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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Es España el país de la Parrala?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 28 de agosto de 2007, 21:55 h (CET)
Los más jóvenes de ustedes seguramente no recordarán una canción que hace años tuvo mucha difusión, se titulaba “La Parrala” y decía aquello de: “Que sí, que si, que no, que no; que a la Parrala le gusta el vino, que sí, que sí, que no, que no; que sólo bebe para olvidar”. Aparte de que la tal Parrala demostró ser una defensora de nuestros caldos nacionales –a diferencia de la cruzada en pro de la sobriedad espartana propugnada por la defenestrada ministra de Sanidad, repescada para el ministerio de Administraciones Públicas, doña Elena Salgado – al mostrarse, fuera por gustarle o por tener la necesidad de olvidar, tan aficionada al lingotazo de tintorro; lo cierto es que existía una duda razonable respecto a la causa de sus peas. Creo que algo parecido nos podría ocurrir a los españoles si es que nos fijamos en las contradicciones que se dan en nuestra vida nacional.

Podemos ver, por ejemplo, como un señor, sacerdote por añadidura que, por raro que pueda parecer y en una de estas contradicciones a las que la vida nos tiene acostumbrados, llegó a ser propuesto para el Premio Nóbel de la Paz, cuando la mayor parte de su vida la dedicó a atizar y provocar a los catalanes para que dieran su sangre para lograr la independencia de Catalunya y, fue él mismo, quien también protestó por el entendimiento de la iglesia con el estado, sin tener empacho en declararse amigo de la ETA. Sin embargo, ahora que ha fallecido, al parecer por suicidio, todos los próceres catalanes ( para los que en vida supuso un incordio y acabaron por abandonarle hartos de sus barrabasadas) se han deshecho en alabanzas para con el difunto, llegando a ser calificado como “un profeta bíblico” por don Jordi Pujol y como un mártir de la patria por las esquerras republicanas. Lo más chocante es que, a un señor como este –a quien le deseo un feliz descanso eterno –, se le trate como si hubiera sido un gran personaje y se le rindan honores por el president en funciones de la Generalitat, señor Carot Rovira; me imagino que por su sincronización de ideas como separatistas y amigos de ETA. ¡Vaya por Dios!

Algo que tampoco los ciudadanos de a pie podemos digerir, al menos sin una buena dosis de bicarbonato, es el que en el País Vasco se celebren un día sí y otro también, actos de homenaje a los etarras fallecidos; porque, vamos a ver: ¿son o no son estos sujetos unos asesinos sanguinarios que durante años han estado masacrando a inocentes para atemorizar y chantajear al Estado español?, ¿ son o no son estos bandidos unos extorsionadores que han tenido atemorizados a todos los empresarios vascos, exigiéndoles el pago de fuertes cantidades con la amenaza de que, si no lo hacían, ellos y sus familias pagarían las consecuencas? ¿Debemos entender que estos, autodenominados guradis de la independencia de las tierras vascas, deben recibir el reconocimiento público de aquellos ciudadanos que han colaborado con ellos o, al menos, han apoyado moralmente sus acciones? Es evidente que estamos ante unos actos de apoyo a los terroristas, una manifestación de soporte y solidaridad con sus métodos asesinos y un claro acto de apología del terrorismo, pero ¿ustedes se han apercibido de que les pase nada?, ¿ alguno de ustedes ha visto que el Fiscal Gebneral del Estado, el furibundo señor Fernández Bermejo, el que fue tan compasivo con Otegui y aquel que casi le facilita los preservativos a De Juana para que se acostara con su novia en el hospital, haya dado ordenes a sus subordinados para que hagan detener a los manifestantes y los empapelen para que sean juzgados? ¿Eh que no? Pero cómo va a actuar si, el propio Presidente del gobierno estaba conchabado con los etarras, negociando con ellos.

Vean, por si fuera poco, lo que está ocurriendo con las banderas españolas. El máximo símbolo de la unidad de España; aquel estandarte que todos los militares juran defender y resguardar; aquel crespón rojo y gualda ante el cual el propio Rey saluda e inclina la cabeza, y que es el orgullo y seña de todos los españoles que nos sentimos como tales; pues este icono de la españolidad es continuamente despreciado, humillado, quemado e insultado tanto en el País Vasco como en Catalunya, sin que nadie se escandalice, sin que los autores de tales delitos de lesa majestad sean detenidos y juzgados. Hasta ha llegado el extremo de que los ciudadanos que contemplan tales tropelías las están viendo como algo normal, que no tiene importancia y que hay que tolerar.

Y es, señores, que nuestro país ha dejado de ser una nación solidaria; la ciudadanía ha dejado de creer en ideales y se limita a vegetar, nadie levanta un dedo por los demás y a nadie le importa lo que hagan los políticos con los votos que les otorgaron, mientras puedan usar sus coches, salir de vacaciones en verano y atiborrarse en los restaurantes. Es aquello que aparecía en los frontispicios de las casas romanas de la gente pudiente: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Entre tanto, caemos en el desinterés, nos aburren los políticos y creemos que nos engañan, nos estafan y nos manipulan, pero no nos importa, nos da pereza hacer algo para evitarlo y, al fin y al cabo ¡cómo todos hacen lo mismo!, dejémolos que sigan con sus fechorías. Si nos asomamos a la Historia encontraremos ejemplos numerosos de países que fueron grandes imperios y que, por culpa de la molicie de sus ciudadanos, de la corrupción de sus gobernantes y de la perversión de sus costumbres acabaron por ser conquistadas y destruidas por sus enemigos. El enemigo de España lo tenemos dentro, en los nacionalismos, en el laicismo agresivo y en el menosprecio de toda ética política o personal. Atengámonos a las consecuencias.

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