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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Una ministra que no dimite y tampoco la dimiten

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 14 de agosto de 2007, 02:49 h (CET)
Desde luego no creo que hubiera otro país, no sólo de Europa, sino de cualquier democracia medianamente desarrollada y con una población capaz de exigir a sus gobernantes un mínimo de responsabilidad en sus tareas públicas; en el que nuestra ministra de Fomento hubiera podido aguantar, ni un solo instante más, en su cargo; después del aluvión de catástrofes y errores que han ido jalonando su paso por el ministerio. Es difícil encontrar a un ministro que, desde que se instauró la democracia en España, haya sido capaz de equivocarse tantas veces y en tan diversas cuestiones como lo ha hecho la señora Magdalena Álvarez. Parece ser que los ministros socialistas han sido los únicos capaces de convertir el verbo dimitir en un verbo defectivo carente de primera persona y ¡así nos va a los españoles!, que cuando no estamos atrapados en un atasco en la A-7 estamos retenidos en un túnel de RENFE o en un colapso en el aeropuerto del Prat.

No me canso de repetir que, el ramillete de ministras que el señor Rodriguez Zapatero reclutó para satisfacer al sector feminista de su partido, (de aquellas fans tan “glamurosas” que le esperaron a las puertas del Parlamento para dedicarle aquella hermosa oda, llena de inspiración, que decía: “ista, ista, ista, Zapatero feminista”), han sido el elenco más impresentable que se pueda haber elegido para ocupar los cargos más importantes de un gobierno y, a la vez, el más irresponsable que, en muchos años, se haya podido contemplar en ninguno de los ejecutivos que le precedieron. Si la señora Cabrera ( el garbanzo negro de la familia Calvo Sotelo), además de consentir que su marido el señor Carlos Arenillas haga de su capa un sayo en la Oficina Económica del Gobierno y en la CNMV –lo cual, de por sí ,ya demuestra el “talante” ampliamente permisivo que se gastan quienes debieran dar ejemplo de rectitud, honestidad política y austeridad en su propio comportamiento y en el de las personas que los rodean –, no tuvo ningún reparo a que, en Catalunya, se cuestionara la tercera hora del castellano; su colega, la ministra de Fomento, aparte de ser una muela cariada en la dentadura del señor Chavez, que no respiró tranquilo hasta que se la pudo sacar de encima; ha sido, con mucho, la más gafe e inepta de todo el gabinete ministerial de ZP.

Su currículum es lo bastante impresionante para que se le arrugue el ombligo al ciudadano más inmutable, valiente y aguerrido. Si, en un acto que hubiera eclipsado a la cacicada más sonada de cualquier mandamás de pueblo de finales del siglo XIX y principios del XX, paralizó todos proyectos de ampliación de los accesos por carretera a Madrid, simplemente porque la capital del reino estaba dentro de la órbita de competencias de Esperanza Aguirre; sin embargo y a pesar de las lamentaciones de los catalanes ha sido capaz de inventir, en obras adjudicadas para Catalunya en los últimos cuatro años, el triple de lo que se ha adjudicado a Madrid. Según he leido, en El Mundo, durante los últimos tres años del mandato de la ministra, sólo se han construido 326 nuevos kilómetros de vías para el AVE de los aproximadamente 1100 que tenía proyectado contruir en el mismo periodo el anterior gobierno. Todo ello sin que haya llegado a Barcelona y, por añadidura, causando problemas colaterales a los usuarios de cercanías. Su gestión de los aeropuertos ha constituido la pesadilla de los viajeros que utilizan el avión, contándose las crisis de Air Madrid y el caos del Prat.

Lo curioso es el desparpajo que demuestra ante las situaciones más comprometedoras. Si se ha tenido que enfrentar a los contínuos problemas de los ferrocarriles de cercanías catalanes, cuando la ciudadanía estaba al borde de su paciencia, ella aparece diez minutos en el Prat para culpar a terceros y pedir, por si todavía no fuese bastante la derrochada por los usuarios, ¡más paciencia! Y, como no podía fallar, largándole la culpa de todo al PP porque, según ella, no había invertido más cuando gobernó ¡Apaga y vámonos!. Tanta desfachatez nada más se puede dar en una persona que está dispuesta a agarrarse a su poltrona sin que de allí la puedan sacar ni atada a una locomotora. Por si fuera poco parece que nadie la puede aguantar, ni tan siquiera entre sus propios subordinados. O sea, una joya, incapaz, insoportable y obstinada ¡como, para mayor INRI, entregarle un ministerio de la importancia del de Fomento!.

Ahora, eso sí, cuando hay alguna inauguración, ahí la tienen ustedes en primera fila, toda emperifollada y sacando pecho (es una metáfora, naturalmente); como ocurrió el año pasado, cuando fue a inaugurar la T4, unas obras a las que el PSOE se había opuesto. No olvidemos el papel que ella y la Chacón hicieron en el hundimiento del Don Pedro, en Ibiza, cuando mientras una decía blanco la otra decía todo lo contrario. En fin, que podríamos escribir un volumen enciclopédico de sus meteduras de pata y todavía nos quedaríamos cortos. No obstante, debe estar muy afianzada en su puesto, debe gozar de fuertes apoyos o es que el señor ZP, que tuvo la ocasión en la ultima remodelación del Ejecutivo de sacársela de encima, no se atrevió a hacerlo precisamente porque era la ministra más cuestionada por el PP. Es muy probable que no quisiera darles el gustazo de regalarles su defenestración. Quizá ahora se arrepienta, porque si hay una cosa que es cierta es que, en Catalunya, y especialmnete en Barcelona, la ciudadanía está que arde. Y es que cuando uno sufre, como recientemente ha ocurrido con el apagón, las consecuencias de una mala gestión de la Administración, se le empiezan a tambalear las creencias políticas y a fortalecerse los agravios personales contra quienes son los causantes de que, un día sí y otro también, los ferrocarriles no funcionen, de que el aeropuerto sea un verdadaero campo de Agramante y de que no puedas salir a las carreteras sin pasarte tres horas entre atascos.

Puede que el talón de Aquiles de este Gobierno no esté sólo en su mala gestión antiterrorista; o en el fallo de la Ley de Educación o, incluso, en su impopular Educación para la Ciudadanía; puede, simplemente, que se deba al simple cabreo de unos ciudadanos hartos de llegar tarde al trabajo o que no han podido ser operados cuando tenían previsto por falta de electricidad o hayan perdido un enlace aéreo a causa de las maletas perdidas. A veces, como diría un filósofo, las causas pequeñas producen grandes efectos y, quien nos dice, que eso no sea lo que le pueda ocurrir al, aparentemente, infusible Rodriguez Zapatero.

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