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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Enola Gay y Little Boy

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
viernes, 10 de agosto de 2007, 02:55 h (CET)
No es un título de película de caricaturas de la Warner Brothers el encabezado de la entrega de JdO con que reanudo la serie luego de unas vacaciones que me dejaron en calidad de pinole, sino los membretes de dos artefactos que han quedado inscritos en la historia universal de la infamia: el avión “Superfortaleza B29” que el 6 de agosto de 1945 sobrevoló la ciudad japonesa de Hiroshima, y el artefacto que soltó para freír a cientos de miles de seres humanos y comprobar empíricamente la capacidad destructiva de una nueva tecnología militar: la bomba atómica.

Tres días después, el 9 de agosto, otro aparato, bautizado Bockscar, dejó caer sobre Nagasaki una segunda bomba, Fat Man. Con ello quedaron muy satisfechos los profesores y políticos que diseñaron, construyeron y dieron la orden de utilizar ese terrible artefacto contra un país que ya se había rendido. Fue la locura de la sangre. Las patadas al cadáver del enemigo. La aniquilación de quienes nos enfrentaron y la construcción de un mensaje patibulario: esto es lo que les espera a nuestros enemigos.

Han transcurrido 62 años de aquel día. Enola Gay se exhibe reconstruido en un museo de la capital norteamericana –sin que en ninguna parte se pueda leer un “¡Nunca jamás!” Little Boy (“Muchachito”) y Fat Man (“Gordinflón”), las armas asesinas bautizadas con siniestro gracejo por algún anónimo “defensor de la democracia”, hoy son obsoletas chinampinas comparadas con las capacidades destructivas del moderno arsenal nuclear con el que algún día la clase política mundial y sus corifeos harán pedazos este montón de tierra que gira en torno a una estrella a la que llamamos Sol. Ya lo dijo el autor: la mayor hazaña del Diablo fue hacernos creer que no existe.

Seis décadas después recordamos a las víctimas inocentes de aquellas jornadas. Los diarios de la época publicaron espeluznantes reportajes. The Lima News en su edición del 8 de agosto citó una transmisión de Radio Tokio en la que se describía el impacto de la bomba, “tan terrible que prácticamente todos los seres vivientes murieron rostizados por la ola de calor y la presión del estallido. Los cadáveres carbonizados quedaron irreconocibles”. Niños pequeños, adolescentes, mujeres y hombres civiles, casi todos victimas de la penuria de un país derrotado y hambriento, y, supongo, algunos militares y políticos y “estadistas”, fueron las víctimas.

¿Quién es o quiénes fueron los responsables del ataque genocida? En su momento todas las partes tuvieron sus explicaciones y aún hoy los historiadores debaten el tema. La necesidad de dar un golpe final al enemigo; una estrategia para frenar el creciente poderío militar chino y un aviso a los soviéticos; adquirir una postura de mayor fuerza en el mundo de la postguerra... todas necesidades políticas, pues. La muerte de inocentes no fue más que un daño colateral subordinado a un bien superior. La apertura de esa Caja de Pandora un riesgo calculado.

Muchos de los padres de la tecnología que hizo posible la fisión nuclear, encabezados por Einstein, se opusieron a su utilización como arma de guerra. Fueron acusados de comunistas y anti norteamericanos. Los políticos apretaron el gatillo. El presidente Harry S. Truman (quien en su juventud fue miembro del Ku Klux Klan) autorizó el lanzamiento de la bomba. Ignoro los nombres de los demás generales, almirantes y altos funcionarios que tuvieron corresponsabilidad, pero sí conozco los de la tripulación del primer bombardero: Coronel Paul Tibbets, piloto; capitán Robert Lewis, copiloto; mayor Thomas Ferebee, artillero; capitán Theodore Van Kirk, navegante; teniente Jacob Beser, contramedidas electrónicas; capitán William Parsons, encargado de lanzar la bomba; segundo teniente Morris R. Jeppson, ayudante del encargado de lanzar la bomba; sargento Joe Stiborik, radar; sargento George Caron, ametralladora de cola; sargento Robert Shumard, ayudante del ingeniero de vuelo; soldado Richard Nelson, radio; sargento Wayne Duzenberry, ingeniero de vuelo y el doctor Luis Walter Álvarez como observador científico.

¿Habrán logrado conciliar el sueño el resto de sus vidas?

Por cierto, Enola Gay se llamaba la madre del piloto Tibbets. La historia no nos dice cuál fue la reacción de la señora cuando supo que su nombre había bautizado a un arma criminal.

A mí, me hubieran desheredado... después de una azotaína, claro.

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