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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Europa

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 27 de agosto de 2007, 22:17 h (CET)
“Creíamos en las sirenas
que cantan entre las olas.
Sus cantos nada nos dieron
ni ayer ni ahora.”


Rafael Alberti

Creen algunos que la política económica elegida hace algunos años con el objetivo prioritario de maximizar la tasa de crecimiento del PIB y, por ende, de facilitar la extensión del mercado a todos los ámbitos de la vida cotidiana, es la única posible, que curiosamente coincide con la recomendada por el Fondo Monetario Internacional. Pero se hizo y se intenta seguir haciendo lo que se tenía que hacer, es decir, modernizar la economía española, asimilando modernizar a europeizar. Europa, es la gran palabra y la gran coartada para cualquier desmán.

Había que integrarse plenamente en Europa, ser como el resto de los países de la Unión Europea. Y, claro, como nos llevaban gran ventaja, el proceso tuvo que ser tremendamente acelerado. Afortunadamente, el actual Gobierno español se lo encontró casi acabado. Pese a ello nuestro país sigue estando prácticamente en la misma posición relativa en términos de PIB “per cápita” hoy que hace treinta años, ocupando el lugar 21 entre los 24 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), habiendo experimentado incluso un retroceso con los gobiernos del PP. Por ello tampoco al inicio del nuevo milenio se puede bajar la guardia ya que todavía queda mucho por modernizar, todo lo que tienen “ellos” vendrá en el futuro, ahora la tarea urgente es “aumentar la productividad”, crear riqueza. Y, para ello, nada mejor, que continúe actuando el mercado que es el que sabe de eso.

Pero ¿había una política económica alternativa? Sí la había y la hay. Con algo más de imaginación, incluso, la desventaja de salida inicial podía haberse transformado en ventaja, pues no existe razón ineludible para que este país tenga que “copiar” al pie de la letra lo que los hermanos mayores de la Unión Europea han hecho.

Cuando España, con el estreno de la democracia, ascendió a Primera División, los nuevos dirigentes que estaban con ganas de remediar la situación heredada, se pusieron con fervor a proponer soluciones, también, las de siempre: despedir a parte de las plantillas, eliminar el exceso de distribución a favor de los salarios, flexibilizar el mercado de trabajo y disminuir el control del Sector Público sobre la economía. Algunos opinan que esa política ha sido un éxito, la economía marcha mucho mejor, y otros, no paran de felicitar por lo bien que se están aplicando “sus” técnicas.

Si no se busca el aplauso, de los menos, del exterior, sino el bienestar de los más del interior, ¿por qué no una política de expansión de bienes públicos? ¿Por qué no una política de clara reducción de la jornada de trabajo y de su reparto, de modo que se acabara antes con el desempleo? Con ésta y otros tipos de políticas que se pueden diseñar, no habría que tener tanto pánico de hacer algo diferente en nuestro país.

Nadie duda de que no fuera necesario un cambio en la estructura económica española y nunca serán pocas las gracias que hay que dar a la modernización, pero también hay que tener en cuenta que la voracidad del mercado no conoce límites y que todo lo devora, incluso aquello que es valioso y potencia la libertad y el bienestar de la gente.

Formar parte del grupo de países desarrollados es buena cosa pues no tiene ninguna gracia el ser uno de los países subdesarrollados. Y, sin embargo, siempre hay un sin embargo, se ha constatado un forma de pobreza moderna que la padecen los ricos y los pobres en los países desarrollados, menos, como siempre, los primeros. Tal pobreza, viene asociada curiosamente a la proliferación de bienes.

La pauta siempre es la misma: el crecimiento económico fundado en la expansión del mercado sin ningún tipo de control inevitablemente genera problemas, a los que también inevitablemente, encuentra una “feliz” solución que siempre consiste en extender aún más su ámbito de actuación. Y si ésta, es una descripción acertada de cómo se produce el crecimiento económico cuando se le deja al mercado que ejerza el papel rector, ¿no suenan los resultados conseguidos a las victorias que conseguía aquel Pirro, rey de Epiro? ¿Seguirán nuestros dirigentes malgastando sus fuerzas en conseguir penosamente aquéllo que ya teníamos? Y es que, como dijo el poeta: “Y fue de mal en peor / cuando engañosamente me decías: / que todo iba mejor”.

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