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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La mendicidad

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 25 de agosto de 2007, 06:17 h (CET)
“Pidiendo y pidiendo voy.
No dejen para mañana
lo que puedan darme hoy.”


Rafael Alberti

Algunos alcaldes tratan de acabar con una de las pocas profesiones liberales que todavía quedan en España: la mendicidad.

-No es posible salir a la calle -se dice- sin que, inmediatamente, le asalte a uno un enjambre de mendigos. Es vergonzoso. ¿Qué dirán los extranjeros?

Los extranjeros no dicen nada. El mendigo español les encanta, y muchos vienen exclusivamente a verlo. En otros países europeos no hay realmente mendicidad. Para mendigar es preciso tocar el violín, la ocarina o el acordeón, cantar romanzas, bailar o hacer juegos malabares. Sólo España ha independizado a la mendicidad de las otras artes y sólo el mendigo español llega al corazón del público sin el concurso de musas extrañas. En otros países, el mendigo, como tal mendigo, no podría vivir, y tiene, por ejemplo, que ayudarse con la pintura. Aquí, en cambio, no es raro que el pintor tenga que ayudarse con la mendicidad.

Por lo demás, yo no veo por qué la exhibición de mendigos ha de constituir un bochorno mayor que la exhibición de millonarios. Si la pobreza es una vergüenza, la riqueza tiene forzosamente que ser otra. Si se oculta a los pobres, que se esconda también cuidadosamente a los ricos.

Y ésta es la propuesta que deben llevar ciertos alcaldes a los plenos municipales: asilarlos a todos, ricos y pobres, lo más lejos posibles de sus ciudades, o no asilar a ninguno. Sería idiota el que ante un parado sin prestación por desempleo, un inmigrante de los mal llamados “ilegales”, un anciano olvidado y abandonado o un discapacitado físico o psíquico carente de las más básicas prestaciones pensáramos que nuestra sociedad está muy mal organizada, y que ante el propietario de diez millones de euros la creyéramos organizada perfectamente. Los extranjeros no es fácil que incurran en semejante contradicción.

Si no hubiera riqueza no habría pobreza. Y si no hubiera pobreza no habría caridad, y la caridad todavía sigue considerada como uno de los sentimientos que más enaltecen a determinadas señoronas. Hay almas tan buenas, tan buenas, hay personas tan piadosas y tan caritativas, que el día en que no quedaran en el mundo pobres, la existencia les parecería baldía y desprovista de sentido. Por esto tiene la pobreza tantos partidarios.

Yo convengo en las excelencias de la caridad, aunque me choca un poco el que se la relegue casi exclusivamente para uso de señoras desocupadas. Y si se ha encontrado ya el procedimiento de acabar con la pobreza, y si la pobreza se conserva tan sólo para desarrollar los sentimientos caritativos en el alma de las señoras de buena posición, creo que se abusa un tanto. Los que tenemos una naturaleza poética no nos acostumbraríamos fácilmente a vivir en un mundo desprovisto de caridad, pero nos acostumbraríamos. Sería doloroso, incuestionablemente, el saber que no había caridad sobre la Tierra, pero nos acostumbraríamos pensando que ya no hacía falta ninguna.

Mientras no se acabe con la pobreza, hay que dejar tranquila a la mendicidad. La mendicidad es algo así como la libertad de imprenta de los pobres. Algunos dicen que hay pobres muy ricos. Puede ser. Puede ser que haya quien se las dé de pobre como hay quien se las da de rico; pero lo indudable es una cosa: que si los pobres prefieren la calle al asilo, es porque en el asilo se encuentran peor que en la calle. Que se les proponga hospedarlos en un hotel de cinco estrellas y veremos cómo ninguno protesta.

Me temo que con la beneficencia para los pobres pase algo de lo que pasa con la educación para los chicos. Cuando enseñamos a los chicos a no alborotar, todos pretendemos hacerlo en beneficio de ellos, y en realidad lo hacemos únicamente en beneficio propio.

Por lo que respecta a los pobres, la verdad es que deben mendigar y que a nosotros no nos conviene que mendiguen. Mendigando nos sacan más dinero que asilados, y nos lo sacan sin darnos, a cambio, ningún placer más que ese placer tan vago y tan relativo de hacer buenas obras. Asilados, les daríamos menos dinero y se lo daríamos asistiendo a grandes fiestas o a grandes comidas benéficas. Y si les decimos a los pobres que los asilos son muy cómodos, no es pensando en la comodidad de ellos. Los asilos de pobres, en efecto, sólo son cómodos para los ricos. Y como dijo el poeta: “Yo pido para alegrar / al niño que sólo tiene / por todo juego el llorar. /... Pido, pido, pido y pido. / Pediré estando presente / y hasta cuando me haya ido”.

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