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Soledad y el amor (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 29 de agosto de 2007, 21:37 h (CET)
(Sigue el de ayer.)

Cierta tarde de perros (de humanos inhumanos, debería haber urdido mejor, sin duda, en la que alguno andaba suelto y sin bozal, mal encarado, con las gónadas a punto de reventar y con el riesgo evidente de llegar a anegarlo todo, empuñando una navaja afilada), nada más salir de la academia, al ir a cruzar un callejón oscuro, sin salida, Soledad fue intimidada y brutalmente violada por un demonio de hombre (F. J. eran las iniciales de su nombre y primer apellido).

Agustín, refractario a las negativas de Soledad, estando ésta convaleciendo aún en el hospital, durante la enésima visita que le hacía, volvió a las andadas, a su erre que erre proverbial, asiduo. Soledad, a condición (que a muchos hombres haría desistir, recular) de que le permitiera tener la criatura inocente que había anidado en su matriz y le había hecho el desalmado que casi la mata, aceptó.

Cuando Inocencia Valentina, la única hija que concibió Soledad, estaba a punto de terminar la carrera de Filosofía, ejerció de maestra con su progenitora y le enseñó a manejar Internet, una herramienta utilísima, si la sabes usar y aprovechar. Un día, navegando por la red de redes, Soledad conoció a su alma gemela, Félix Unamuno, un cuarentón, soltero, profesor de Latín y Griego, y a quien, en su ratos libres, gustaba urdir versos, sobre todo, octosílabos, agavillándolos en décimas. Otro día, Soledad y el aprendiz de ruiseñor se citaron en un hotel para intimar. Allí la incipiente escritora en que se había convertido Soledad probó por primera vez en su vida las mieles del inconcuso Amor (lo propio, otro tanto, le ocurrió al profesor y aspirante a poeta). Sólo fueron dos horas escasas, pero, muchos años después, cuando Soledad peinaba canas y estaba a punto de coronar su segunda novela, la que le iba a procurar los muchos millones que llevaba aparejado el prestigioso galardón que iba a merecer y recibir por haber urdido la tal, escribió lo siguiente:

“Sólo sé que aquellas dos horas felicísimas, imborrables e inmarchitables que pasé, semidesnuda, en los atrayentes, benefactores y cariñosos brazos de Félix fueron los ciento veinte minutos más tensos, intensos y extensos de mi existencia; en los que me sentí, por primera y única vez en mi vida (porque los demás encuentros proyectados, por las inapelables y acaso también torticeras decisión y determinación mías, quiero decir, por mi culpa, fueron abortados), auténtica e íntegramente dichosa, que era yo misma, de una pieza, sin miedos ni prejuicios; en los que comprobé, con esa absoluta clarividencia con la que se contempla lo obvio, aquello que huelga explicar, que jamás podría amar a otro hombre como amé aquellas dos horas indelebles e inmarcesibles a mi, desde entonces, amado eviterno y muso definitivo, Félix, aunque, como penitencia por mis pecados, tuviera que dedicar el tiempo que me quedara de vida y pusiera todo mi empeño en intentar conseguirlo de nuevo”.

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