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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los inventos del TBO

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 25 de agosto de 2007, 06:03 h (CET)
Hay mucha gente que se pirra por ocupar un cargo que le libre de su trabajo habitual. Durante mis largos años dedicado a los temas laborales de las empresas he tenido ocasión de comprobar como los que se presentaban para ser elegidos para cargos sindicales, con honrosas excepciones por supuesto, eran aquellos a los que más le molestaba trabajar, los que siempre se quejaban y aquellos que, si podían, cometían más faltas de asistencia. Por supuesto que no solían ser los que llevaban la batuta en los Jurados de Empresa o en los Comités de trabajadores, pero si eran los que se aprovechaban al máximo de las horas de que disponían para sus funciones sindicales y los que no perdían ocasión para escabullirse de su tarea. Existen otros ejemplos que vienen a confirmar hasta que punto existen los profesionales del “dolce far niente” aunque, en este caso, sus objetivos puedan ser algo distintos. Me refiero, naturalmente, a esta rara especie de ciudadanos que optan por dedicarse a la política. Si quisiéramos analizarlos creo que podríamos dividirlos en dos grandes categorías: los que buscan destacar en la vida y aspiran al reconocimiento público como medio de alcanzar el poder (suelen ser los que ya tienen la vida solucionada y, en la mayoría de los casos, son conocidos por sus éxitos en la vida privada), y aquellos otros que han buscado su modus vivendi afiliándose a un partido político, reptando de departamento en departamento, buscando el apoyo de quienes los pueden colocar y convirtiéndose en lacayos rastreros de quienes los pueden encumbrar.

Estos últimos son los más peligrosos porque, cuando acceden a algún puesto representativo o se ven instalados en el cómodo sillón de algún departamento municipal o de las Administraciones Públicas; formulan mentalmente aquel juramento de la protagonista de “Lo que el viento se llevó”, Escarlata O’Hara, cuando en una escena dramática del film, dice: “Aunque tenga que robar o matar, a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”. En efecto, estos son los incondiconales del partido, los que saben que si pierden los suyos volverán a tener que trabajar de carteros, barrenderos o dependientes, percibiendo un sueldo que no llegara a una centésima parte del que se embolsan en sus enchufes y, además, teniendo que dar el callo para ganárselo. Para eso en el argot vulgar se les llama “enchufados” porque esta es la forma literal de describir como sus posaderas se encajan, como si estuvieran atornillados a ellos, a los sillones de sus despachos.

Pues estos suelen ser los que, de tanto en tanto, para que se note que existen, tienen alguna idea luminosa que, con rara contumacia, se empeñan en poner en práctica. Hemos tenido en la última legislatura ejemplos reseñables como, por ejemplo, el de las hamburguesas “empozoñadas” o el de los mini pisos “checa” o lo de la veda del vino y tantos otros que, si no fueran para reirse, hubieran merecido un escarmiento de cien azotes para cada uno de sus promotores. Sin embargo, vean por donde, el famoso “carné por puntos” con el que la Administración dio por sentado que iba a doblegar a los conductores díscolos, corregir a los beodos y aherrojar a los drogatas que se desmandasen; después de un par de años en funcionamiento resulta que, por muy increible que pueda parecer, no ha conseguido corregir a los incorregibles, asustar a los lanzados y, lo que todavía es peor, no ha logrado lo que era más importante y lo que justificaba la implantación de nuevas prohibiciones, flamantes y más importantes sanciones y la posibilidad de que un ciudadano perdiese el carné de conducción – quedándose colgado para ir al trabajo, conducir un vehículo de servicio público o manejar un trailer –; no han conseguido disminuir el número de muertos por accidentes en las carreteras. Es decir que, por lo que he leído, ya hay más de 1.600 conductores que han perdido todos sus puntos, de los cuales 500 han sido privados ya del carné de conducir, ¿qué les ha ocurrido a los 1100 restantes que se quedaron sin puntos? Seguramente continuarán conduciendo tan tranquilos como si no pasara nada. ¿Qué son peligrosos? No, no se lo crean, porque pueden haberlos perdido por una pijada, como pasarse sin querer un stop o correr a 125 kmh por una autopista o, incluso, no mantener la distancia de seguridad (infracción que todos cometemos en los inmensos atascos que padecemos en Catalunya) Ya saben, se van acumulando y, cuando te quieres dar cuenta, ¡plaff!, te quedas sin carné. Y es que resulta que, como son tan sabios y enterados estos que nos gobiernan, se olvidaron de prever las consecuencias administrativas que la implantación del sistema iba a acarrear. Se armó el gran pitote, los ordenadores no funcionaron (como pasa con los nuevos radares, que multan a ojo) y, como siempre ocurre, ¡hecha la ley hecha la trampa! Y empezaron a llover recursos administrativos hasta que todo se colapsó y por ahí andan todos, intentando aclararse entre las montañas de papeles que amenzan con asfixiarlos.

Es curioso, mientras las estadísticas les eran favorables, los la la DGT nos decían el número de muertos en el que había disminuido cada semana la siniestralidad respecto a idéntico periodo del año anterior; pero vean por donde, desde que los siniestros se han disparado, desde que la última semana aumentó en treinta fallecidos respecto al mismo periodo del año anterior, parece que se ha decretado el mudismo de quienes debieran darnos explicación de las causas de los aumentos de accidentes. Y es que, señores, cuando te quieren hacer comulgar con ruedas de molino, cuando quieren simular un objetivo humanitario y detrás de toda esta parefernalia sólo hay un afán desmedido recaudatorio y unas ganas de hacer la pascua a los conductores que, normalmente, actúan dentro de la ley; entonces resulta muy difícil, para los responsables, tener que aceptar que han fracasado y que lo único que han conseguido ha sido aumentar la burocracia, disminuir las libertades y joder la marrana al ciudadano de a pie.

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