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Taxistas en entredicho

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 30 de agosto de 2007, 22:19 h (CET)
El ilustre gremio de los conductores de taxis es una más de esas profesiones en las que sus trabajadores están trabajando “ de cara al público” y ello conlleva, en muchas ocasiones, tener que aguantar las impertinencias de más de un cliente que olvidó la poca educación que le quedaba en el momento en que el vehículo apagó la luz verde. Pero en esta profesión, como en tantas otras, también existen un número determinado de maleducados y desaprensivos que hacen del taxi su pequeño reino olvidando que, quieran o no, están prestando un servicio público.

En los años del franquismo eran muchos los españoles que cuando utilizaban los servicios de un taxi cambiaban de conversación. La leyenda ciudadana, y ya se sabe que las leyendas ciudadanas muchas veces tienen una parte de verdad, decía que algunos taxistas eran esbirros a sueldo de la temida policía político-social del frranquismo y que hablar de ciertos temas delante de ellos podía hacer que el viajero diera con sus huesos en la comisaría más próxima. Hoy, por fortuna, los taxistas ya no van uniformados con gorra y la única tortura que nos queda a los que utilizamos sus servicios es tener que aguantar alguna que otra perorata matutina lanzada desde la emisora de los monseñores, pero la verdad es que cada día son más los taxistas que se muestran amables y educados con el cliente.

Tal vez esta amabilidad y educación sea debida a que nuestras principales ciudades han celebrado en los últimos años una serie de eventos internacionales que llevaron a las autoridades de las mismas a extremar las medidas de vigilancia y prevención en el transporte del taxi para que los usuarios que las visitaran no salieran malparados y su impresión, al dejar la ciudad, fuera grata. Se hizo en Barcelona con motivo de las Olimpiadas, se hizo en Sevilla durante la celebración de la Expo y últimamente se ha hecho en Valencia, con cursillos de idiomas para los taxistas, con motivo del paso por la ciudad del Turia de los veleros de la America’s Cup. Al fin y al cabo los taxistas y su comportamiento son un referente a la hora de hablar del paso por diversas ciudades.

Ahora les ha tocado el turno a los chinos. En su capital Pekín, tendrán lugar los próximos Juegos Olímpicos y las autoridades chinas no quieren tener sorpresas con el comportamiento de sus taxistas. Millares de ciudadanos de todo el mundo acudirán a aquel emergente país con motivo de este evento y los responsables chinos quieren eliminar cuanto antes algunos usos y costumbres de los taxistas chinos para adaptarlos a la mentalidad europea.

El periódico “Beijing News” ha dado la noticia. A los taxistas chinos se les prohibirá, bajo la correspondiente multa, bostezar o comer mientras lleven un pasajero en el vehículo. Antes, hace pocos meses, ya se les prohibió fumar y escupir a través de la ventanilla del coche. Esta costumbre de los escupitajos ya fue erradicada de España donde hace algunos años era fácil encontrar en los lugares públicos un cartel prohibiendo las expectoraciones o bien un recipiente metálico en el que hacer diana a la hora de lanzar un lapo. Pero los pobres chinos todavía están inmersos en este pequeño vicio y sus autoridades no quieren que esta costumbre arruine la visita turística de cualquier seguidor de los juegos olímpicos y para ello han repartido miles de escupideras portátiles para evitar el viaje de las expectoraciones desde el interior del coche al asfalto vía ventanilla.

Aquí nuestros taxistas, afortunadamente, no van organizando concursos para ver quien lanza el lapo más lejano pero no estaría de más que las autoridades correspondientes, generalmente los ayuntamientos o consorcios a ellos asociados, tomaran cartas en el asunto de la atención que por algunos, afortunadamente los menos, taxistas se da a los clientes. El otro día, a media tarde y en pleno cruce de Aragón con el Passeig de Gràcia en el centro de Barcelona, me encontré con un taxista que iba conduciendo su vehículo con una mano en el volante y con la otra aferrado a un micrófono desde el que iba interpretando a voz en grito canciones cual si de un vulgar karaoke se tratara, todo un peligro suelto por una de las zonas más céntricas y con densa circulación de la ciudad y nadie le denunciaba, ni sus mismos compañeros a lo que flaco favor iba haciendo con su comportamiento.

Otra de las vejaciones a las que nos vemos abocados los ciudadanos de a pie por parte de algunos conductores de taxi es la de ver cómo con la luz verde y el cartel de LIBRE pasan por nuestro lado haciendo caso omiso a nuestra señal de demanda de servicio. El motivo de que no paren, o de que aceleren al vernos, es que vamos con el carrito de la compra, ese pequeño artilugio de dos o cuatro ruedas y lona que nos ayuda a transportar el genero desde el mercado a casa y que cabe perfectamente en el portamaletas de cualquier vehículo. Me gusta ir a comprar a la Boqueria y el carro que utilizo va siempre limpio, sin olores y sin rezumar liquido de ningún tipo y así y todo tengo que soportar cada semana la negativa de muchos taxistas a prestar un servicio al que están obligados o a aguantar la mala leche, la mala educación y las impertinencias de alguno que se detiene sin ver el carro de la compra y que, seguro, se acuerda y maldice a todos mis ancestros al ver que tiene que molestarse en bajar del coche para acondicionar el carrito en el portamaletas.

Nuestras autoridades deberían tomar cartas en el asunto pero mucho me temo que tanto el señor alcalde como sus concejales tan sólo pisen los mercados públicos en época de elecciones y no hagan uso del taxi cargados con el carro de la compra. Todo mi respeto para aquellos taxistas que cumplen con su pesado trabajo pero mano dura y sanciones para aquellos que olvidan cuales son sus obligaciones y que creen que la licencia de taxista es una patente de corso para hacer lo que les de la real gana. Casi prefiero un taxista expectorante y que me lleve a mi casa que uno de esos que tan sólo te dan servicio cuando a ellos les place. Tengo la ligera impresión de que en el taxi es en el único sitio donde el cliente nunca tiene razón.

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