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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Extraño regalo de cumpleaños

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 11 de agosto de 2007, 05:26 h (CET)
A Cromas, por haber llegado sano y salvo a sus primeras dieciséis primaveras.


“–Creo que un día de éstos –dijo- averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería un lujo que no podrás permitirte”. Jerome David Salinger

El día que cumplí dieciséis años no adquirí formal y legalmente la mayoría de edad, pues, según nuestra Carta Magna, ésta se alcanza a los dieciocho. Sin embargo, tengo conciencia y aun constancia de que ese día dejé de ser el crío que hasta entonces, sin ningún lugar a dudas, era.

El día que cumplí dieciséis años me abochorné sobremanera, porque no pude responder satisfactoriamente a la palabra que había comprometido y dado, o sea, porque, no obstante la disposición de mi ánimo, no estaba en condiciones de mantener en pie la invitación que otrora había hecho a dos de mis mejores amigos, Angelín (casi anagrama de Alguien) y Daniel (casi anagrama de Nadie), a cenar en nuestra casa el día de mi onomástica, como les había prometido dos meses antes y era mi propósito (pues así lo había proyectado), por la sencilla y simple razón de que estaba castigado con sobrado motivo (y es que lo que no había previsto era el mayúsculo error/horror que iba a cometer en medio de las dos susodichas fechas).

El día que cumplí dieciséis años tuve que avergonzarme ante más de un allegado alejado, quiero decir, sonrojarme por teléfono con más de un deudo o ser querido mío que, conocedor de mi travesura o jugarreta, había accedido a felicitarme vía invento de Bell y, por lo tanto, con quien estaba en deuda.

El día que cumplí dieciséis años comprendí lo obvio, que la trastada, fechoría o, como denominamos a la tal en la capital y alrededores de la ribera ibera de Navarra, “chandrío” que había hecho (con evidentes deshechos, toda una espetera o rosario de desperfectos) en compañía de otros mocetes, mozalbetes, muchachos o “muetes” podría volver a repetirse, pero yo no me encontraría entre los incautos actores de ese esperpento.

El día que cumplí dieciséis años fue anteayer. Así que acepto que usted, desocupado lector, me felicite hoy con retraso, pues, como recomienda el refranero español, más vale tarde que nunca.

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