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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El engaño como dueño de todos

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
sábado, 11 de agosto de 2007, 05:25 h (CET)
La manada de timadores hace estragos en una sociedad que juega al engaño como divertimento. Es el resultado de haber ascendido la picardía a la normalidad y los pícaros al altar de héroes. Tal y como está el patio de sucio, engañar al que engaña puede llegar a ser hasta educativo. A base de dar escarmientos, quizás resplandezca mejor la verdad. Puede que para ahuyentar el chantaje sutil, tan de moda en estos tiempos de desfalco descarado, haya que alzar la voz con más autenticidad y plantar cara a los carotas. Hay lecciones que se toman con la práctica. Teniendo en cuenta que la mentira más común hoy en día es engañarse a sí mismo, la idiotez se sirve en bandeja. Hay quien dijo que el arte de agradar es el arte de engañar, quizás no le faltase razón, porque el ambiente cada día se parece más a una pasarela de disfraces, donde la seducción casi siempre va aparejada a una compraventa de futuro feliz. Para eso, con vivir el presente tenemos ya bastante. Reconozco que el cebo no puede ser más tentador, sobre todo para los jóvenes que piensan que el dinero lo es todo, algo que lo han experimentado en propias carnes sus abuelos.

Tomar como presa a unos ancianos siempre es fácil. Es lo que deben pensar los estafadores. Han sufrido escasez de todo, han pasado hambre y calamidades en ración masiva, han conocido el miedo en las puertas del alma; de ahí que, cualquier notificación de titularidad poderosa, siempre la van a tomar en serio. Pero esto no significa que traguen. La vida vivida injerta un sexto sentido. Cerca de cien denuncias de ancianos, en diferentes ciudades españolas, reflejaban cómo un individuo que se hacía pasar por empleado de una importante compañía de seguros o de una conocida empresa de servicios (luz, teléfono, etc.) les había estafado una cantidad que rondaba los cuatrocientos euros. Se olvidó el timador, o la red de timadores, que el anciano por muy tonto que sea, es un hombre que ya está de vuelta, mientras observa las idas y venidas de los demás. Por eso, estos estafadores han caído en su propia ratonera, y aunque la operación policial se inició hace un año, la pesadilla parece haber terminado metiendo entre rejas a estos farsantes del engaño, para más bochorno también productores de billetes falsos, siempre dispuestos a dar el sablazo a un abuelo que se pusiera a tiro.

Lo de los abuelos es una anécdota, si tuviésemos en cuenta los abusos que se producen a diario y no los hubiésemos llevado al terreno de lo normal, que es tanto como decir, de aguantarse con la cruz. El fraude se ha extendido tanto que ya se confunde la simulación con la realidad. Lo cierto es que nadie está a salvo de ser víctima de una emboscada. Unas veces se impone la burla por violencia, sin el más mínimo signo de remordimiento, otras veces por despecho y traición. En la base de todas estas formas de no-verdad, donde la estafa campea a sus anchas, hay una concepción errónea de no llamar a las cosas por su nombre y de no hacer justicia a su debido tiempo. Hay errores que al final la sociedad paga caro. Uno de ellos, sin duda, es hacer la vista gorda frente al diluvio de pillajes y de manipulaciones tan evidentes que, el mismo estraperlo, se ha convertido en moneda de cambio. Convendría, pues, para cambiar de aires, que padres y educadores no renunciasen a su deber de proponer a los niños y a los jóvenes la tarea de elegir un proyecto de vida orientado a no dar gato por liebre, a que la verdad gobierne en todos los muros de la patria mía, aunque cueste sudor y lágrimas. En todo caso, negarse a que el engaño se haga dueño de todos, me parece que es lo humano.

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