. Durante algunos años vivió en Argentina. Trabajó como temporero, tocó el piano en un cafetín donde se enamoró de muchas “minas” gardelianas, dio clases de matemáticas a niños ricos…En fin, hizo casi de todo hasta que decidió que deseaba volver a su país.
“Al llegar al puerto del Havre, en Francia –me dijo- no podía imaginarme que aún tardaría casi treinta años en volver aquí, a mi tierra. El “tío Paco” había asentado bien sus posaderas y yo era un exilado, un apestado y me trincarían nada más cruzar la frontera. Había que tener paciencia. Era cuando Europa empezaba a beneficiarse del Plan Marshall. Suiza era uno de los pocos lugares que no habían sido arrasados y allí me dirigí; pero no me gustó y me marché enseguida. Pasé de Bélgica a Renania del Norte y finalmente llegué a Dunkerke desde donde conseguí cruzar a Inglaterra. En Londres viví veinte años. Conseguí trabajo a pesar de no hablar inglés por entonces. Fui estibador, barrendero, camarero y en el cincuentaytantos logré un puesto como recepcionista en un hotel de Earl´s Court. Tenía una nueva vida y los recuerdos fueron amarilleando como las viejas fotos… Me casé con una maravillosa anglo india, que trabajaba en una lavandería de la que mi hotel era cliente. Tuvimos una hija. Durante algunos años mi vida fue como una fiesta. Era la época en que nacieron los Beatles, la minifalda, el movimiento hippie… Nos compramos un precioso Sunbeam de tercera o cuarta mano, con el que los tres recorríamos por vacaciones la costa de Cornualles. Un verano incluso llegamos a Escocia, a la isla de Mull, a las Tierras Altas. De España apenas se oía hablar en Gran Bretaña durante los años sesenta, como no fuera para referirse a los turistas que buscaban el sol, la playa, el flamenco y la sangría. A mí nada de eso me importaba.
Es curioso cómo una persona puede creer que ha superado su pasado. Durante más de veinticinco años no tuve contacto con mi familia. Mis padres habían muerto durante la posguerra y mis dos hermanos nunca contestaron a las cartas que envié desde Argentina. Es fácil imaginar por qué. Y después… Después todo se acabó. En tres años toda mi vida se derrumbó rápida, inexplicablemente. A mi mujer le detectaron un cáncer entonces inoperable y se fue extinguiendo durante nueve meses, sin dolores, entre el jardín y el dormitorio de nuestra pequeña casa de Highams Park (Nunca lo había pensado: justo lo que dura una gestación es lo que tardó en morir) Ahora que sé que pronto me reuniré con ella ya no siento dolor, sino alegría; por eso no te extrañes de la manera en que te lo cuento.
-¿Y tu hija? - pregunté- ¿Qué fue de ella?
- Unos años después de morir su madre, desapareció. Se hizo muy religiosa; ingresó en uno de esos grupos… ¿cómo se llaman? Sectas, sí, “testigos de algo” y creo que ahora vive en algún lugar de América. No hay día que no piense en ella; pero ella hizo su elección y allí no entraba yo, je,je Aunque no he perdido la esperanza de volverla a ver.
Habían pasado casi dos horas. Mis amigos seguían con la hormona avizor y desde hacía rato conversaban con las chicas refugiadas, como nosotros, en la taberna de El Cuco. No se acordaban de mí y yo tampoco de ellos. Sonará raro, pero hablar con el viejo me había interesado mucho más. Me quedaba una pregunta por hacerle:
- ¿Por que has vuelto aquí después de tantos años?
Me miró con sus ojillos claros y vivarachos, llenos de humor, y dijo simplemente:
-He vuelto a morir.
Al año siguiente regresé a Candelario y pregunté por el viejo maestro, cuyo nombre, si es que alguna vez me lo dijo, no recordaba. Una mujer confirmó lo que ya me temía:
- Murió en noviembre, el pobre. Lo encontraron dormido, como un gorrión, en el soportal de la ermita. Pero no sufrió; era ya tan viejo… Y mira que le decíamos que pasara la noche a cubierto, que en cualquiera de nuestras casas sobra sitio. Pero no quería el muy cabezota. Nunca le faltó su sopa caliente; a esto no le hacía remilgos. La verdad es que se hacía querer y todavía tenía gancho con las mozas…¡y qué chistes contaba el “condenao”!
Esta es la historia del Hombre de Candelario; una pequeña, humilde y nada burocrática “memoria histórica”. Y el pago de una deuda.
LUIS DEL PALACIO
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