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Las lecciones de Beslán: Corrigiendo los errores

Maxim Krans
Redacción
jueves, 23 de agosto de 2007, 07:53 h (CET)
Lo que ocurrió en Beslán en septiembre de 2004 es, para todos nosotros, algo más que un episodio trágico de la prolongada guerra contra el terrorismo internacional. No fue un caso de hostilidades con víctimas inevitables en ambos bandos sino una masacre de civiles, en su mayoría, niños inocentes. Ningún juicio sano, libre de dogmas ideológicos, religiosos o de otra índole, puede aceptar aquí argumentos, motivos y, menos aún, justificaciones. Ya lo decía Dostoievski: no hay nada que valga la lágrima de un solo niño martirizado.

El mundo entero se aprendió hace tres años el nombre de Beslán, una pequeña ciudad rusa situada en Osetia del Norte. Un comando terrorista tomó 1.128 rehenes en un colegio donde numerosos alumnos y sus familiares se habían congregado para la fiesta del 1 de septiembre, Día del Conocimiento en Rusia y fecha tradicional del inicio de clases escolares. Dos días más tarde se produjo un desenlace sangriento: 319 rehenes – entre ellos, 187 niños – murieron y varios centenares resultaron heridos tras la detonación de explosivos colocados dentro del edificio escolar y en el tiroteo que hubo entre los terroristas y los grupos de operaciones especiales.
Una vez superado el choque inicial, vino una multitud de interrogantes. ¿Por qué los servicios secretos no habían prevenido el atentado? ¿Con qué objetivo se ocultaba desde el primer día el número auténtico de los rehenes? ¿Quién provocó el asalto? El periódico ruso Izvestia llevó a cabo su propia investigación y formuló una decena de preguntas acuciantes que eran repetidas de boca en boca en Osetia del Norte. Muchas siguen sin respuesta clara hasta la fecha. ¿Acaso es posible sacar conclusiones correctas sin conocer toda la verdad?
Cada vez que se produce un atentado, empieza un debate acalorado acerca de quién tiene la culpa, y cuáles de los organismos y funcionarios públicos actuaron de manera poco profesional y negligente. Así fue después del raid terrorista contra Budionnovsk, tras la toma de rehenes en el moscovita Teatro Dubrovka, después de Beslán y hace algunos días, cuando una bomba de fabricación casera provocó el descarrilamiento del tren Nevski Express, en la ruta entre Moscú y San Petersburgo.
Un análisis de este tipo resulta necesario pero, a la larga, surte escaso efecto. Mucho más provechoso sería no centrarse en las consecuencias sino en las fuentes – ideológicas, religiosas y materiales – que nutren al terrorismo contemporáneo, así como en un debate constructivo acerca del cómo es posible neutralizarlas.
La verdad es que se hizo un trabajo serio en esta dirección después de Beslán. A partir de tal análisis, las autoridades de Rusia sacaron algunas conclusiones y reaccionaron de una manera que era de esperar, a saber, reestructurando y reforzando aún más la vertical del poder. Los dirigentes regionales, que pasaron a depender exclusivamente de la voluntad del presidente, se vieron obligados a poner un celo mayor en la tarea de garantizar el mantenimiento del orden en sus respectivos territorios.
Paralelamente hubo cambios en los cuerpos de seguridad rusos. Las nuevas estructuras antiterroristas trabajan de forma más profesional y, sobre todo, mejor coordinada, lo cual se puso de manifiesto durante un raid guerrillero contra Nalchik, capital de la república rusa de Kabardino-Balkaria, en octubre de 2005.
También parece haber llegado la comprensión de que tras un fenómeno objetivo, el terrorismo, hay sujetos concretos: autores intelectuales y materiales que merecen castigo por sus fechorías. Así se inició la caza de quienes habían organizado lo de Beslán. Todos ellos – Masjádov, Basáiev, Jashíev, así como el mercenario árabe Abu Zeit - fueron abatidos “en su propia guarida”, según la expresión de Putin. El único miembro superviviente de aquel comando terrorista, Kuláiev, fue sentenciado a cadena perpetua, castigo probablemente más duro que la pena capital.
¿Significa lo anterior que todas las lecciones de Beslán están asimiladas? ¿Qué se van eliminando las verdaderas raíces - ante todo, las económicas - de aquel atentado y otras tragedias similares acaecidas en Rusia? El programa federal para el desarrollo de las regiones del sur de Rusia, prolongado más allá de su período inicial de 2002-2006, “surte poco efecto”, opina Alexandr Torshin, jefe de la Comisión parlamentaria formada para esclarecer las circunstancias de Beslán. El nuevo programa, válido hasta 2012, tiene un presupuesto cinco veces mayor pero aún se ignora, si será capaz de zanjar el tema.
El Distrito Federal del Sur permanece en el último lugar en cuanto a los indicadores económicos y sociales y exhibe la mayor tasa del paro, especialmente, en el Cáucaso del Norte. Alcanza el 30% en la capital de Daguestán, Majachkalá, y ronda el 70-80% en las zonas montañosas de esta república. En Chechenia es todavía peor, pues sólo un 20% de sus habitantes tienen empleo. Hasta en Osetia del Norte, que siempre ha sido una república relativamente próspera, el paro afecta al 40% de la población. Y es precisamente la gente incapaz de ganarse la vida con un trabajo honesto la que va engrosando las filas wahabitas y las de la guerrilla.
Los nuevos focos del extremismo podrían surgir, por tanto, prácticamente en cualquier punto del Cáucaso del Norte. Después de que la guerrilla separatista sufrió un golpe sensible en Chechenia, el escenario de las hostilidades se trasladó a las repúblicas vecinas. La situación sigue deteriorándose a ojos vista y, a juzgar por todo, se vuelve ya incontrolada en Daguestán e Ingushetia. El otro día, el Ministerio federal del Interior incrementó más de tres veces las tropas emplazadas en esta última república. Paralelamente, fue reforzado el régimen interno de la Policía local. Osetia del Norte también optó por endurecer las medidas de seguridad por temor de que haya atentados similares al de Beslán.

Después de aquella tragedia todo el mundo procuraba ayudar de alguna forma a los niños de Beslán, curarles, sacarles del estrés, hacerles descansar y entretenerles, como expiando la culpa de no haberles salvado de un conflicto de adultos. Fue una experiencia tremenda, tanto para ellos como para todos nosotros, y líbrenos el Señor de vivirla otra vez. A lo largo de estos tres años, el Estado y la sociedad han procurado corregir los errores. ¿Será suficiente esta labor para proteger a nuestros hijos contra una reincidencia?

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Maxim Krans, para RIA Novosti.


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