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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

La lectura (complicada), en la muga entre Trabajo y Juego

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 20 de agosto de 2007, 04:10 h (CET)
(PARA NIÑOS DE ENTRE OCHO Y NOVENTA Y OCHO AÑOS)

A mis queridos sobrinos Jorge y Adrián, y a mi dilecta escoliasta Cristina, porque lo prometido es deuda.

“Sólo lo difícil es estimulante”. José Lezama Lima

Grosso modo, a los lectores cabe dividirlos en dos grandes grupos, el de los detectivescos o investigadores y el de los comodones. Mientras que los primeros, ante la aparición en el texto que están leyendo de un vocablo que desconocen, buscan resolver cuanto antes la duda, que les inquieta, acudiendo al diccionario o a la enciclopedia que les permite averiguar el significado específico, exacto, de la voz (fuera usada ésta por su autor de modo literal o literario, o sea, en su recto o traslaticio sentido), los segundos se conforman con solucionar la papeleta por aproximación, gracias al contexto y a la situación en la que aparece la dicción ignorada.

Entre los lectores del primer grupo abundan los relectores, que son aquellos que, transcurrido algún tiempo, vuelven sobre los textos que les marcaron, leyendo sus páginas con otros ojos, extrayéndoles jugos nuevos. Y, así, de esta guisa, puedo urdir que, cada vez que he leído “El Quijote” (entre seis y ocho), he leído la misma obra, sin duda, pero cada lectura que he hecho ha sido distinta de las anteriores (resultando enriquecedoras todas). Lo propio me ha acontecido con otros muchos títulos.

Tengo para mí (y, en este caso o punto concreto, no hallo por ningún lado un gramo o pizca de hesitación, pues estoy plenamente convencido de ello) que, para resolver cualquier problema complicado de lectura, conviene situarse en la frontera de dos estados, Trabajo y Juego, a medio camino de sus respectivas capitales, Negocio y Ocio.

Si a usted, desocupado lector, le pidiera, por ejemplo, que me diese su opinión a propósito de “Las aventuras de Tom Sawyer”, de Mark Twain (seudónimo de Samuel Langhorne Clemens), me diría, seguramente (y no le faltaría razón), que es un libro para leer en la niñez, en la adolescencia o, como mucho, en la juventud. Me temo que tres cuartas partes de lo mismo aduciría si le preguntase por “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry. A servidor le peta y apetece cortar por lo sano y terciar al respecto lo siguiente, que gozo como un loco bajito aireando, predicando y sentenciando que, ciertamente, los citados son libros para niños de entre ocho y noventa y ocho años.

Buscándole a mi tesis el apoyo de una autoridad sabia (y es que, como he recordado tantas veces, según Anne Dudley Bradstreet, “la autoridad sin sabiduría es como un pesado cincel sin filo; sólo sirve para abollar, no para esculpir”), acudo a las páginas irónicas e iniciales del mentado texto de Twain, donde lo encuentro: “(…) Había descubierto, sin darse cuenta, una gran ley que rige los actos humanos, a saber: que para que un hombre o un muchacho codicie algo, basta con hacer que le sea difícil alcanzarlo. Si Tom hubiera sido un sabio y un gran filósofo, como el autor de este libro, comprendería que el trabajo es sólo aquello que un individuo se ve obligado a hacer, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga”.

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