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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Catalunya expansionista?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 10 de agosto de 2007, 02:55 h (CET)
No deja de sorprenderme las críticas que recibimos los que nos consideramos ciudadanos españoles y que, a la vez, como hijos agradecidos, sentimos apego por nuestro terruño. Parece que, para algunos, no es lo normal. En Catalunya es evidente que son muchos los que creen que, el no ser un nacionalista catalán y no renegar de ser español, es algo así como declararse partidario de Hitler o estar cometiendo un crimen de lesa majestad. Critican nuestro amor a la patria como si fuera una aberración imperdonable y una traición para el pueblo catalán. Sin embargo, vean por donde, ellos mismos dan la muestra más palpable de lo que es un ultranacionalismo excluyente; un patriotismo basado fundamentalmente en un rechazo hacia todo lo que se pueda considerar foráneo, especialmente si viene de España. Un catalán no se puede considerar un nacionalista de pro si no certifica un rechazo frontal a todo lo que viene de Madrid (aunque, vean la contradicción, se pirran por viajar a la capital del Reino), no estar en contra del idioma castellano y no aspirar a la independencia de España. Se han llegado a convencer de que el resto de los españoles viven a costa de su esfuerzo, de su industria y de su habilidad para los negocios. Sin embargo, estas etiquetas parece que ya no son tan evidentes en este siglo XXI, porque lo que antaño fueron indiscutibles signos identificativos del carácter y la idiosincrasia catalanes de los principios de los siglos XIX y XX, han dejado de ser válidos en nuestros tiempos. Por ejemplo, el típico y tópico propietario de empresa que se ufanaba de haberse hecho a sí mismo, de haber triunfado por su esfuerzo y que tenía a gala el haber obligado a su hijo a barrer el despacho antes de darle el relevo; son ahora historias para contar a los nietos que, además, no se las creen.

Hoy en día, más del noventa por ciento de empresas catalanas importantes están en manos de multinacionales extranjeras o tienen grandes participaciones de capital español en su accionariado y en sus consejos de administración. Que no nos vengan a refregar continuamente el que ellos aportan más que nadie al erario estatal, porque la riqueza que se crea en la industria catalana se basa en una mano de obra mayormente compuesta por personal procedente de otras autonomías, inmigrantes y técnicos extranjeros. Si usted se da un paseo por la calles de Barcelona, probablemente se sorprenda al oír hablar más en castellano que en la lengua vernácula, a pesar de los esfuerzos ímprobos de los extremistas y separatistas para imponer la “inmersión lingüística”. En cualquier caso es evidente que, desde hace unos años, desde que estamos gobernados por el Tripartit (es un decir) la comunidad está sumergida en un desgobierno que resulta evidente. Nunca se habían detectado tantos problemas en las lineas ferroviarias; jamás los aeropuertos habían estado peor gestionados; tampoco habían existido tantos problemas de circulación, tal deficiencia viaria y tantos embotellamientos. Un escaparate que, sin duda, avala lo que acabará siendo esta autonomía el día en que consiga – si es que alguna vez llega a lograrlo – la tan ansiada independencia. ¿Competencias gestionadas por incompetentes? ¡Vaya negocio!

A pesar de que se quejan de la pretendida colonización que el Estado ejerce sobre Catalunya y sus ciudadanos; sus ansias anexionistas no tienen límites. Desde el sur de Francia, parte de Aragón, hasta el reino Valenciano y las Baleares forman parte de sus aspiraciones para formar la Gran Catalunya. En donde es más evidente esta aspiración, es en las Baleares, mi patria chica, donde han conseguido introducir una quinta columna, compuesta por partidarios de la ERC , mallorquines dispuestos a traicionar la propia identidad de su tierra por un puñado de lentejas ( como la señora Munar y compañía) y los, siempre presentes, socialistas a quienes no les importa apuntarse a lo que se les presente, aunque ello suponga traicionar los ideales nacionales de sus precursores, con tal de sacar tajada política de ello. Su catalanización, la catalanización del nuevo Consell Balear, ha entrado a saco en las instituciones, empezando por poner en práctica una campaña, similar a la que se está llevando en Catalunya, contra el uso, el estudio y la extensión del castellano (idioma que tradicionalmente se cultivaba y conocía por un pueblo que ha vidido y vive especialmente del turismo). Se ha llegado al extremo de que se esté prostituyendo el mallorquín, el dialecto que servía de lengua vehicular en la isla de Mallorca y el menorquín e ibicenco, que eran las variantes usadas en Menorca e Ibiza. La batalla por la anexión ya ha comenzado, sólo será cuestión de tiempo el culminarla.

Claro que, sin el apoyo del gobierno de Zapatero, nada de eso sería posible. Gracias a la complicidad del ministerio de Cultura y de su flamante ministro se están gestionando acuerdos para que a través de los medios de comunicación se difundan el catalán y otros idiomas marginales por toda España. O sea, que el señor ministro de Cultura, señor Molina, se ha estrenado con un brindis al sol a los catalanes para meterse en el bolsillo a los de la Generalitat; en lugar de preocuparse de que el castellano se imparta regularmente en las escuelas, se dedique a su enseñanza el tiempo preciso y, como la Constitución obliga, se permita a los alumnos que lo hablen con normalidad. Pero eso no vende, no se ajusta a los tratos con ZP y, lo que procede, es mantener contentos a los separatistas para que no se desmanden y estropeen los planes del señor Presidente del gobierno para obtener una buena cosecha de votos de entre los catalanes que le permitan revalidar su puesto de Jefe de Gobierno. Trabajo tiene el PP si quiere remover tanta basura.

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