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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

El/la etarra, quien aterra, una/otra (er)rata

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 26 de agosto de 2007, 07:21 h (CET)
“El buen juicio es la cosa mejor repartida del mundo, pues no hay nadie que se queje, moleste, enoje o muestre disconforme con la porción que le ha correspondido o tocado en suerte.” René Descartes

Hay quienes en cuanto estrenan cargo (el de formar parte de un supuesto comando asentado o itinerante de ETA, verbigracia), aunque no lo hayan obtenido por sus propios méritos y capacidades, sino por cualquiera de los diversos procedimientos del clásico, consabido, proverbial, típico y tópico tráfico de influencias (llámese éste amiguismo, coleguismo, enchufismo, gamberrismo, nepotismo, kaleborrokismo u otro “ismo”) se creen investidos por arte de magia (con las ínfulas insensatas, idiotas, botarates) de la ciencia infusa, la conciencia ingénita y la autoridad ínsita, soberana y sobrante para impartir la horrenda lección inaugural, magistral, de un curso de verano sobre (t)error/horror cantábrico, septentrional.

El párrafo anterior viene a cuento del último atentado (execrable, como todos los que le precedieron) con coche bomba que esta madrugada han cometido dos desalmadas (er)ratas de ETA, dos necios y mafiosos epígonos de ciertos adoradores de cuanto esté relacionado con la sierpe y el hacha, en el cuartel que la Benemérita tiene en Durango (el utilitario explotado en Amorebieta obedece a otro fin, “borrar las huellas”), donde, felizmente y a la postre, no ha habido víctimas mortales (los dos guardias civiles heridos por la brutal explosión ya han sido dados de alta), porque el coche iba cargado con material suficiente como para provocar una masacre en toda la regla.

Acaso convenga recordar, una vez más, el parágrafo final de “La peste”, de Albert Camus: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa”.

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