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Etiquetas:   Carta al director  

Libertad sin ira

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
jueves, 23 de agosto de 2007, 08:24 h (CET)
Todo cuanto conforma el ámbito de subsistencia del ciudadano español es asimilable a un plato de lentejas: o lo tomas o lo dejas. Si quieres trabajar, has de aceptar las miserables condiciones económicas que te impone tu empresario. Si quieres ir de vacaciones, has de aceptar las condiciones abusivas del propietario del alojamiento elegido. Si quieres conocer alguna opinión discrepante de nuestro sistema político nacional, aprende idiomas y acude a la prensa extranjera. Si quieres denunciar la corrupción que te rodea y que padeces en primera persona, puedes probar a hacerlo en Kabale, Kisoro o Ntungamo, porque por estos pagos nadie te va a facilitar el medio de hacerlo; probablemente porque nadie está libre de pecado.

Ayer por la noche descubrí el quid de la cuestión en la letra de la famosa canción de Jarcha, “Libertad sin ira”. Oigo atónito una de sus preclaras estrofas: “Dicen los viejos que hacemos lo que nos da la gana / y así no hay gobierno que pueda gobernar nada / Pero yo sólo he visto gente muy obediente / hasta en la cama”. Efectivamente. Es imposible construir una democracia con gente muy obediente. Más bien, una democracia se construye mediante la acción protagonista de ciudadanos inconformistas, muy valientes y comprometidos con sus derechos y libertades. En este país no ha sido así. El resultado a la vista está. El que tiene un mínimo de poder practica impunemente el despotismo, el abuso o, directamente, el expolio. Estoy con Jarcha. Aquí sólo veo gente muy obediente, hasta en la cama. Y un grupo de ciudadanos de primera que hacen con el resto lo que les da la gana. Es cansino el espectáculo que a diario ofrecen los partidos mayoritarios y la prensa, escenificando enfrentamientos de salón que lo único que esconden es la defensa a ultranza de su propio bienestar, de la defensa a ultranza de sus intereses de clase. ¿Suena esto a discurso obsoleto rojo? Estoy hecho un malote casposo ¡Qué horror!

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