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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La musa de George

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
sábado, 1 de septiembre de 2007, 08:03 h (CET)
No tengo idea si las hijas de Zeus y Mnemósine tienen un equivalente masculino, pero como decir “el muso” suena horrible y ofensivo, me quedo con el título en femenino para compartir con usted el divertido episodio que tiene a los críticos de Bush Jr en la mojiganga y a los asesores bufando y echando pestes.

Resulta que el célebre redactor de discursos presidenciales Michael J. Gerson, supuesto autor de frases inmortales como: “El eje del mal”, y dictados sacramentales del tipo: “Este conflicto comenzó en tiempo y términos ajenos; terminará en la forma y hora que nosotros elijamos”, era en realidad un plagiario que expropiaba el trabajo y talento de sus subordinados.

Según su ex empleado (o maquilador, según se vea) Matthew Scully, Gerson no sólo no era “el bardo” de la Casa Blanca, sino un vanidoso compulsivo, buscador de reflectores, acaparador de créditos, y absurdo e implacable autopromotor de su imagen.

“Pocos párrafos de mérito fueron escritos por Gerson”, dice Scully en un artículo publicado en la revista The Atlantic. “Y ninguno que se recuerde de las secuelas del 11 de septiembre, ni siquiera la frase ‘Eje del mal’.”

El Washington Post, que recoge la revelación en su edición del pasado 11 de agosto, juzga que se trata de una muestra más de cómo en la zozobra de una administración torpedeada por escándalos domésticos e internacionales, cada vez más antiguos incondicionales dan la espalda a las políticas y a las personas que alguna vez apoyaron.

El Post recuerda los casos de Matthew Dowd, arquitecto de la reelección de Bush, quien abjuró de la administración; del ex embajador en Naciones Unidas John R. Bolton, hoy principal crítico de la política exterior, y de Kenneth Adelman, amigo cercano del Vicepresidente, quien califica a la actual administración como la peor de los tiempos modernos.

“Los textos que Gerson presentó constituyen un ejemplo extravagante de falsedad”, dice Scully. “Su conducta alimenta otra de las ya conocidas y deprimentes historias de la Capital: una de autopromoción y manipulación mediática tanto más desagradable por el tono edificante que se le quiso dar”. Cuando el Post pidió a Gerson comentar la acusación lanzada en su contra, éste se mostró “triste y dolido” por los terribles señalamientos y dijo “no recordar” hechos revelados por Scully sobre cómo el redactor de discursos expolió el trabajo ajeno.

El episodio es otra pincelada en el cuadro que, a la manera de El Bosco en “El jardín de las delicias”, va revelando estampas de la vida secreta de la Casa Blanca, como la que publica La Jornada del 28 de agosto bajo el título “Uno menos”: “Alberto Gonzales renunció ayer como procurador general de Estados Unidos, pero no explicó los motivos. Sin embargo, su credibilidad era nula tras ser acusado de engañar al Congreso por el despido de nueve fiscales federales. También colaboró en legalizar la tortura y aplicar el espionaje sin autorización judicial. El presidente George W. Bush lamentó la dimisión de ‘un hombre de integridad, decencia y principios’.”
Tan, tan.

El Vincenzo mexicano
A propósito de la pasada entrega de JdO, Sagrario Cruz escribe: “Corría el año de 1986 cuando en el curso de códices en la UDLA, la doctora Carmen Aguilera, gran conocedora de iconografía prehispánica, nos contó que había sido convocada a media noche por la policía judicial del DF para certificar si un códice que estaba en poder de la autoridad era auténtico. Se trataba del ‘Tonalámatl’, que contiene un calendario ritual, teogonía, legislación y mitología prehispánica. Resultó que un chavo de Quintana Roo fue a la Biblioteca Nacional de París a consultar el original y dejó en su lugar un facsímil. Aunque el cambio se descubrió mucho tiempo después, fue muy fácil ubicar quién había sido el culpable, pero se mantuvo bajo absoluta discreción este hecho. El muchacho argumentó que sustrajo el Tonalámatl por justicia puesto que pertenecía a los mexicanos y debía regresar a México. Lo curioso es que nunca lo entregó a autoridad alguna sino que lo conservó en su casa en Quintana Roo. El chico, que ahora es un cuarentón, fue nuestro héroe nacional del momento. Pasó un tiempo en la cárcel no sé si aquí o allá; el Tonalámatl regresó a París y nunca más fue accesible al público. Después de ese hecho sólo se pueden consultar facsímiles”.

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Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

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