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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Uriarte: más de lo mismo

Josefina Albert (Tarragona)
Redacción
sábado, 25 de agosto de 2007, 06:17 h (CET)
He leído estos días en diversos medios la crítica que asociaciones como la AVT o el Foro de Ermua, que por boca de sus portavoces han hecho a las declaraciones del obispo de San Sebastián en la Misa Mayor, celebrada en la Basílica de Santa María el 15 de agosto. Entre otras lindezas, monseñor Uriarte dijo que hay que conseguir « una sociedad pacificada, solidaria y tolerante» , aunque para ello « todas las partes tengan que recortar sus legítimas aspiraciones» (ya en septiembre de 2004 el obispo pedía, en aras de la paz, recortar « una parte de las legítimas aspiraciones de sus formaciones políticas» ). Es decir, que según el obispo, las víctimas de ETA son culpables, al menos en el cincuenta por ciento, del terrorismo, del enfrentamiento entre dos partes iguales y de que la sociedad vasca sea intolerante, insolidaria y enemiga de la paz. Se necesita una buena dosis de miseria humana para sostener dicha tesis. La igualación de las víctimas con los verdugos en el pensamiento del obispo de Donostia viene de lejos. Se puede constatar que pocos meses después de su toma de posesión de la Diócesis de San Sebastián, exactamente en mayo de 2000, en el funeral de José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA, y refiriéndose al acercamiento de los presos etarras, exigía monseñor a los políticos « magnanimidad» capaz de « anteponer el bien común […] a los intereses particulares […] y la causa de la reconciliación […] a la conservación del poder». Obsérvese que habla de magnanimidad, es decir, « grandeza y elevación de ánimo» , como reza el DRAE, y luego de reconciliación o, lo que es lo mismo, « vuelta a las amistades» y/o « atraer y acordar los ánimos desunidos» , palabra que repite en septiembre de 2003, en la homilía de la misa en la festividad de la Virgen de Aránzazu, al hablar del « sufrimiento de todos los afectados». Y en agosto de ese mismo año pedía Monseñor Uriarte humanización en favor de los presos vascos -según añadía- para la « reconciliación de Euskadi», expresando el deseo de que todos los grupos políticos del País Vasco «deberían poder participar» en la elaboración de una «fórmula de convivencia». O sea, vivir con los otros, haciendo «gestos de distensión» o disminuir la tensión a favor de los presos, como apuntaba en 2005, en la misa solemne de la Patrona de Guipúzcoa.

A raíz del atentado de la T4 de Madrid, al tema recurrente de la paz, y la reconciliación como medio para obtenerla, Uriarte añade un concepto nuevo, entendimiento, palabra que el prelado repite en la Eucaristía, el pasado 20 de enero, celebrada el día de San Sebastián. Allí decía que « el clamor apasionado de nuestro pueblo por la paz y el entendimiento revelan más bien el carácter inhumano y anacrónico de la confrontación [la cursiva es mía] en la que estamos atrapados». Claro que para entenderse las dos partes iguales, y confrontar, hay que dialogar, como Juan María Uriarte, en una carta abierta publicada en la prensa vasca el 26 de enero, pedía. Según él debe cambiarse la política penitenciaria como « primera señal» para « recuperar la confianza entre los interlocutores y dar lugar así a un auténtico diálogo [cursiva mía]». A este respecto, Cristina Cuesta, portavoz del Colectivo de Víctimas del terrorismo (COVITE), hace un par de semanas, acusaba al obispo de San Sebastián, de «humillar» a las víctimas del terrorismo por sus palabras, pronunciadas en la misa celebrada en el municipio de Azpeitia a comienzos de mes. El prelado hablaba del «sufrimiento por la confrontación». La Sra. Cuesta lamentaba además el uso que del término exiliados hacía el obispo al referirse a los etarras huidos. Un obispo con semejante trayectoria sólo provoca inquietud y desasosiego en los católicos. Lo reconozco: no me gustaría encontrarme con la mirada del obispo de San Sebastián.

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Josefina Albert Galera es profesora de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona.

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