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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Wolf Creek': Matanza a la australiana

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
jueves, 29 de noviembre de 2007, 04:57 h (CET)
Como devoto seguidor del cine denominado “de terror”, recuerdo con inquietud aquellos tiempos previos a la irrupción de Scream: Vigila Quien llama (Wes Craven, 1996) en los que el género parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, ahogado en su propia abundancia, después de haber vivido una época dorada durante la década de los ochenta. Las cosas han cambiado bastante desde entonces, pero, de acuerdo con las leyes del eterno retorno, al final hemos ido a parar al mismo punto: con un tipo de cine esquilmado hasta el tuétano y unos productores ávidos de dinero que no se cortan ni un pelo a la hora de ofrecer más de lo mismo en envases recalentados. Estrenos como Disturbia o Carretera al Infierno dan buena fe de esta decadencia, por eso, cuando al poco de aburrirme lo indecible con ambos refritos me vi sentado en la butaca frente a un film llamado Wolf Creek, cuyo argumento versaba sobre tres mochileros acosados por un psicópata en el desierto australiano, me entró una modorra de tal calibre que a punto estuve de salir de la sala para cambiar mi entrada por una para Caótica Ana y así tener algo de qué hablar con mis amigos gafapastas. Luego me lo pensé mejor, llegué a la conclusión de que el resultado más probable en ambos casos sería el sopor y decidí no moverme del asiento. ¡Quién iba a pensar que eso de que la vida te da sorpresas era algo más que un horrísono estribillo de música salsa! o dicho de otro modo: que Wolf Creek, la enésima matanza de jovenzuelos de buen ver, aún no siendo ninguna obra maestra capaz de regenerar el cine de terror por sí misma, al menos sí lo aborda con una cierta voluntad de innovación.

Para empezar, se trata de una película que, a diferencia de lo que ocurre en el noventa por ciento de los slashers, hace gala de una contención narrativa rayana en la insolencia. Allí donde otros realizadores se esfuerzan en apabullar al espectador con efectismos truculentos a lo Hostel o Saw, el director de Wolf Creek, Greg McClean, opta por un ritmo pausado, cadencioso, que respeta ceremoniosamente durante buena parte del metraje pese a que, con tal decisión, corre el riesgo de que parte del personal se le quede dormido en las butacas a la espera de higadillos. Lo interesante de su enfoque es que dicha espera no se queda en un mero impuesto narrativo a pagar por el uso de la fórmula, sino que consigue, con muy pocos elementos y casi ningún susto fácil, generar un mal rollo de lo más pegajoso a partir de la renuncia expresa al humor, el naturalismo estético de las imágenes, y unos personajes tan simplotes como reconocibles. Con sólo decirles que hasta el minuto cincuenta el horror no comienza de manera oficial, ya pueden hacerse una idea de la pachorra con la que McClean orquesta su creación. A partir de ese momento todo cambia menos la preclaridad del director, puesto que incluso en el terreno del gore más despiadado, sigue demostrando su astucia creativa y su absoluto dominio de los resortes del género al desmontar varios de los clichés inherentes al horror moderno sin salirse, paradójicamente, de las fronteras por ellos mismos delimitados. Los continuos pero fluidos cambios de punto de vista, el inteligente juego con las expectativas del público y, sobre todo, la óptica más próxima al realismo que a la épica de la crueldad desde la que es retratado el carnicero de turno (un John Jarratt en plan reverso tenebroso de Cocodrilo Dundee), explican por qué una modesta película australiana, en apariencia tan parecida a mil y una sanguinolencias de similares planteamientos, se ha convertido en un título de culto en medio mundo desde su estreno hace ya dos años. Lo dicho: una matanza en las antípodas de lo de siempre, aunque no lo parezca…

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