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Etiquetas:   Carta al director  

Umbral: varios escritores en uno

Mariano Estrada
Redacción
jueves, 30 de agosto de 2007, 22:19 h (CET)
Iba a escribir algo sobre Umbral, pero pronto me di cuenta de que llevaba algunos años sin leerle, salvo algunas columnas esporádicas en el medio donde escribía; columnas que son, en realidad, las que le han dado una buena parte de su merecido prestigio, salvando algunos libros que le han aportado premios relevantes como el Cervantes o el Príncipe de Asturias. Hablo de Mortal y Rosa, por ejemplo, en el que exterioriza el dolor por el fallecimiento de un hijo de cinco años.

Yo empecé a leerle en los inicios de la Transición, creo recordar, tal vez antes. Y entonces, sí, entonces leía todos sus libros, no me atrevo a decir tanto de sus columnas, pero también fueron muchas. Sé que en sus comienzos se dejó caer por el famoso Café Gijón, suceso del que él mismo hizo luego la crónica. Sé que fue inventor de palabras, o al menos propalador de las mismas. Palabras como jais, molón, derechona, tardofranquismo, Socialfelipismo (este último, título de un ensayo)… Sé que, muy al principio de su actividad literaria, y según confesión propia, quiso ser Henry Miller, a lo español, naturalmente. Pero entendió rápidamente, por suerte para todos, que le faltaba aquel vitalismo sexual arrollador que el americano desarrollaba en sus “Trópicos” (de Cáncer y de Capricornio) y en sus “Sexus”, “Plexus” y “Nexus”. Luego quiso ser Cela, y a mí me da la impresión de que lo quiso ser toda la vida, incluso en la etapa en la que le criticó duramente, tal vez bajo sospecha de publicidad. Y consiguió serlo en parte. O, por lo menos, hasta poder asegurar que nadie se ha acercado tanto a él en España. En el fondo, nunca dejó de admirarle y no me hubiera extrañado nada oír de sus propios labios, y en uno de sus ya famosos arranques, que cambiaría todos sus libros, que son muchos, por haber escrito uno sólo: La Colmena. Por el medio, se declaró admirador de Vallé-Inclán, de Delibes, de César González Ruano, de Ramón Gómez de la Serna, de Mariano José de Larra y de un tipo de periodismo literario de autor que ha quedado sepultado en los tiempos. Tal vez él fuera, hasta ayer, el último de sus representantes, porque lo de Sánchez-Dragó es completamente otra cosa.

En cuanto a sus libros, tiene tantos que es difícil elegir cuatro o cinco títulos. Dicen que al menos veinte o treinta son buenos. Éstos son algunos de los que destacan: “La noche que llegué al Café Gijón”, por las enemistades que le creó. “Los helechos arborescentes”, porque relata un mundillo en el que parecía moverse muy bien. Y, luego, de los ensayos, yo destacaría “Ramón y las vanguardias” (Gómez de la Serna), ”Anatomía de un dandy” (Larra), o “Poeta maldito” (Lorca). Pero sólo es, ya digo, por citar algunos títulos de los muchos que tiene.

Por último, sé que fue un luchador, que tuvo unos comienzos difíciles y que a base de sufrimiento, pundonor y, sobre todo, de aquel enorme empuje que procedía de su corazón puramente literario, consiguió hacerse un hueco en la cumbre de las letras españolas, a las que ha dado un vigor por el que debemos estarle agradecidos. Yo lo estoy, al menos. Y así lo expreso, llana y públicamente. Y, además, le despido con un poema, ya que él era un poeta, aunque esencialmente urbano, de lo que se cocinaba diariamente en el mundo. Descanse en paz.

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