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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Ditirambo del excurso literario

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 17 de agosto de 2007, 06:18 h (CET)
“Parafraseando a Albert Einstein (“Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez; la elegancia déjasela al sastre”), si tu propósito es descubrir la verdad, hazlo con elegancia; la sencillez déjasela al desastre”. Emilio González, “Metomentodo”

Sí; y es que mis opiniones al respecto coinciden prácticamente (en las tres cuartas partes de sendos todos –y, llegados a este punto, que, en puridad, no es tal, sino, más bien, el espacio comprendido entre dos comas, me atrevería a agregar tres palabras: “y aun más”-) con los criterios que defiende y sostiene el joven Holden Caulfield, protagonista de “El guardián entre el centeno”, la estupenda novela de Jerome David Salinger (una de las más apropiadas o pintiparadas para leer en dos tardes de cualquier estío), que “lo que más me gusta de un libro es que me haga reír un poco de vez en cuando” y que “cuando lo paso mejor es precisamente cuando alguien empieza a divagar”, poco más o menos, aquello que recomienda Avito Carrascal a su retoño, Apolodoro, personajes ambos de “Amor y pedagogía”, de Miguel de Unamuno y Jugo, “extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas”.

Del baúl repleto de boas y búhos (hábiles, ellas, en engullir elefantes; en alumbrar principitos, ellos, expertos) que nos legó el malogrado matrimonio formado por la triple buena suerte (cada vez que Fortuna tomaba la decisión benemérita y plausible y sabia de custodiar a alguien –que, nueve meses antes, había encendido, de mala gana, sus pabellones auriculares externos y apagado, ya más sosegado, risueño y permisible y menos repugnante y molesto, de un solo soplo, las dieciséis velitas azulgranas- que estaba enfermo, en cama –y, en el caso que nos ocupa y concierne, además, en coma-, durante nueve noches seguidas y enteras –si sumáramos las declaraciones juradas que varios testigos presenciales nos remitieron amablemente en su día, podríamos llegar a la conclusión verosímil y al convencimiento pleno, firme y cierto de que la diosa permaneció todo el tiempo alerta y atenta y solícita a la vera del paciente comatoso y de que, desde el ocaso primero hasta la aurora nona, no se apartó un segundo de la cabecera del encamado-, lo hacía para que, cuando se recuperara y volviera a valerse por sí mismo –el sujeto de marras, cumplida la novena, apenas tardó un instante en salir de su sopor hondo-, no persiguiera –el resto de su vida- otro fin que derrochar inteligencia, dilapidar sensibilidad y prodigar imaginación) y el trabajo bien hecho (de las candidatas seleccionadas, cuyos perfiles, afines, eran los idóneos para desempeñar las diversas atribuciones del puesto con competencia –parece mentira que aún existiera en aquella coyuntura quien intentara colar de rondón y a sabiendas en su currículum camelo tras camelo, sin sentir una pizca de vergüenza o sonrojarse al menos un poco-, la única que no logró superar la entrevista personal, prueba del algodón o de algún don, fue la prisa), “Otramotro” y “Queteapuestas” suelen holgarse con quienes sostienen (la columna del humor y el obelisco de la risa) que, de las palabras que aparecen entre paréntesis, primas hermanas o carnales de las que lo hacen separadas por guiones, desgajadas del discurso principal, a menudo resultan panorámicas insólitas, inopinadas (por sus exuberantes extravagancias, sobre todo), y parajes inéditos (por sus hallazgos éticos y/o estéticos, reverberantes), con tantas ganas de debutar en los ámbitos de las artes como deseos implacables de mantenerse en los mismos de las propias, al encajar perfectamente con los encuadres, enfoques y planos consumados por ciertas cámaras de vídeo y fotos, ora cansando (dejando el cuatro y recuperando el uno o eyectando el comercio y el “bebercio” ingeridos en casa) en medio de una visita programada, inolvidable; ora descendiendo en almadía/armadía los rabiones de un río, guinda roja, postrera, de una excursión exclusivísima, arriscada, imperdonable (dejarla pasar de largo y no aprovecharla).

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