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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Sr. Peces Barba ¿molesto o ha perdido la memoria?

Nieves Jiménez (Madrid)
Redacción
jueves, 16 de agosto de 2007, 06:03 h (CET)
No deja de ser curioso que desde las páginas de opinión de El País, Peces Barba señale que frente "a la beligerancia de los cardenales y de los obispos, que siempre buscan nuevos conflictos para la confrontación", el gobierno ha tenido "una política de moderación". Y en un alarde de retorcimiento de la realidad, el ex alto comisionado de Zapatero compara a la Iglesia con el islamismo radical: "Parece, aunque no lo confiesen, que su modelo es Irán donde el islamismo, la religión manda sobre las autoridades y sobre el propio presidente de la República y donde la pena de muerte no solo está vigente sino que se aplica con abundancia", para terminar se despacha bien el Sr. Peces Barba, aparte de acusar a la Iglesia de agitadora "que impide la paz social", amenaza a los padres que por ley tienen derecho de objeción de conciencia con que "sus hijos no podrán acabar el nivel de enseñanza correspondiente sin Educación para la Ciudadanía ni obtener el grado".

Parece que al Sr. Peces Barba le molesta la Iglesia que propone; estaría más a gusto con una Iglesia que impone, a la que podría declarar ilegal. A la actual Iglesia, a lo sumo, la puede condenar al ostracismo de la opinión pública o de la denigración cívica. Pero no puede dar un paso más en esa formulación dogmática que, a estas alturas, ha dejado de ser creíble.

Y, olvida, si es que lo sabe este señor, que fue el cristianismo quien distinguió por primera vez lo que las diversas culturas del mundo antiguo habían siempre reunido y confundido, el ámbito de la fe religiosa y la esfera de la política y sus leyes. Esta polaridad, esta tensión creativa entre dos ámbitos autónomos que sin embargo se reclaman mutuamente, ha marcado la genialidad de Occidente a lo largo de los siglos. De hecho los cristianos eran tan conscientes del valor y la legitimidad de la autoridad del Estado, que las primeras comunidades no dejaron jamás de orar por el Emperador en la celebración litúrgica, incluso cuando sabían que éste era un soberano que les arrastraba injustamente hacia la muerte. Desde el primer momento, la Iglesia reconoció al Estado como un orden necesario para cuidar la convivencia y favorecer el bien común, pero jamás albergó la ilusión, y menos aún la pretensión, de que fueran los instrumentos del poder político los que aseguraran la transmisión, asimilación y vivencia de la fe.

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