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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Sombras chinescas

Rafa Esteve Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 12 de agosto de 2007, 22:26 h (CET)
Desde siempre la China ha sido para nosotros los occidentales un país además de enorme un territorio plagado de misterios que acrecentábamos con la lectura de las obras de Marco Polo y otros viajeros que habían pasado por aquellas lejanas tierras. Los niños de mi generación recorríamos un día al año las calles de las ciudades con una cabeza de un niño chino en forma de hucha pidiendo a los viandantes un óbolo para la salvación del alma de aquellos infieles de tez amarillenta y cuando crecimos, algunos, se empaparon las teorías de Mao creyendo que algún día podrían llevarlas a la práctica en nuestro país. Pero, pese a todo, la China seguía estando lejana.

Hoy, a pesar de la globalización, muchas de las cosas que suceden en aquel país nos siguen pareciendo lejanas y ajenas. En nuestras calles proliferan los restaurantes chinos, tal vez los zapatos con los que andamos han estado fabricados por personas con los ojos rasgados y nuestra camisa y los juguetes con los que juegan nuestros niños llevan el lema de “made in China”. Pero la China nos sigue pareciendo lejana y diferente a pesar de que el viejo comunismo del “timonel” Mao Tse Tung se ha suavizado para dar entrada al capitalismo extranjero y de que las grandes empresas del “pret a porter” mundial comienzan a vestir a los jóvenes chinos. Hay algunos usos y costumbres de aquel país que son difíciles de entender para nuestra mentalidad occidental.

Es sabido que las familias chinas ven con malos ojos el nacimiento de una niña y que tener más de un hijo está mal visto incluso por las autoridades. Desde el poder se han propiciado diversas campañas para evitar la expansión demográfica del que es, en estos momentos, el pueblo más numeroso de la tierra. El Partido, ese ente que todo ve y todo controla, determinó que las parejas chinas no debían tener más de un hijo y en lugar de propiciar campañas de prevención de embarazos y dar a conocer los diversos métodos contraconceptivos se dedicó a lanzar consignas para concienciar a la población.

Pero los burócratas del Partido fallaron a la hora de buscar al “cerebro” que debía dirigir la campaña y así aparecieron eslóganes que decían “Cría menos niños pero más cerdos” o “Un niño significa una tumba más”. A estas alturas en más de una familia china a la hora de sentarse a la mesa y comerse una buena tajada de cerdo agridulce pensaran que el Partido hace las cosas bien y que gracias a sus sabios consejos pueden llenar la andorga cada día, si en lugar de criar un cerdo hubieran tenido un hijo ahora estarían más caninos que el viejo Carpanta de los tebeos de mi infancia y sólo tendrían en la mesa un cuenco de triste y solitario arroz blanco. Pero en la casa de al lado un padre estará diciéndole con orgullo a su hijo que gracias a no sintonizar con la ideología del Partido él ha podido nacer aunque en la casa pasen hambre y no conozcan ni por asomo la carne de cerdo.

La verdad es que ante unas frases tan desdichadas como las de estos y otros eslóganes la nomenclatura correspondiente del Partido se ha puesto manos a la obra para cambiarlas y han encontrado hasta 190 razones, ni una más ni una menos, para intentar convencer a las parejas chinas de que deben tener un único hijo. Pero tampoco en esta ocasión se han lucido con el eslogan elegido: “La madre naturaleza está cansada de mantener a más niños”. Si la madre naturaleza pudiera hablar la bronca que les iba a meter a los responsables chinos la íbamos a escuchar hasta aquí a pesar de la distancia. Y es que estas cosas de las consignas y los partidos únicos nunca suelen funcionar bien. Aquí ya lo sufrimos durante muchos años con aquel señor bajito, de voz atiplada y disfrazado de “generalísimo” cuyo régimen era también muy dado a dar consignas, tanto que cada día daban una a los medios de comunicación para que la hicieran llegar a todos los rincones de España. Pero Franco, al contrario que los chinos, se dedicaba a dar premios de natalidad mientras la Iglesia predicaba que había que hacer “uso del matrimonio”, ahora le llaman hacer el amor o follar, tan sólo para tener hijos. Al fin y al cabo unos y otros se han dedicado a entretener al pueblo con sombras chinescas.

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