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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Otro orto tinerfeño, un toro roto

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 10 de agosto de 2007, 02:55 h (CET)
“Un filósofo es como un montañero que escala un pico con dificultad para disfrutar de la salida del sol y, cuando está a punto de hollar la cumbre, no halla más que niebla”. William Somerset Maugham

Como en mis últimas y más recientes vacaciones en Las Caletillas (Tenerife) mis biorritmos circadianos no se mostraron propicios para la atenta contemplación y posterior y pormenorizada descripción de un/otro orto tinerfeño (aunque, conforme van transcurriendo los días, o sea, cayendo las hojas del calendario zaragozano, a cada rato va tomando más cuerpo y fuerza la intuición o sospecha –con visos de certeza- de que el único y exclusivo culpable de la falta del mismo o tal en mi libro de notas la tuve yo, porque la verdad, cuando no se encuentra, se inventa), única tarea literaria que su seguro servidor de usted, desocupado lector, se había (auto)impuesto para las pretéritas y mentadas vacaciones estivales, que, como ocurriera durante los seis precedentes y postreros veranos, este año también disfruté en la mayor de las islas canarias, he decidido mudar el orto por otros anagramas suyos, verbigracia, un toro roto.

Ergo, ya que, como acabo de urdir, la visión del orto se me resistió (y acaso, también, como vengo de enhebrar, las pejigueras externas se confabularon o confederaron con otras de ámbito interno), voy a hacer todo lo posible para que la necesidad perentoria que hoy siento y tengo de “radiofotobiografiarme” (por si alguien logra extraerle algún día jugo o rendimiento –que no miento- alguno que le sirva), sencillamente, surja, brote, amanezca.

Hace la tira de años, internado en el colegio que los Padres Camilos regentaban en Navarrete (La Rioja), estando cursando desde Sexto hasta Octavo de Educación General Básica (E. G. B.), durante mi adolescencia, abrigué mi cándida desnudez existencial con una futura e impoluta túnica negra y avivé mi incipiente impulso solidario con una gran cruz roja en el pecho. “Con éstas –pensé-, lograré tapar mis vergüenzas y merecer, amén de las ovaciones y la beatitud en la tierra, las oraciones y la santidad en el Cielo. Éstas y no otras –fantaseé- me ayudarán a vencer los temblores y a convencer a los hombres, crónicos enfermos terminales, del desinteresado Amor auténtico que gasta, sin gastarse, en gestas y gestos, el Eterno Ser Supremo”.

Pero llegó el día en el que vi y escuché clara y atentamente la revelación de la verdad, los excesos de presunción e ineficacia que rezumaban aquella milagrera sotana talar y aquel detergente signo filantrópico. Desde entonces, si se descartan las lógicas excepciones, que, engalanadas, como los obispos, con la solemne mitra y provistas, como las avispas, del correspondiente aguijón, vienen a confirmar la regla, no retiro ningún día la colcha de mi lecho sin haber agitado mi conciencia o haber descorchado los cuellos por los que, con estrépito, cuales burbujeantes bebidas achampanadas, suelen evadirse los espumarajos y por donde, espasmódicamente, cuales peritos patinadores sobre hielo, acostumbran a deslizarse las metaficciones. Éstas y aquéllos me las/os reporta interpretar a la perfección, en ese descomunal escenario que es el cosmos, los dos grotescos personajes asignados: el del intelectual, que propone a los demás actores del esperpento, vagamundos, insulsas disputas verbales sobre peregrinos asuntos insolubles, y el del loco, que recoge las máscaras (¿más caras?; pues no) baratas que se han ido quitando durante la función los espectadores del patio de butacas, moribundos de risa, para entregárselas luego, azarosamente dispuestas, al Autor, Director y Escenógrafo de la Obra, el Indulgente Confesor Trisanto.

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