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El placer de comer

Óscar A. Matías
Óscar A. Matías
miércoles, 15 de agosto de 2007, 09:23 h (CET)
Hoy en día el exceso de peso se ha convertido en uno de los grandes problemas de los países desarrollados. Según los datos facilitados por la OMS, en todo el planeta hay 1.600 millones de personas que sufren sobrepeso, y la totalidad de los obesos asciende a 400 millones. Por otra parte Markos Kyprianou, comisario europeo de Salud Pública, hace unos meses aportaba el dato que alrededor de 14 millones de niños sufren obesidad.

Recientemente acaba de publicarse el resultado de un estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge. El 10 de agosto se publicaba en la revista Science. Se ha descubierto que una hormona llamada leptina es la que se encarga de informar a nuestro cerebro cuándo estamos saciados y regula la atracción que sentimos hacia los alimentos que se presentan más apetitosos ante nuestros sentidos.

El doctor Sadaf Farooqui, que es quien firma el artículo, afirma: “Esta comprensión será un gran paso en la prevención y el tratamiento de la obesidad. Descubrir que el placer por la comida está biológicamente controlado, debe ayudar a entender mejor a las personas con problemas de peso”.

Y a todo esto… ¿qué opinamos los españoles? Según las encuestas nos situamos entre los europeos más satisfechos con su dieta, pues nueve de cada diez españoles encuestados consideran que su alimentación es bastante buena. Teniendo en cuenta esta consideración, podríamos preguntarnos si los españoles somos unos ingenuos, o bien será que la obesidad es un problema que no nos afecta.

En todo caso, sin despreciar los avances científicos que sin duda alguna gozan de toda rigurosidad, cabe mencionar dos factores que a veces se tienen olvidados cuando se habla de estos temas: la voluntad y los buenos hábitos alimentarios. El problema de la obesidad no es algo nuevo, pero es ahora cuando empieza a ser un tema que preocupa más, por el incremento de aquellos que la sufren. Y sin embargo, la leptina es una hormona que siempre ha existido en el ser humano (a pesar de ser un descubrimiento reciente).

Por mi tarea docente he tenido oportunidad de convivir en diversas ocasiones con alumnos, en albergues o casas de colonias. Basta con observarles para darse uno cuenta de la falta de voluntad y los malos hábitos que existen en muchos de ellos: cuando los platos aún no están servidos en la mesa muchos de ellos ya se han untado varias rebanadas de pan con aceite y sal, el ketchup suele ser la guarnición más requerida para acompañar a todo tipo de comidas, la verdura ni tocarla, ante el pescado suelen acompañar expresiones faciales que transmiten asquerosidad, si hay pollo con patatas éstas desaparecen del plato mientras la carne queda interminablemente en espera, los bollos de chocolate de la merienda desaparecen sin darse uno cuenta mientras que cuando toca bocata de jamón siempre se puede repetir, en el desayuno el embutido apenas se toca y sin embargo las galletas van que vuelan. Y por supuesto, a cualquier hora, siempre hay alguno comiendo chuches aprovisionadas oportunamente.

Luego vienen los 14 millones de niños que sufren obesidad, que a pesar de la satisfacción de los españoles algún millón nos debe caer, y nos preguntamos ¿quién tendrá la culpa?

¿Es el ketchup? ¿Son las patatas? ¿La tendrá el bollycao? ¿La culpa recae sobre la escuela que no enseña oportunamente a comer?

Es verdad que la escuela debe enseñar a comer. Pero el propio hogar es el lugar más idóneo para educar este buen hábito. Los padres deberíamos responsabilizarnos, de modo directo, de educar a nuestros hijos en que aprendan a refrenar ciertos caprichos, a equilibrar las raciones, a no desechar los platos…

Claro que siempre es más cómodo dar unos euros para comprar un dulce que preparar el bocadillo de la merienda, pero en la comodidad no reside la virtud. Y comer bien, para la mayoría de nuestros jóvenes, ya casi se ha convertido en una virtud. Pues bienaventurados sean los virtuosos, ya que seguro que su cuerpo se lo agradecerá.

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