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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La estrategia progresista del centro

Roberto Esteban Duque
Redacción
martes, 28 de agosto de 2007, 22:03 h (CET)
La acuidad de los “progresistas”, según la antigua retórica soviética, ya ha comenzado, a seis meses de las elecciones generales, con la disputa del voto moderado al PP, recuperando los símbolos de España y postergando la disputa territorial. La vacía y abisal estrategia del centro, utilizada por los “populares” en multitud de ocasiones, no pasa de ser un discurso evanescente, una propuesta dirigida al hombre masa y acéfalo, incapaz de orientar su vida desde convicciones personales.

En el número 96 de la revista “Razón Española”, Gonzalo Fernández de la Mora desmitifica hasta la extinción los términos “derecha” e “izquierda”, considerándolos como una distinción más histórica que lógica y, consecuentemente, con un valor nominal y de contenido mutante. “La izquierda propugna más Estado, la derecha menos Estado”. Esta es, según el autor citado, la actual caracterización objetiva y mensurable del binomio o del dualismo terminológico de la política contemporánea. El centro en política sería así pura abstracción y, sobre todo, un engaño.
El centro tantas veces invocado por los “populares” se habría dirigido a captar la indeterminación que deviene un sector importante del pueblo español, el escepticismo, la derecha agnóstica de Ortega y Gasset, el hombre desorientado, perplejo, el parcialmente frustrado de sus decisiones pretéritas. El imaginario centro, que también invocará Savater con su híbrido, es toda una pseudopedagogía, una falacia capaz de concitar opiniones contrapuestas, confundidas por el equívoco de la vaguedad, todo un truco provocado por la psicología y de una enorme hipocresía irracional.
La estrategia del centro pretende aparecer como un modo, un estilo de virtud, el in medio virtus aristotélico, un postulado entre un exceso (el franquismo) y un defecto (el comunismo). Esta moderación exigible a todo político es una semántica vacía desde al momento mismo en que surge la praxis política, que necesariamente lleva a la asunción de una determinadas posiciones en el ámbito público.
Nadie ha definido una presunta ideología centrista, ni una filosofía, ni una economía, ni una sociología, ni una moral. El centro de las estrategias electorales, asumido ahora por el Ejecutivo, es la traducción semántica de un complejo de inferioridad o de un ardid para captar votos incautos y supuestamente desencantados. La sociedad española no debería encontrase nada cómoda en la indeterminación, en la confusión inverecunda que demanda el Gobierno, con una propuesta centrista que cautiva la emoción y termina por paralizar la reflexión.
Pero hay algo peor: el irresistible discursus moralis de unos políticos que electoralmente lo sepultan porque no es rentable, sino más bien una fuga torpe de votos hacia el limbo. La ética de las sociedades democráticas es una ética sin referentes trascendentes, una ética civil que aspira a la justicia, una ética formal y de mínimos que funciona con los principios de autonomía y libertad. La sociedad española no necesita sólo una mera ingeniería social, sino que precisa una elevación del nivel moral capaz de trascender la fragilidad y el peligro, la utilización de una estrategia de envilecimiento como lo es la estrategia progresista del centro. El carácter radicalmente laico de la política no significa la exclusión de lo que importa a muchos sectores de la sociedad porque interesa y da sentido a la vida del hombre. La religión y la moral no pertenecen al fuero interno y privado del elector, sino que forman parte integrante de su propia vida. El hombre, en feliz expresión de Zubiri, está religado, atado a Dios, y sin Él la vida no sería posible. Este anclaje de la vida del hombre en lo Trascendente debe ocupar también el tiempo electoral de nuestros políticos.

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