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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

El final siempre está cerca

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 12 de agosto de 2007, 08:39 h (CET)
Pregunté a alguien hace unos días si sería capaz de dejar de lado sus vacaciones de verano. Tras meses de trabajo diario programado, la idea de renunciar a un mes de inactividad laboral le parecía algo fuera de sitio.

No sólo eso, también me indicó en uno de esos calendarios de cartera los días que tardaría en llegar la siguiente festividad después del mes de agosto. Y los puentes, y cualquier otra interrupción que suspendiese los cinco días laborables por dos de descanso. “Las vacaciones son sagradas”, dijo.

Cuando pensamos en lo sagrado, no dudamos en enumerar situaciones o imágenes referentes a alguna institución religiosa o a algún aspecto relacionado con la fe.

Aun así, todos hemos incluido alguna vez en ese conjunto algo que se escapa de lo estrictamente religioso. Las vacaciones, por ejemplo. O alguna persona, algún objeto o una situación determinada.

En realidad, ambos campos no están tan alejados. Si tenemos en cuenta la función de lo sagrado en contraposición con lo que podríamos llamar ‘profano’, las diferencias entre el ámbito religioso y el que no lo es se difuminan hasta cierto punto.

Los sucesos sagrados toman su magnitud extraordinaria cuando se comparan con los ordinarios. Dentro del tiempo en que se extienden, los sucesos extraordinarios son contados y establecidos mientras que lo ordinario es el tiempo que transcurre entre dos tiempos extraordinarios.

Aunque nuestra vida cotidiana se define precisamente por nuestra actividad ordinaria, los momentos que exceden la normalidad son los que definen las actividades normales. Es decir, sin el tiempo extraordinario (los que consideramos o podemos llegar a considerar sagrados) el tiempo ordinario (o profano) se instituiría como un continuo sin ninguna variación en su transcurso, lo que nos lo presenta totalmente impensable.

Por eso podemos decir que es la existencia del tiempo sagrado lo que da forma al tiempo profano. Aunque en nuestra escala de valoración sea aquél más importante que éste, en realidad son los dos igualmente necesarios para temporizar nuestra acción en el espacio.

Porque cuando el devenir prepara la vida para un tiempo sagrado, también el espacio se transforma en algo fuera de lo común. Aderezar un espacio con objetos reservados para un tiempo concreto es suficiente para constituir un paréntesis dentro del espacio diario.

En esa porción de dimensión espacial y en ese período estricto de tiempo, realizamos acciones que nos unen al resto de personas que otorgan un significado extraordinario a la confluencia de tales circunstancias. Caminar por las calles disfrazados, llevarse a la boca un grano de uva por cada campanada o cinco horas de playa al día durante un mes, suponen una suspensión momentánea de la vida ordinaria y contextualizan nuestra actividad dividiéndola en etapas de restricción y momentos de ‘libertad restringida’.

Lo importante es no encariñarse demasiado con este estado extraordinario y recordar que cada día de fiesta tiene su noche y cada verano tiene su ‘vuelta al cole’.

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