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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Centros, hipocentros y epicentros

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 19 de agosto de 2007, 06:48 h (CET)
Tras el terremoto del pasado domingo, 13 de agosto, de 5 grados Ritcher y vistas sus primerísimas consecuencias, es decir casi ninguna, pensé en escribir sobre las anécdotas surgidas acerca de cómo nos pilla un terremoto en un día no laborable que apenas dura unos segundos y cómo reaccionamos ante un fenómeno que llega a nuestras casas al parecer casi como de broma. Durmiendo, levantándonos, desayunando, en el baño, conduciendo, poniéndonos los zapatos, bajando en el ascensor, haciendo el amor...

El escrito en cuestión estaría lleno de simpáticas historias de esas que se nutren y se alimentan las primeras horas de una libre mañana. Y así pasaron por mi mente imágenes simpáticas de como reaccionaron mis familiares próximos, y mis vecinos, por no citar cómo lo hice yo y mis compañeros de trabajo; por supuesto que aquí incluiría también las primeras y chispeantes entrevistas televisivas salidas de ese silencio absoluto que sigue a toda catástrofe en el que sólo existe el vacío, vacío que de inmediato la radio, la intrépida y ultrarrápida radio comienza a llenar de sonidos donde con sus comentarios nos reconocemos. Por desgracia, ese silencio ya lo he notado en varias ocasiones a lo largo de mi vida. Hablo de ese silencio hiriente y sepulcral que nada te dice y al mismo tiempo te lo grita todo porque todo adivina.

Pero visto que el terremoto tuvo el epicentro en una población cercana a donde vivo, en Pedro Muñoz, y que el hipocentro se hizo epicentro maligno y protagonista cuando por un claro deseo centralista y de tradición chulapa apareció en los primeros minutos en los medios digitales informáticos localizado “epicentral e hipocentralmente” en Madrid, (ya saben, Madrid, Ciudad Real y otras capitales tenemos la dicha de compartir el centro del país y también el mismo clima, los mismos seísmos, los futuros aeropuertos, etc), bueno, pues fue cuando decidí que de terremotos hablaría pero nunca de forma jocosa.

Eso unido también a que en Almagro, ciudad donde nací y curiosamente lugar donde ha habido más destrozos en uno de sus teatros, aunque quizá se haga necesario aclarar que no se trata del famoso Corral de Comedias, original del siglo XVII, los destrozos de este terremoto hacen referencia a otro de sus teatros, al Municipal restaurado por Fisac, del siglo XIX. No parece sino que los terremotos le den tan mala suerte a Almagro como el color amarillo de Molière al mundo del teatro, porque la historia y la naturaleza unidas nos recuerdan que el terremoto de Lisboa también dañó otro edificio de la misma calle San Agustín de Almagro, esto es la misma Iglesia de su nombre, a unos cincuenta metros del teatro dañado.

Pero centrándonos en este temblor de agosto de 2007, el que se ha notado en casi toda España y del que si consultan la web geográfica nacional de terremotos comprobarán que se han registrado más de un centenar de pequeñas réplicas, he sufrido tanto viendo como la techumbre del Teatro Municipal de mi pueblo se ha derrumbado como alegría me ha dado comprobar que no ha habido por él daños personales.

Mi alegría contenida se ha ido al traste cuando tras escuchar que la península se relaciona de manera sísmica con África llega otro gran terremoto a Perú, no sabemos si relacionado también con el nuestro, pues pienso que en el planeta Tierra todo debe estar relacionado y las primeras sonrisas esbozadas por nuestro temblor pequeño se hacen réplicas y muecas de dolor por los centenares de víctimas del terremoto peruano. Malditos epicentros.

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