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India ha cambiado al mundo y sigue haciéndolo hoy

Dmitri Kósyrev,
Redacción
lunes, 20 de agosto de 2007, 02:30 h (CET)
La proclamación de la independencia de India, cuyo 60 aniversario se celebró el 15 de agosto, es un acontecimiento cuya trascendencia evaluamos ahora con una óptica distinta. A una distancia de más de medio siglo, nos damos cuenta de que este país hizo cambiar, primero, a Gran Bretaña y, luego, al mundo entero. Es más: sigue haciéndolo a día de hoy.

El 15 de agosto de 1947, fecha en que Lord Mountbatten arrió la bandera británica en Nueva Delhi, mucha gente se percató de que algo trascendental acababa de pasarle a la nación que, por inercia, era considerada por algunos como superpotencia única, a pesar de su actuación no siempre exitosa en la II Guerra Mundial. Y es discutible, si EEUU inició su ascenso al liderazgo global en el momento del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, o justamente cuando en la Fortaleza Roja de Nueva Delhi fue izada la bandera tricolor: blanca, verde y azafrán. Muy pocos se imaginaban que aquello sería el fin, no una simple modificación del Imperio Británico, y que al poco tiempo Gran Bretaña sería un miembro más en la familia de países europeos.

Lo que ocurrió en 1947 tampoco fue inesperado porque el eclipse del dominio británico en India se vislumbraba desde principios de la década anterior. Lo sorprendente es que aquello le ayudara a la sociedad británica a iniciar una transformación interna y superar en gran medida el síndrome de superioridad benevolente y racista ante una multitud de pueblos muchos más antiguos y civilizados.
En primer término, es un mérito de Mohandas Karamchand Gandhi, tal vez, el más grande de los personajes del siglo XX.
Todos los pensadores de la época, entre ellos, muchos funcionarios de la Administración colonial británica, admiraban a Mahatma Gandhi y agradecían la menor oportunidad de hablar con él. Era, probablemente, la figura más brillante de cuantas supieron demostrar una cosa: los pueblos conquistados no son de segunda categoría y pueden superar a los europeos en plano moral y cultural, ante todo, por su capacidad de lograr objetivos que se proponen sin usar la violencia. Las lecciones de Gandhi todavía quedan por asimilar, dado que las antiguas civilizaciones no han terminado aún de recuperar sus posiciones clave en el mundo. Los ingleses fueron los primeros en darse cuenta de que semejante evolución de los acontecimientos es inminente o, cuando menos, posible.
La independencia de India cambió, entre otras cosas, la política exterior de la URSS. Será un caso particular, probablemente, pero a lo largo de cinco décadas el orden mundial dependió en gran medida de aquella “particularidad”.
Claro que la cúpula estalinista no podía entender de forma cabal lo que estaba pasando en 1947. A India le seguirían varias decenas de naciones que en los años 50 y 60 restablecieron la independencia. Aún faltaban dos años para el triunfo de la revolución en China y no había países del bloque soviético en Europa.
Es cierto que la URSS estableció relaciones diplomáticas con India cuatro meses antes de su independencia formal pero en aquellas fechas Moscú recién empezaba a comprender que puede haber amigos en el mundo exterior, así que veía en la India independiente, ante todo, una estocada a Inglaterra y sólo después el posible avance de un nación grande hacia el socialismo. Para Gandhi, el régimen estalinista era un revolucionario más, eso sí, muy raro y ajeno.
Los cambios tardaron casi una década en llegar y están relacionados con Nikita Jruschov y Dmitri Shepílov, quien sucedió a Viacheslav Mólotov como ministro de Exteriores de la URSS. Siendo un pariente de Shepílov, el autor de estas líneas pudo conocer bastantes detalles acerca del cómo se iba modificando la mentalidad de Moscú en la época postestalinista. Los controvertidos reportes y notas de diplomáticos soviéticos eran la principal herramienta de aquellos cambios.
Durante la permanencia de Shepílov al frente de Exteriores se generó la idea de que las ex colonias eran aliadas naturales de la URSS, incluso si no pensaban construir el socialismo e incorporarse al bloque soviético. El concepto fue formulado por primera vez en relación con otros componentes antiguos del Imperio Británico, Egipto y Siria, con los cuales Shepílov fue ensayando a prueba y error el tono adecuado del diálogo con los nuevos amigos. Más tarde se sumaron a este círculo India, Indonesia y otras naciones numerosas. Según las memorias de Shepílov, India le demostró a Moscú que los países del mundo emergente pueden ser muy grandes, potencialmente muy poderosas, poco proclives a la dependencia servicial y, aún así, francamente amistosas. Lo cual, sin duda alguna, las ponía dentro de la futura zona de intereses vitales de la URSS.

En los tiempos del siguiente canciller soviético, Andrei Gromyko, se construyó un riguroso sistema ideológico de relaciones con “países en vías de desarrollo” aunque, en realidad, se sustentaba sobre los principios sentados a mediados de los 50. La política de Moscú con respecto al Tercer Mundo se mantuvo invariable durante casi cuatro décadas y contribuyó a su potencial geopolítico en grado igual que la existencia de armas estratégicas. Tampoco olvidemos los beneficios económicos de la llamada “asistencia” a los países extranjeros. Lo que se definía tradicionalmente como “ayuda” favoreció, en rigor, el desarrollo de sectores de exportación competitivos en la URSS.
Prácticamente la sexta parte de la población mundial vive ahora en India que tiene garantizada, ya en un futuro próximo, la condición de segunda economía del planeta, después de China. Hoy se decide, si el estamento político de Rusia sabrá aprovechar el éxito de sus predecesores.

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Dmitri Kósyrev, para RIA Novosti.


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