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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Desierto espiritual

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 30 de agosto de 2007, 22:19 h (CET)
“El Rato” de El País (01-06-05), muestra las fachadas de tres templos majestuosos. El texto sintoniza con la imagen: “Vivimos en un desierto espiritual lleno de iglesias”. Las audiencias y viajes papales reúnen grandes multitudes a las que no les hace nada hacer largas horas de espera para poder ver de cerca el pontífice romano. ¿Dónde se encuentra esta gente que no le duele aguantar el ardor solar, el frío o la lluvia? Sin miedo a equivocarme diría que en un desierto espiritual lleno de iglesias. ¿Por qué lo afirmo? Porque si se pregunta a esta gente qué es lo que cree, te responde con la fe del carbonero, es decir, que no cree en nada. Si a esta gente incrédula les preguntas por qué practican la religión aún cuando sea a intermitencias, te responden que los teólogos son gente muy preparada y que algo tiene que haber de cierto y, por si acaso, no digo que no hay nada.

La fe que tiene valor no es la intelectual que acepta lo que se le enseña porque lo dice una autoridad religiosa. La Biblia dice que no todos los clérigos por encumbrados que estén tienen razón cuando hablan. A muchos de ellos estrechamente vinculados con el poder real o político, les llama falsos profetas. Las multitudes guiadas por ciegos caen en el pozo junto con sus pastores. Fiarse sin más de los religiosos encumbrados que promueven ceremonias muy vistosas por el ropaje, ornamentos y el olor de incienso, acostumbra a resultar que quienes lo hacen se convierten “en ovejas sin pastor”.

Se debe tener mucho cuidado con la religiosidad de masas que consiste en ceremonias deslumbrantes ya que su práctica no lleva a los fieles a vivir en un jardín espiritual. Jesús, citando al profeta Isaías denuncia al Israel que era muy meticuloso en guardar los detalles más pequeños de la legislación religiosa: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo,15:8,9).

¿Cómo puede saberse si uno se encuentra en un desierto espiritual lleno de iglesias? Si la práctica religiosa del haz y no hagas no satisface, es la evidencia. Esta práctica religiosa no llena porque sólo afecta a la epidermis del ser humano. Y deja vacía a su alma. La coreografía espectacular de las ceremonias majestuosas pueden causar sentimientos de gozo durante el tiempo en que uno está inmerso en el fausto. Cuando se apagan las luces, desaparece el olor de incienso, el vestuario sacerdotal se ha guardado en el armario, ¿en que condición se queda el alma de quien se ha gozado en la vistosa celebración?

Las multitudes que seguían a Jesús, siendo curadas y alimentadas por su dadivosa mano, querían hacerlo rey. Cuando días más tarde Pilato les pregunta: “¿Qué queréis que haga con Jesús?” , su respuesta es muy instructiva: “Crucifícale, crucifícale”. Las multitudes pueden ser, y de hecho lo son, manipuladas. Por este motivo la religión de masas, envuelta de edificios emblemáticos y de magnificentes ceremonias, no sirve para transformar el desierto espiritual del fiel en un jardín.

El desierto, cuando llueve después de una larga sequía, se transforma en un abrir y cerrar de ojos en un jardín inmenso lleno de colorido por la variedad de flores que han aparecido. La belleza del espectáculo dura poco. El ardor solar reseca el suelo húmedo y el jardín vuelve a convertirse en un desierto. Algo parecido es lo que hace la religión espectacular, pero no es lo que necesita el alma sedienta. Ésta anhela agua abundante y permanentemente.

Jesús trata a las personas como individuos, no como masas anónimas. Se dirige a los hombres por su nombre. De esta manera se les puede ofrecer como el agua viva que es. ¿Recuerda el lector la conversación que el Señor sostuvo con una mujer samaritana que fue sedienta al pozo a buscar agua y se marchó gozosa a anunciar a sus conciudadanos lo que había encontrado? Sólo a título individual el Señor se puede ofrecer al sediento como el agua viva que es. “El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan,7:38). El creyente en Cristo no es una alternancia incesante desierto – jardín. Siempre es un jardín porque de su interior brotan incesantes ríos de agua viva porque su alma, por el Espíritu Santo, está conectada a Cristo, la fuente de agua viva. Quien bebe de Cristo, jamás vuelve a tener sed. Por esto abandona la religiosidad dirigida a las masas marchitas por la sed del desierto. Tiene suficiente con la sobriedad de saberse conectado a la Fuente de la Vida. ¿Qué más puede desear el alma sedienta?

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