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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La yegua y el asno

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 23 de agosto de 2007, 07:53 h (CET)
A F. J., un veterinario recién licenciado, le ofrecieron un puesto de trabajo en Aguascalientes, un pueblo perdido en la región más atrasada (económicamente hablando) y más al sur e interior del país, adonde arribó tras cubrir un luengo periplo, plagado de peripecias, que coronó con una aventura propicia, pues logró vadear exitosamente, a los lomos de una mula parda, el río Calentón.

Después de tres meses sin llegar a estar nunca en un tris de atisbar rostro ni identificar rastro ninguno de mujer por parte alguna, se cerciora de que no hay féminas en el lugar. Siéndole perentorio un rato de trato carnal con hembra placentera, le pregunta a M. H., un pastor de cabras, qué es lo que debe hacer para echar un “eroskiki”.

–¡Ah, perillán, pues lo que todos! Solemos bajar los domingos por la tarde al río –le contestó el cabrero.

Y allí, a la vera de la corriente fluvial, que bautizaron de manera pintiparada Calentón (ahora entendía cuánta razón le había sobrado a quien había tenido la genial idea de ponerle dicho nombre al mentado torrente), acudió el día del Señor F. J., y se puso a la fila, que era kilométrica. Cuando corrió como la pólvora la voz de que el veterinario tenía verdadera urgencia de mujer, porque era la primera vez que bajaba al río en todo el trimestre, uno tras otro, todos, sin excepción, fueron cediéndole el turno, llegando en un pispás a encabezar la fila.

Tras entrar en la caseta a pagar el “peaje”, que, por cierto, lo encuentra tirado de precio, lo que halla es una yegua. Y piensa: ¡Pobres hombres! ¡Hasta dónde se llega por la falta de sexo! Le saca de sus cábalas la voz del cobrador, que le concede su permiso para poder montarla. Habiendo decidido no llevar a cabo aquella práctica de bestialismo, se da media vuelta y sale de la caseta, recibiendo lo que él interpreta erróneamente por un reproche generalizado al escrutar las miradas de quienes hacen cola y, generosos, han contribuido a aligerarle el turno y acortarle el desesperante tiempo de espera. Así que, haciendo de tripas corazón, resuelve subirse a la banqueta y montar a (y no en) la yegua. Transcurridos diez minutos de “metisaca”, cuando el volcán estaba a punto de eyectar su lava, entra en la caseta para ver a qué se debe la demora el siguiente de la cola, contempla el espectáculo y le espeta al veterinario:

–Dése prisa, degenerado, que el personal anda cuchicheando y con la mosca detrás de la oreja. ¿Piensa que así va a conseguir que la yegua le cruce antes el río? ¿Cree, de veras, que en la otra orilla, donde queda la casa de lenocinio, las izas, rabizas y colipoterras no van a ponerle objeciones a su perversión?

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