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Catástrofes naturales

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 21 de agosto de 2007, 04:09 h (CET)
Cualquiera que lo desee puede entrar en Google Earth.com, y ver desde el satélite lo que era la región peruana asolada por el terremoto antes del mismo. Hasta que se cambien las fotografías, todavía se puede recorrer la ciudad de Pisco en lo que fue. Se observa el trazado perpendicular de sus calles de inconfundible estilo colonial y con la Plaza de Armas en medio de la población, así como unas cuantas fotografías de edificios e iglesias que coinciden con lo observado en los telediarios, pero hecho añicos.

Por las maravillas de la moderna tecnología se puede acompañar mejor en el dolor de lo catastrófico a todas aquellas gentes. El “sentido pésame” surge espontáneamente. Por las noticias que se hacen públicas, como en el caso del famoso “tsunami” de fin de año de 2004 en Indonesia, la respuesta nacional y la solidaridad internacional han sido inmediatas. Resulta aleccionador, p.e., ver a los “bomberos sin fronteras” preparados en cuestión de horas con todo el equipo y perros adiestrados, esperando el avión que los lleve a Perú. Seguro que todo son lamentos en aquella desolada zona, pero el peso del respaldo “globalizado” tienen que estar sintiéndolo como un aire fresco que llevara la intención de despejar todo el dolor, el polvo, y los cascotes desparramados. Junto a esa ejemplar actitud, el oprobio de la naturaleza humana reflejada en los saqueadores. Las dos caras de la misma moneda; de la humana condición.

Una catástrofe natural de esta categoría tal vez es impredecible, y siempre sorprende. Y, naturalmente, no se termina en la sacudida con todas sus consecuencias, sino que nuevos temblores de menor intensidad se suceden, atemorizando, hasta que la corteza terrestre se asiente de nuevo. En esta ocasión, la cercanía de la costa hizo temer un maremoto de indeseable acompañamiento, más, las siguientes observaciones parecen ser tranquilizadoras. Ahora, ya ha comenzado la reconstrucción, aunque ésta se inicie por encontrar el acomodo definitivo para enterrar los cadáveres. Sólo los expertos en calamidades como la ocurrida han de saber qué más se puede hacer ante lo inevitable. Lo más doloroso será que no se haga, porque de seguro que han de volver a ocurrir.

Cuando un terremoto es anunciado, la respiración se contiene inevitablemente, aunque esté situado a miles de kilómetros de distancia. La Aldea mundial se percibe más “aldea” y más pueblo que nunca. Todo el mundo se siente vecino de los peruanos, y se daría por ellos lo que hiciera falta. La gente despierta sus sentimientos de comprensión y ayuda como cuando ocurre una desgracia en la casa contigua del vecino. Algo ha avanzado la humanidad comparado con cuando ni se enteraba nadie de que medio África estuviera inundado. Las fotografías de los habitantes de Pisco, viendo las listas en la pared de “desaparecidos” remueven las conciencias, y si fuera posible cualquiera saldría con linterna y equipo en su búsqueda. La solidaridad alcanza su límite de verdadera fraternidad, de hermandad de todos los hombres que ya saben que viven en la misma aldea y son hijos del mismo padre. Es una sola raza, en un mismo planeta y con similar destino.

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