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Israelíes y palestinos: Regreso al futuro

Marianna Bélenkaya
Redacción
sábado, 11 de agosto de 2007, 05:27 h (CET)
Ehud Olmert es el primer dirigente israelí que visitó una ciudad palestina después de iniciada, en septiembre de 2000, la Intifada de Al-Aqsa.

El pasado lunes, 6 de agosto, Olmert se reunió en Jericó con Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Resulta emblemático que el escenario de la cumbre haya sido una de las primeras ciudades traspasadas por Israel a la jurisdicción palestina en 1994, en la fase inicial del proceso del arreglo, pero la simbología del encuentro no se limita a ello. Vienen a la mente muchas asociaciones, no sólo relacionadas con la época del idilio en las relaciones palestino-israelíes sino también con las cosas que le siguieron en el año 2000.

Con todo, la realidad es que Israel se muestra dispuesto ahora a debatir con la ANP la perspectiva de un arreglo definitivo y la futura creación de un Estado palestino. Por vez primera en estos últimos siete años de encuentros esporádicos, centrados básicamente en torno a los temas de seguridad, estabilización, cooperación económica y humanitaria, más que en la reapertura de las negociaciones de paz.

La cumbre de Jericó y las reuniones que sigan a ella han de construir la plataforma para el Foro de Oriente Próximo, a celebrarse en otoño próximo por iniciativa de George W. Bush. El presidente de EEUU anunció la intención de poner fin al prolongado conflicto palestino-israelí antes de abandonar la Casa Blanca, es decir, en el transcurso de los próximos 17 meses.
¿Con qué irán las partes a esta conferencia? Según la prensa, Israel espera acordar con los palestinos cierto repertorio de principios básicos, sin adentrarse en problemas concretos. Por ahora, no está claro qué clase de principios van a ser, además del acuerdo recíproco en lo concerniente a la próxima creación de un Estado palestino.
Ambas partes firmaron ya, en 1993, una Declaración de Principios que definía los poderes de una autoridad palestina de carácter provisional, los territorios bajo su jurisdicción, así como los aspectos relativos a su cooperación con Israel y al traslado de tropas israelíes. En el documento figuraba también el compromiso de proceder a las negociaciones sobre el status definitivo de los territorios palestinos y abordar la solución de los problemas más álgidos, entre ellos, la delimitación de las fronteras, el futuro de Jerusalén, así como de refugiados palestinos y de colonos judíos.
Aquella Declaración contemplaba un marco temporal de 5 años que, en realidad, se prolongó por trece. La última vez que se planteó la cuestión del arreglo definitivo fue en la cumbre de Camp David, celebrada en 2002 con la mediación del presidente estadounidense Bill Clinton y la asistencia del líder palestino Yaser Arafat y el primer ministro israelí Ehud Barak. Las negociaciones fracasaron y fue un resultado previsible porque las fórmulas de compromiso no contaban con el respaldo de la población en Israel ni en los territorios palestinos. Aquel fracaso se convirtió en uno de los catalizadores de la segunda Intifada que dio al traste con el proceso del arreglo.
Hoy en día, los israelíes y los palestinos retoman las ideas de la Declaración de Principios y vuelven a postergar la solución de los temas más espinosos, esta vez, para la conferencia de otoño próximo. La historia anterior de las negociaciones bilaterales demuestra que tal planteamiento no es viable y puede conducir nuevamente a un callejón sin salida, tal y como sucedió con Arafat, Barak y Clinton en el año 2000. Claro que Oriente Próximo presenta a día de hoy un panorama distinto. La actitud del mundo árabe hacia Israel ha cambiado. También ha cambiado – y, básicamente, para peor – la situación en los territorios palestinos. Lo que se ha mantenido invariable en estos últimos siete años son las reivindicaciones de la parte palestina de cara a la creación de un Estado independiente. Quieren que Jerusalén del Este sea proclamada capital del nuevo Estado; exigen que Israel reconozca el derecho de los refugiados palestinos a la repatriación, y que devuelva la totalidad o, al menor, la mayor parte de los territorios ocupados en 1967. La reciente iniciativa de paz, formulada por países árabes y usada por los palestinos como base de la negociación, se sustenta precisamente en estos principios.
El consejero de Abbas y principal negociador por parte de la ANP, Saib Arikat, afirmó después de la cumbre de Jericó que los palestinos no necesitan iniciativas nuevas al margen de la que había sido presentada por las naciones árabes. Lo único que pretenden es definir, durante la próxima conferencia internacional, un calendario estimado para la creación del Estado independiente en los territorios palestinos. De esta declaración se desprende que los principios fundamentales de tal Estado no son tema negociable para los palestinos.

Lo anterior no elimina la posibilidad de que se encuentre alguna fórmula de compromiso pero será tan sensible para ambas partes que es necesario mentalizar a la gente, no ponerla ante los hechos consumados. De lo contrario, todos los acuerdos se quedarán sobre papel y jamás podrán ponerse en práctica. El apoyo por parte de la población con que cuentan ahora Abbas y Olmert no es suficiente para hacer enseguida concesiones serias, indispensables para el arreglo definitivo del conflicto.

Lo que está pasando recuerda cada vez más la situación del año 2000, cuando Clinton instigaba a Israel y a los palestinos a pactar un acuerdo previamente al término de su mandato presidencial. Es plausible que ambas partes hayan decidido retroceder siete años, a un punto en que aún se respiraba vida en el llamado proceso de paz, pero tengamos siempre en cuenta que el fracaso de las negociaciones en aquella fecha derivó en una nueva Intifada. ¿Puede repetirse la misma historia?

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Marianna Bélenkaya, para RIA Novosti.


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