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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El porvenir de Andalucía

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 29 de agosto de 2007, 21:37 h (CET)
“Es la hermosa Andalucía,
esa que hoy lucha esperando
salga de la noche el día”.


Rafael Alberti

Hace más de un siglo, en abril de 1905, Azorín, el suave y lírico Azorín, bajó hasta Andalucía. Venía a mirar, entender, explicar “La Andalucía trágica”, la que agonizaba, la que se moría literalmente de tuberculosis causada por el hambre, la de los labriegos de salario mezquino y paro “estacional” -de largas estaciones que duraban la mitad del año-, la de los caciques, engendradores de insolidaridad y de odio. Los que hablan de oídas y dicen que Azorín y los demás escritores del 98 eran “escapistas”, meros “literatos” sin sentido social, pueden leer estas páginas terribles en Los Pueblos. “Y yo he visto -escribía Azorín- estos rostros flácidos, exangües, distendidos, negrosos de los labriegos. Y estas mozas escuálidas, encogidas en un rincón, como acobardadas, tal vez con una flor mustia entre el cabello crespo. Y estas viejecitas, acartonadas, avellanadas; estas viejecitas andaluzas que no comen nada jamás, jamás, jamás....”

A los conformistas no les gustó que Azorín les recordara la existencia de esa Andalucía, y sufrió no pocos reproches; a los de hoy tampoco les gusta. A otros conformistas -con otras cosas- les desagrada igualmente que se les recuerde que no toda Andalucía es trágica, y que en ella -en toda ella- hay también otras cosas.

La rica, ubérrima, espléndida Andalucía ha venido a ser, en muchas de sus comarcas, en algunos estratos de su sociedad, muy pobre. La epidemia de filoxera que destruyó los viñedos andaluces a fines del siglo XIX fue un golpe tremendo que introdujo la crisis en forma aguda, y con ella una perturbación constante; Andalucía fue desde entonces una sociedad afectada en amplias zonas de empobrecimiento -que no es idéntico con la pobreza- y el descontento. Añádase que Andalucía, país viejísimo, ha conservado estructuras arcaicas innecesarias, derivadas de su origen en la Reconquista: los señoríos de los reconquistadores han pesado gravemente sobre Andalucía -piénsese en las ciudades ducales- y a su imagen se organizó buena parte del territorio, aun sin motivos directo para ello. Finalmente, el centralismo de la segunda mitad del XIX, al atraer hacia Madrid a las aristocracias, dejó Andalucía con una singular despoblación de lo alto, literalmente venida a menos, sin fermentos ni principios estimuladores de la vida, que le habían dado su grandeza entre el siglo XV y la época romántica. Se dirá que podían sustituirse por otros, y es muy cierto; solo añadiré que había que hacerlo y no se hizo.

Desde finales del siglo XIX, con una zona de agudización inmediatamente después de la guerra civil, prolongada hasta hace muy pocos años, Andalucía ha vivido en gran parte por debajo de sí misma. De su historia, de su realidad física, de su primores todos, de sus estratos más altos. La desigualdad española ha alcanzado en Andalucía caracteres dramáticos. La desconfianza, las soluciones exasperadas, el arbitrismo, la hostilidad, todos han hecho de las suyas en esta tierra. Olvidarlo sería ingenuidad o algo peor complicidad. Pero aquí empieza precisamente el problema.

Con una mentalidad tan arcaica como las estructuras económicos-sociales, se ha tratado durante varios decenios de enfrentarse con este problema según estos principios: cultivo a ultranza de todo el suelo, eliminando pastos, dehesas y cotos, cuanto parecía “lujoso” o “feudal”; en último extremo, emigración -al Pozo del Tío Raimundo, a Barcelona o a Alemania- de una parte importante de su población. Ahora bien, ocurre que la economía actual está más inclinada a dejar de cultivar suelos medianos que a roturar y sembrar los incultivables, a devolver al pasto y a la caza las extensiones cuyo rendimiento sólo permite subsistir a un nivel que hoy se juzga infrahumano; que el gran problema de la agricultura de muchos países es la atomización, que impide industrializarla, y se procura a destiempo la concentración parcelaria; y que la emigración suele ser uno de los caminos más seguros de la infelicidad y el desarraigo.

Los problemas andaluces, como los humanos de cualquier parte, solo pueden plantearse adecuadamente en vista de lo que está ante nosotros, de lo que está viniendo. El porvenir económico de Andalucía va a estar decisivamente condicionado por dos factores que en muchas zonas andaluzas apenas han contado hace unos años: el turismo y el desarrollo tecnológico. El país como tal -su clima, su paisaje, su belleza, su encanto humano, su arte acumulado, sus formas- se vuelve inesperadamente productivo. Y por otra parte, Andalucía, porción de España, fragmento de una Europa que se dilata y va hacia la unidad, se incorpora quiera o no a la gran empresa económica de nuestro tiempo, a la elevación de la totalidad de las sociedades a otro nivel de lo humano. Democracia y técnica han sido los artífices del crecimiento y la dilatación de Europa desde 1800; pero lo que entonces se llamaba técnica era un juego de niños; por primera vez en la historia, el señorío de la naturaleza está haciendo que el hombre, a fuerza de máquinas, sea propiamente humano.

Cuando se recorre Andalucía en 2007 se ven síntomas inequívocos de transformación. Como las flores de los almendros en la primavera temprana se anuncian tímidos signos de una próxima prosperidad andaluza. Hay que llamarla y salirle al encuentro y no dejarla marchar. Hay también que darle el alto, mirarla a los ojos y no permitirle que se lleve de calle, torpe, apresuradamente, una de las formas de vida más altas que ha alcanzado el hombre y que se llama Andalucía.

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