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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Margarita y su otra pandilla de amigos

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 30 de agosto de 2007, 22:19 h (CET)
Por la acera de los pares de la muy tudelana avenida de Santa Ana, camino del PLE o del PAM, Purgatorio de Libros Empolvados o de las Arpas Mudas, que suelen enseñar sus respectivos lomos desnudos a todos los que hasta allí se arriman y arraciman (pero apenas son un puñado los que se percatan de ello y a quienes los mentados, de verdad, importan y molan, porque la inmensa mayoría no les hace ni el más escaso caso, quiero decir que pasan olímpicamente de sus correspondientes hojas y cuerdas), baja, llevando de la mano a su única hija, Margarita, que hoy, precisamente, cumple su primera decena de vida, la “letraherida” o “verbadebelada”, esto es, rendida por las palabras, Soledad.

Aunque Margarita ha estado varias veces en la sala infantil de la biblioteca municipal, sita en un palacio remozado del siglo XVIII, el del Marqués de Huarte, desconoce que su madre, que cumplió anteayer con la promesa que le había hecho de que solicitaría permiso (que le fue concedido ipso facto) a María Ángeles, Pilar y Teresa, las tres amables y atentas y muy capaces y eficientes responsables del susodicho ámbito educativo, espacio cultural y/o recinto público de la capital de la ribera ibera de Navarra, a fin de que, excepcionalmente, permitieran que su señero retoño le pudiera acompañar hasta la sala de adultos y, una vez hubieran ingresado allí, como imborrabilísimo regalo de cumpleaños, Margarita gozara del honor, la oportunidad y el privilegio de la mayoría de edad, al poder acariciar, ojear y oler cuantos volúmenes tuviera a bien asir con los dedos de sus manos de los plurales anaqueles existentes en las diversas estanterías y, de todos los que en el PLE o PAM había, llevarse uno, el que escogiese o prefiriera, prestado (durante tres semanas), a su casa.

Margarita, según me ha adelantado Ezequiel (usted, desocupado lector, ya sabe que se trata de un emisario divino) en uno de los sueños premonitorios, proféticos, que he tenido esta noche, dudará entre dos amigos, excelentes novelas o tesoros, que fueron exprimidos y degustados a conciencia y hasta besados repetidas veces por Soledad, su progenitora, cuando, hace años, los estaba leyendo, “Fuegos con limón”, de Fernando Aramburu, y “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón. Se decantará por el último título, cuyas páginas devorará en la plusmarca (para una niña de su edad) de una otoñal semana estival (o sea, en cierta unidad de tiempo, en la que, aparentemente, al menos en el norte peninsular, servidor, sensu stricto, niega que pudiera hallarse a alguien que se aviniera a seguir teniéndola o tomándola por tal, veraniega), al leerlo, además de a las horas acordadas y en el lugar pactado, también, a hurtadillas y aun por las noches, gracias a una linterna, en la cama.

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