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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Factor olímpico de atenuación de la crisis en el Cáucaso del Sur

Alexandr Karaváev
Redacción
viernes, 10 de agosto de 2007, 02:55 h (CET)
La actitud de los políticos ante las crisis separatistas que azotan al Cáucaso del Sur no hace sino contribuir a su perduración. Al propio tiempo, la situación dista mucho de estar congelada, los conflictos bullen, originando intrigas diplomáticas y guerras.

Dos problemas clave siguen sin tener solución. Primero, les faltan recursos financieros y políticos a las fuerzas que podrían imponer por su voluntad una solución a las partes en conflicto.

Al actuar como la principal patrocinadora de la estabilidad en el Cáucaso del Sur, Rusia difícilmente se arriesgará a legitimar por su propia voluntad a los “secesionistas”. ¿Qué le aportaría a Rusia tal proceder? Una crisis internacional y un profundo rompimiento de relaciones con Georgia por toda una época histórica. Tal legitimación significaría tanto el gozo para las élites y la población de dichos territorios, los festejos por el nacimiento del Estado en un enclave no reconocido por la comunidad mundial, como un golpe asestado a la filosofía y los principios del tradicional Estado unitario y la humillación y pérdidas para Georgia, país limítrofe con Rusia y miembro de la CEI.

Otro problema clave estriba en que es imposible lograr concordia entre las comunidades en conflicto. Los funcionarios y aquella parte de la élite política que están dispuestos a dar pasos hacia el acercamiento mutuo no son capaces de eliminar la división socio-psicológica que surgió como resultado de grandes sufrimientos que tuvo que aguantar la población. Ya se hacían intentos de lograr acercamiento en los conflictos regionales. Por ejemplo, en marzo de 2003, en la residencia veraniega de Bocharov Ruchey del presidente Putin, se celebró la reunión tripartita Putin – Shevardnadze – representante de Abjasia. Entre otros temas se debatió la posibilidad de abrir comunicación por ferrocarril entre Sochi y Tbilisi, lo cual de por sí constituiría un progreso. En abril de 2001, Gueidar Alíev, presidente de Azerbaiyán, y su homólogo armenio Robert Kocharián, reunidos en Florida, lograron acercar sustancialmente sus posiciones respecto al conflicto de Alto Karabaj. Se realizaron tres encuentros entre Lúdvig Chibírov (primer presidente de Osetia del Sur) y Eduard Shevardnadze. Durante el encuentro celebrado en Borzhomi (Georgia), Shevardnadze le propuso a Chibírov ocupar el puesto de vicepresidente de Georgia, en caso de la reunificación entre Tsjinval y Tbilisi.

Mas todos esos intentos fracasaron. En las capitales de los “Estados reconocidos” a menudo lo atribuían a la injerencia de las fuerzas exteriores, insinuando que al Kremlin no le conviene cambiar la actual arquitectura de la seguridad en el Cáucaso.

En principio, tal factor existe, pero la causa auténtica radica en otro: en la indisposición de los presidentes de los Estados legítimos y los líderes de los enclaves separatistas a oponerse firme, por una parte, al deseo de los grupos gobernantes en los territorios secesionistas a conservar su plena independencia y, por la otra, a la resistencia por parte de las élites de los Estados reconocidos del Cáucaso del Sur a reconocer lo imprescindible de dividir los “territorios maternos” en entidades autónomas.

Es preciso que se hagan concesiones por las dos partes. Los separatistas deben aceptar la soberanía limitada en el marco de un Estado único, y los grupos gobernantes de los países legítimos, aceptar la necesidad de realizar sustanciales reformas dirigidas a modificar la forma unitaria del gobierno. Además, dichos grupos deberán dar garantías de la seguridad y garantizar los intereses empresariales de los líderes de los ex territorios separatistas ya en el marco de un sistema económico legal. Se trata de una componenda difícil de conseguir.

Entre las élites políticas de Georgia y Azerbaiyán hay optimistas dispuestos a debatir diversas variantes de una amplia autonomía (como la de Tatarstán dentro de la Federación de Rusia). A veces da la impresión de que la administración del presidente georgiano Mijaíl Saakashvili ha ido más lejos en el debate de este tema que los dirigentes de Bakú. Pero de momento sólo se hacen propuestas previas y se esgrimen argumentos de carácter más bien publicitario. Tampoco las autoridades separatistas se muestran muy proclives a sostener debates.

En la guerra por la soberanía entre Georgia y Abjasia surge una nueva trama: los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014, que se celebrarán en Sochi. En Moscú esperan que el conflicto en torno a Abjasia se arregle antes. Por ejemplo, Vladímir Kozhin, gerente del Gabinete presidencial, hizo la siguiente manifestación muy optimista: “Si no existiese la seguridad de poder zanjar el conflicto georgiano-abjasio, Rusia difícilmente habría obtenido el derecho a ser sede de los Juegos Olímpicos”.

Por supuesto, los $12.000 millones que se prevé invertir en la infraestructura de una zona que se ubica a una hora de viaje del territorio conflictivo la obligan a Rusia a contribuir a la estabilización de la situación en la región. Pero de momento Abjasia y Georgia enfocan cada una a su modo las ventajas que prometen los Juegos Olímpicos. Las élites de Sujumi no están en contra de que se hagan inversiones en la zonas de recreación limítrofes con el Territorio de Krasnodar. Al participar aunque sea de tal modo en los Juegos, el enclave obtiene la posibilidad de realizar maniobra política a un alto nivel internacional. La región va a atraer la atención universal, y las apuestas subirán mucho.

Mas enfoquemos la situación desde Tbilisi. No se debe olvidar que desde el punto de vista jurídico, Abjasia es parte inalienable del territorio de Georgia. Ello significa que todo proyecto económico, incluidos los eventuales subcontratos para acondicionar zonas de recreación con vistas a los Juegos Olímpicos, debe realizarse según la legislación de Georgia. De hecho todo proyecto ruso que se prevé realizar en Abjasia debe analizarse a la luz de las relaciones ruso-georgianas: al considerar los intereses de los jugadores abjasios, no se puede menospreciar que se trata de una zona de responsabilidad financiera y fiscal de Tbilisi, aunque sea por el mero respeto diplomático a Georgia.

Tendría que ser así, pero la realidad es otra. En Tbilisi o no están preparados a aplaudir el proyecto olímpico ruso o prevalece el convencimiento de que sería demasiado optimista esperar que Georgia pueda participar en su realización, dados los atascamientos políticos que existen entre ambos países. Pero al aplicar una política no tan impertinente y brusca con respecto a Moscú, como ello se hace actualmente, en Georgia podrán encontrar variantes de participación en el proyecto en cuestión. Y en el proceso de su realización descubrir, quizás, intereses comunes.

El presidente Saakashvili afirma que él no va a provocar conflicto. Pero el Tbilisi político se ha visto al margen de Sochi 2014, por lo menos en la etapa actual, y la situación seguirá desarrollándose según el viejo guión negativo de notas diplomáticas y provocaciones mutuas. Los Juegos Olímpicos de Sochi serán una actividad festiva sólo para los deportistas y los hinchas georgianos, y al propio tiempo, una oportunidad desaprovechada para el arreglo georgiano-abjasio, al parecer.

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Alexandr Karaváev, Centro Analítico de la Universidad Mijaíl Lomonósov, para RIA Novosti

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