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Los trajes del dictador

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 20 de agosto de 2007, 02:30 h (CET)
Augusto Pinochet, el único Jefe de Estado que acudió al sepelio de Francisco Franco, también murió en la cama, como otros muchos dictadores, pero, al parecer, a diferencia de otros, entre ellos Franco, no dejó a su familia demasiados bienes terrenales a pesar de los millones de euros que colocó en bancos extranjeros con nombres supuestos por si algún día los chilenos se hartaban de él y le hacían conocer los sinsabores de un exilio dorado. A pesar de todas sus tretas el viejo dictador chileno fue perseguido por la justicia desde que durante su visita a Londres el juez Baltasar Garzón dictó contra él una orden de arresto que no pudo ser cumplida debido a las trabas puestas por el gobierno conservador de Inglaterra de aquellos días y, también, por la excelente interpretación teatral del general que en su papel de anciano invalido y al borde de la muerte logró engañar a todos.

Pero la justicia había logrado entreabrir una pequeña brecha en la blindada puerta de la vida de Pinochet y a partir de aquel momento fueron varios los jueces chilenos que comenzaron a escarbar en la negra vida del dictador descubriendo todas las tretas que, durante su mandato, había venido utilizando para ir, poco a poco, sacando dinero del país con el fin de que, a su muerte, su familia quedará en una excelente posición económica. Pinochet murió en la cama, sí, pero con la vergüenza, si es que le quedaba algo, de encontrarse en arresto domiciliario y procesado por evasión de capitales. Él, el salvador de la patria, había sido “empapelado” por los jueces como cualquier vulgar estafador de tres al cuarto y los millones que había evadido del país eran incautados por la justicia.

Augusto Pinochet, hijo, es un digno sucesor de su padre. Tarambana y derrochador al fallecimiento de su augusto padre creyó que, como canta Julio Iglesias, la vida seguía igual, pero, para su desgracia, no era así y los millones que su padre había ido, poco a poco, arañando al erario chileno no estaban a su disposición ya que algún juez chileno se había atrevido a incautar su importe hasta tanto se aclarasen las acusaciones de evasión de capitales e impuestos que pesaban sobre el viejo general El deshonor y el hambre comenzaban a amenazar a la familia Pinochet, una estirpe que, durante muchos años, había reinado sobre la sociedad chilena.

Pero el viejo dictador no podía dejar en la estacada a su familia y para salvarles del hambre que no del deshonor estaban algunos de los más de doscientos trajes que en vida del viejo general habían figurado en su armario. Augusto Pinochet, hijo, abrió los armarios de su padre para sacar de ellos los trajes que el dictador vistió en algunos momentos de sus vida y ponerlos a la venta. Pero eso sí, dejó bien claras dos cosas, una es que los ternos puestos en venta jamás fueron lucidos por el asesino de Allende en alguna circunstancia especial- para eso se bastaba con vestirse de militar- y la otra es que un cualquiera nunca podría quedarse con uno de los trajes de su padre. Hay que ser una persona de las llamadas “ de orden” para poder albergar en el ropero uno de los trajes que el dictador chileno se encargaba en la sastrería D’Adriany en pleno centro de Santiago de Chile.

Egocéntrico y altivo, así es como era, todavía me parece verle andando por la Castellana detrás del féretro de Francisco Franco envuelto en capa de amplios vuelos y con una gorra siempre cinco centímetros más alta que las de sus compañeros de ejercito. Aquella imagen se trocó por la de sus últimos días, la de un anciano que apenas si podía trasladarse en una silla de rueda pero en la que unos ojillos impregnados de rabia y odio recordaban al carnicero asesino que un 11 de Septiembre de 1973 ordenó el asalto al Palacio de la Moneda y la muerte de Salvador Allende y de miles de chilenos que pagaron con su vida la defensa del derecho de los más pobres a vivir con dignidad.

En Chile los descendientes de quien aterrorizó al país durante décadas venden sus viejos trajes para hacer caja, aquí, en esta España que, según dicen, transita por la democracia desde mediados de los años setenta, algunos de los descendientes del viejo dictador siguen al amparo de la sopa boba de las exclusivas periodísticas en la mal llamada prensa del corazón o pasando la bandeja para hacer caja en algún que otro programa televisivo en horario de máxima audiencia y en la televisión pública mientras alguna estatua ecuestre del mal jinete que fue su antecesor todavía preside alamedas y plazas públicas. En Alemania se sanciona la apología del nazismo pero aquí, como somos más liberales, ayudamos con nuestros impuestos a que la nieta del generalito de la voz aflautada pueda seguir viviendo tan feliz, contenta, alegre y sin pasar apuros económicos como en tiempos de su abuelito. Y es que los españoles debemos tener una memoria de pez y somos prontos a olvidar las ofensas inferidas y a correr un tupido velo sobre cosas como la fortuna amasada por los Franco durante los cuarenta años en los que el dictador gobernó este país con mano de hierro y sin temblores en su mano a la hora de firmar tantas y tantas sentencias de muerte como firmó.

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