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Teodicea

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 19 de agosto de 2007, 06:48 h (CET)
G. W. F. von Leibniz promulgó aquello de que si bien Dios no había creado un mundo perfecto, éste había creado ‘el mejor de los mundos posibles’.

Esta afirmación fue contemporánea al terremoto que asoló Lisboa en el primero de noviembre de 1755, por el cual más de 60.000 personas perdieron la vida. Fue éste un acontecimiento que caló hondo en las conciencias de los pensadores de la época, desde Kant hasta Voltaire, quien no dudó en sugerir a Leibniz que explicase su teoría a los familiares de las víctimas del terremoto.

De todo ello, y por la necesidad de defender la idea de la convivencia de Dios y del mal en el mismo universo, Leibniz ideó una nueva disciplina que plasmó en una obra que llevaría su nombre: Teodicea.

‘Teodicea’, del griego théos (Dios) y dikhé (justicia), quiere decir eso: la justicia de Dios. Para comprender el alcance del Mal, es evidente que el punto de vista del humano es, por definición, limitado. Solamente la perspectiva de un Dios providente sabría reducir el Mal a su mínima expresión, muchas veces superable por medio de una tecnología de inspiración humana.

Aun así, el Mal (por reducido que éste sea) es necesario para mantener el equilibrio en un universo interconectado; creer que lo que acontece en la Tierra es lo único (ni siquiera lo más) importante es una verdadera falta de conocimiento de las fuerzas universales.

Leibniz, filósofo y matemático, no pudo sino idear a Dios como un eminente científico, el cual no pudo dejar de considerar en ningún momento el equilibrio a la hora de idear su creación.

Aunque sea en una obra teórica podemos decir que, en cierto sentido, Dios había sido justificado ante la ofensiva de los intelectuales del momento.

Pero, como hace notar Aranguren en su ‘Ética’, lo importante de ésta época es que el hombre había dejado de necesitar justificarse ante Dios y era éste ahora quien necesitaba justificarse. Era la humanidad quien ‘pedía cuentas a Dios’.

Los ateísmos de los siglos XIX y XX (por ejemplo, en Nietzsche o Sartre) descienden del ‘deísmo’ ilustrado, que nace directamente de esta primera llamada al estrado.

Habrá quien pretenda volver a probar la inexistencia o la falta de bondad o de omnipotencia de Dios, a partir de la observación empírica de los desastres naturales como los sismos sobre Perú de esta semana.

A estas alturas ya deberíamos haber aceptado que Él existe a pesar de ello o no existe de ninguna de las maneras.

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